
Era un brote de rabia contenida durante todo ese tiempo; cada empujón, cada patada, cada codazo eran contra Julia y su abuela; contra el Moro y el miedo que me hacía pasar; contra mi amigo Toño, que me había traicionado; contra mis propios sentimientos que eran los que más me habían engañado y fallado. Me había entregado al cien por cien hasta el punto de jugarme la vida en ello y como resultado tenía una… ¿amiga? ¿Novia? Ni yo lo sabía. Con cada agresión descargaba toda la tensión y de camino la borrachera. En una de las jugadas Javi Lucena logró hacerme llegar el balón en perfectas condiciones para el remate; me encontraba sólo ante el portero; lo miré a los ojos y vi el miedo reflejado en su mirada; el labio inferior tenía un ligero temblor y una gota de sudor la caía por la frente. El pobre chaval había contemplado el nefasto espectáculo lleno de agresividad que había protagonizado y ahora temía la virulencia con la que pudiera golpear el balón. Estaba en lo cierto; tensé mi cuerpo al completo en un escorzo que lograría que cada músculo de mi cuerpo participara en el golpeo al balón. Solté la pierna con mucha rabia. No apunté a un lado concreto de la portería, tan sólo quería estrellar el balón contra la red. Cuando casi había terminado el remate sentí un dolor agudo en la pierna de apoyo y perdí el equilibrio. Uno de los jugadores de Atarfe me había golpeado en plancha en una durísima entrada por detrás. Mientras caía al suelo vi entrar el balón y sonreí por el gol conseguido. Adelanté las manos para no golpearme con la cara contra el suelo; estaba a punto de levantarme cuando recibí una patada en la cabeza y otra en el estómago. Me quedé semiinconsciente y con la vista un poco nublada vi llegar a mi amigo Toño y empujar con fuerza al jugador que me había agredido. Paulino soltó un puñetazo que cayó sobre el mentón de otro de los atarfeños que pasaba por allí. Bruno recibió una gran patada en las partes nobles que lo dejó encogido en el suelo. Don Pablo Benavides le pidió orden al árbitro, pero éste parecía estar aún más borracho que nosotros y se divertía con la pelea, así que don Pablo desistió del intento de poner orden y me ayudó a levantarme. Salvé a Toño de un fuerte gancho que le iba a das Paulino.
- ¡Quietos todos! ¡Somos peores que los animales! – Abracé a Toño y le dije. – Te pido perdón; he pagado contigo otras cosas que me corroen por dentro y he olvidado que es un partido de fútbol.
- Sé que pasas por un mal momento y no olvido que ante todo somos amigos. Mejor seguimos con el partido; espabilad porque no os vamos a dejar empatar y vais a tener que sudar mucho.- Dijo Toño.
Paulino y el entrenador del equipo rival se dieron la mano; decidieron continuar con el partido y apaciguar un poco los ánimos de los jugadores. Los tres pineros que habíamos salido a animar el partido volvimos al banquillo: Paulino se puso hielo en la mano para evitar que se inflamara por los golpes que había dado; Bruno se puso hielo en sus partes; y yo taponaba con una gasa la sangre que salía de mi ceja. Volvieron los mejores y empezó a verse buen fútbol y toque de balón preciso y rápido. Vázquez y Javi Lucena se entendían a la perfección y volvían locos con sus continuos toques de balón a los jugadores de Atarfe. Ramón regateó a su marcador y corrió por la banda como alma que se lleva el diablo, cuando llegó a la línea de fondo levantó la vista y vio a Vázquez que se abría hueco entre los dos defensas; centró el balón justo entre los defensas y el portero y nuestro pichichi fue el más rápido, se lanzó de cabeza y picó el balón contra el suelo para imposibilitar la reacción del portero. Habíamos empatado el partido y quedaban tres minutos de juego. En el banquillo no dejábamos de animar a nuestro equipo; nos embargó la euforia y la contagiamos al público que gritaba enfervorecido. Aún hoy se me pone el vello de punta al recordar aquel momento tan emocionante. Javi Lucena cogió el balón en el centro del campo y se zafó de la marca de dos contrarios, se dirigía como una flecha contra la portería rival cuando lo cazaron en una falta. El árbitro la sancionó; sería la última jugada del partido. Vázquez cogió el balón y lo colocó a su gusto tras decirle algo y darle un beso. Los gritos de “¡Pinos! ¡Pinos!” eran ensordecedores; nos jugábamos el pase a la siguiente eliminatoria y el poder seguir en el campeonato tal y como me había pedido el Inspector Arturo Franco, en ese golpeo de balón; cosas del fútbol, escuché decir a un viejo que animaba a nuestro equipo y al que no le faltaba razón. Nuestro goleador miró al cielo en busca de ayuda y lanzó un tiro perfecto, casi perfecto, pues golpeó contra el poste derecho de la portería. Ramón llegó al rechace y remató con fuerza, pero su lanzamiento fue parado por el portero en una palomita increíble. El árbitro pitó el final del partido; habría lanzamiento de penaltis.
Paulino tenía que designar a los cinco lanzadores de nuestro equipo; los elegidos fueron: Augusto, por su temple y veteranía; Juan Pablo, por su frialdad; Javi Lucena, por ser uno de nuestro mejores jugadores; Vázquez, nuestro gran goleador; y finalmente a Luis Espadafor, que no era otro que don Pablo Benavides, por tener Paulino la teoría de que quienes mejor lanzan los penaltis son los porteros.
- Don Pablo, por lo que más quiera hágalo bien que nos jugamos mucho más que un partido. Es el pueblo rival y además tenemos que seguir en el campeonato hasta el final para intentar atrapar al Moro. – Dije al señor Benavides.
- Tienes ante ti al mejor portero del campeonato; no defraudaré. Parece increíble pero me siento más vivo que nunca. – Dijo emocionado, feliz y seguro de sí mismo.
Ganamos el sorteo y Paulino eligió que nuestro equipo lanzara en primer lugar para así meter presión a los del otro combinado. Augusto colocó la pelota en el punto de penalti tomó carrerilla y lanzó un obús que entró por el centro de la portería; me dio la sensación de que el portero se había apartado al ver la gran mole que representaba Augusto corriendo a gran velocidad para disparar a puerta. El jugador de Atarfe encargado de su primer disparo no falló y a pesar de que don Pablo adivinó la trayectoria, le fue imposible atrapar el disparo.
- Juan Pablo, concéntrate, tienes que meter la pelotita dentro de la portería. No falles. – Le dijo Paulino.
Colocó el balón y se disponía a disparar sin carrerilla cuando una chica le gritó “¡guapo!” y puso su postura de ligar en las discotecas; Juan Palo tenía mucho éxito y su físico le posibilitaba conquistar a las chicas sin hablar. Se apartaba un par de metros del resto de amigos y mudaba el gesto; nosotros sabíamos que era para ligar y lo hacía muy bien. Se le acercaban las chicas y solía responderles con una cara muy seria hasta que llegaba alguna que le gustara y sonría antes de lanzarse a la boca de la víctima. La chica que le gritó guapo debió gustarle pues sonrió y lo descolocó por completo; las prisas por seguir su costumbre y lanzarse a la boca de la bella y atrevida joven hicieron que lanzara el balón al cielo y fallara el penalti. Mientras nos echábamos las manos a la cabeza por el fallo, Juan pablo, siempre muy frío, fue hasta la chica y le besó apasionadamente ante el estupor de todo el público que no comprendía qué celebraba el jugador que acababa de fallar ele penalti.
Don Pablo se encaró con el jugador encargado del disparo. Mientras se acercaba al balón le lanzó un par de besos y le guiñó el ojo. El jugador lanzó un disparo fortísimo y muy desviado.
- ¿A qué viene lo de los besos? – Preguntó Paulino.
- Si es marica se distraerá ante mi encanto y mi descaro; si no lo es se enfadará mucho y disparará muy fuerte para reafirmar su hombría. Lo sea o no lo sea, que le lanzara besos ante todo el público era suficiente como para distraerlo del disparo.
Javi Lucena y Vázquez transformaron sus disparos en gol. Ambos engañaron al portero rival lanzando por la derecha tras amagar el disparo a la izquierda. Era el turno de don Pablo Benavides.
- ¡Quietos todos! ¡Somos peores que los animales! – Abracé a Toño y le dije. – Te pido perdón; he pagado contigo otras cosas que me corroen por dentro y he olvidado que es un partido de fútbol.
- Sé que pasas por un mal momento y no olvido que ante todo somos amigos. Mejor seguimos con el partido; espabilad porque no os vamos a dejar empatar y vais a tener que sudar mucho.- Dijo Toño.
Paulino y el entrenador del equipo rival se dieron la mano; decidieron continuar con el partido y apaciguar un poco los ánimos de los jugadores. Los tres pineros que habíamos salido a animar el partido volvimos al banquillo: Paulino se puso hielo en la mano para evitar que se inflamara por los golpes que había dado; Bruno se puso hielo en sus partes; y yo taponaba con una gasa la sangre que salía de mi ceja. Volvieron los mejores y empezó a verse buen fútbol y toque de balón preciso y rápido. Vázquez y Javi Lucena se entendían a la perfección y volvían locos con sus continuos toques de balón a los jugadores de Atarfe. Ramón regateó a su marcador y corrió por la banda como alma que se lleva el diablo, cuando llegó a la línea de fondo levantó la vista y vio a Vázquez que se abría hueco entre los dos defensas; centró el balón justo entre los defensas y el portero y nuestro pichichi fue el más rápido, se lanzó de cabeza y picó el balón contra el suelo para imposibilitar la reacción del portero. Habíamos empatado el partido y quedaban tres minutos de juego. En el banquillo no dejábamos de animar a nuestro equipo; nos embargó la euforia y la contagiamos al público que gritaba enfervorecido. Aún hoy se me pone el vello de punta al recordar aquel momento tan emocionante. Javi Lucena cogió el balón en el centro del campo y se zafó de la marca de dos contrarios, se dirigía como una flecha contra la portería rival cuando lo cazaron en una falta. El árbitro la sancionó; sería la última jugada del partido. Vázquez cogió el balón y lo colocó a su gusto tras decirle algo y darle un beso. Los gritos de “¡Pinos! ¡Pinos!” eran ensordecedores; nos jugábamos el pase a la siguiente eliminatoria y el poder seguir en el campeonato tal y como me había pedido el Inspector Arturo Franco, en ese golpeo de balón; cosas del fútbol, escuché decir a un viejo que animaba a nuestro equipo y al que no le faltaba razón. Nuestro goleador miró al cielo en busca de ayuda y lanzó un tiro perfecto, casi perfecto, pues golpeó contra el poste derecho de la portería. Ramón llegó al rechace y remató con fuerza, pero su lanzamiento fue parado por el portero en una palomita increíble. El árbitro pitó el final del partido; habría lanzamiento de penaltis.
Paulino tenía que designar a los cinco lanzadores de nuestro equipo; los elegidos fueron: Augusto, por su temple y veteranía; Juan Pablo, por su frialdad; Javi Lucena, por ser uno de nuestro mejores jugadores; Vázquez, nuestro gran goleador; y finalmente a Luis Espadafor, que no era otro que don Pablo Benavides, por tener Paulino la teoría de que quienes mejor lanzan los penaltis son los porteros.
- Don Pablo, por lo que más quiera hágalo bien que nos jugamos mucho más que un partido. Es el pueblo rival y además tenemos que seguir en el campeonato hasta el final para intentar atrapar al Moro. – Dije al señor Benavides.
- Tienes ante ti al mejor portero del campeonato; no defraudaré. Parece increíble pero me siento más vivo que nunca. – Dijo emocionado, feliz y seguro de sí mismo.
Ganamos el sorteo y Paulino eligió que nuestro equipo lanzara en primer lugar para así meter presión a los del otro combinado. Augusto colocó la pelota en el punto de penalti tomó carrerilla y lanzó un obús que entró por el centro de la portería; me dio la sensación de que el portero se había apartado al ver la gran mole que representaba Augusto corriendo a gran velocidad para disparar a puerta. El jugador de Atarfe encargado de su primer disparo no falló y a pesar de que don Pablo adivinó la trayectoria, le fue imposible atrapar el disparo.
- Juan Pablo, concéntrate, tienes que meter la pelotita dentro de la portería. No falles. – Le dijo Paulino.
Colocó el balón y se disponía a disparar sin carrerilla cuando una chica le gritó “¡guapo!” y puso su postura de ligar en las discotecas; Juan Palo tenía mucho éxito y su físico le posibilitaba conquistar a las chicas sin hablar. Se apartaba un par de metros del resto de amigos y mudaba el gesto; nosotros sabíamos que era para ligar y lo hacía muy bien. Se le acercaban las chicas y solía responderles con una cara muy seria hasta que llegaba alguna que le gustara y sonría antes de lanzarse a la boca de la víctima. La chica que le gritó guapo debió gustarle pues sonrió y lo descolocó por completo; las prisas por seguir su costumbre y lanzarse a la boca de la bella y atrevida joven hicieron que lanzara el balón al cielo y fallara el penalti. Mientras nos echábamos las manos a la cabeza por el fallo, Juan pablo, siempre muy frío, fue hasta la chica y le besó apasionadamente ante el estupor de todo el público que no comprendía qué celebraba el jugador que acababa de fallar ele penalti.
Don Pablo se encaró con el jugador encargado del disparo. Mientras se acercaba al balón le lanzó un par de besos y le guiñó el ojo. El jugador lanzó un disparo fortísimo y muy desviado.
- ¿A qué viene lo de los besos? – Preguntó Paulino.
- Si es marica se distraerá ante mi encanto y mi descaro; si no lo es se enfadará mucho y disparará muy fuerte para reafirmar su hombría. Lo sea o no lo sea, que le lanzara besos ante todo el público era suficiente como para distraerlo del disparo.
Javi Lucena y Vázquez transformaron sus disparos en gol. Ambos engañaron al portero rival lanzando por la derecha tras amagar el disparo a la izquierda. Era el turno de don Pablo Benavides.

















