lunes 21 de diciembre de 2009

Historias de la mili CXXXIX: emoción hasta el final


Era un brote de rabia contenida durante todo ese tiempo; cada empujón, cada patada, cada codazo eran contra Julia y su abuela; contra el Moro y el miedo que me hacía pasar; contra mi amigo Toño, que me había traicionado; contra mis propios sentimientos que eran los que más me habían engañado y fallado. Me había entregado al cien por cien hasta el punto de jugarme la vida en ello y como resultado tenía una… ¿amiga? ¿Novia? Ni yo lo sabía. Con cada agresión descargaba toda la tensión y de camino la borrachera. En una de las jugadas Javi Lucena logró hacerme llegar el balón en perfectas condiciones para el remate; me encontraba sólo ante el portero; lo miré a los ojos y vi el miedo reflejado en su mirada; el labio inferior tenía un ligero temblor y una gota de sudor la caía por la frente. El pobre chaval había contemplado el nefasto espectáculo lleno de agresividad que había protagonizado y ahora temía la virulencia con la que pudiera golpear el balón. Estaba en lo cierto; tensé mi cuerpo al completo en un escorzo que lograría que cada músculo de mi cuerpo participara en el golpeo al balón. Solté la pierna con mucha rabia. No apunté a un lado concreto de la portería, tan sólo quería estrellar el balón contra la red. Cuando casi había terminado el remate sentí un dolor agudo en la pierna de apoyo y perdí el equilibrio. Uno de los jugadores de Atarfe me había golpeado en plancha en una durísima entrada por detrás. Mientras caía al suelo vi entrar el balón y sonreí por el gol conseguido. Adelanté las manos para no golpearme con la cara contra el suelo; estaba a punto de levantarme cuando recibí una patada en la cabeza y otra en el estómago. Me quedé semiinconsciente y con la vista un poco nublada vi llegar a mi amigo Toño y empujar con fuerza al jugador que me había agredido. Paulino soltó un puñetazo que cayó sobre el mentón de otro de los atarfeños que pasaba por allí. Bruno recibió una gran patada en las partes nobles que lo dejó encogido en el suelo. Don Pablo Benavides le pidió orden al árbitro, pero éste parecía estar aún más borracho que nosotros y se divertía con la pelea, así que don Pablo desistió del intento de poner orden y me ayudó a levantarme. Salvé a Toño de un fuerte gancho que le iba a das Paulino.
- ¡Quietos todos! ¡Somos peores que los animales! – Abracé a Toño y le dije. – Te pido perdón; he pagado contigo otras cosas que me corroen por dentro y he olvidado que es un partido de fútbol.
- Sé que pasas por un mal momento y no olvido que ante todo somos amigos. Mejor seguimos con el partido; espabilad porque no os vamos a dejar empatar y vais a tener que sudar mucho.- Dijo Toño.
Paulino y el entrenador del equipo rival se dieron la mano; decidieron continuar con el partido y apaciguar un poco los ánimos de los jugadores. Los tres pineros que habíamos salido a animar el partido volvimos al banquillo: Paulino se puso hielo en la mano para evitar que se inflamara por los golpes que había dado; Bruno se puso hielo en sus partes; y yo taponaba con una gasa la sangre que salía de mi ceja. Volvieron los mejores y empezó a verse buen fútbol y toque de balón preciso y rápido. Vázquez y Javi Lucena se entendían a la perfección y volvían locos con sus continuos toques de balón a los jugadores de Atarfe. Ramón regateó a su marcador y corrió por la banda como alma que se lleva el diablo, cuando llegó a la línea de fondo levantó la vista y vio a Vázquez que se abría hueco entre los dos defensas; centró el balón justo entre los defensas y el portero y nuestro pichichi fue el más rápido, se lanzó de cabeza y picó el balón contra el suelo para imposibilitar la reacción del portero. Habíamos empatado el partido y quedaban tres minutos de juego. En el banquillo no dejábamos de animar a nuestro equipo; nos embargó la euforia y la contagiamos al público que gritaba enfervorecido. Aún hoy se me pone el vello de punta al recordar aquel momento tan emocionante. Javi Lucena cogió el balón en el centro del campo y se zafó de la marca de dos contrarios, se dirigía como una flecha contra la portería rival cuando lo cazaron en una falta. El árbitro la sancionó; sería la última jugada del partido. Vázquez cogió el balón y lo colocó a su gusto tras decirle algo y darle un beso. Los gritos de “¡Pinos! ¡Pinos!” eran ensordecedores; nos jugábamos el pase a la siguiente eliminatoria y el poder seguir en el campeonato tal y como me había pedido el Inspector Arturo Franco, en ese golpeo de balón; cosas del fútbol, escuché decir a un viejo que animaba a nuestro equipo y al que no le faltaba razón. Nuestro goleador miró al cielo en busca de ayuda y lanzó un tiro perfecto, casi perfecto, pues golpeó contra el poste derecho de la portería. Ramón llegó al rechace y remató con fuerza, pero su lanzamiento fue parado por el portero en una palomita increíble. El árbitro pitó el final del partido; habría lanzamiento de penaltis.
Paulino tenía que designar a los cinco lanzadores de nuestro equipo; los elegidos fueron: Augusto, por su temple y veteranía; Juan Pablo, por su frialdad; Javi Lucena, por ser uno de nuestro mejores jugadores; Vázquez, nuestro gran goleador; y finalmente a Luis Espadafor, que no era otro que don Pablo Benavides, por tener Paulino la teoría de que quienes mejor lanzan los penaltis son los porteros.
- Don Pablo, por lo que más quiera hágalo bien que nos jugamos mucho más que un partido. Es el pueblo rival y además tenemos que seguir en el campeonato hasta el final para intentar atrapar al Moro. – Dije al señor Benavides.
- Tienes ante ti al mejor portero del campeonato; no defraudaré. Parece increíble pero me siento más vivo que nunca. – Dijo emocionado, feliz y seguro de sí mismo.
Ganamos el sorteo y Paulino eligió que nuestro equipo lanzara en primer lugar para así meter presión a los del otro combinado. Augusto colocó la pelota en el punto de penalti tomó carrerilla y lanzó un obús que entró por el centro de la portería; me dio la sensación de que el portero se había apartado al ver la gran mole que representaba Augusto corriendo a gran velocidad para disparar a puerta. El jugador de Atarfe encargado de su primer disparo no falló y a pesar de que don Pablo adivinó la trayectoria, le fue imposible atrapar el disparo.
- Juan Pablo, concéntrate, tienes que meter la pelotita dentro de la portería. No falles. – Le dijo Paulino.
Colocó el balón y se disponía a disparar sin carrerilla cuando una chica le gritó “¡guapo!” y puso su postura de ligar en las discotecas; Juan Palo tenía mucho éxito y su físico le posibilitaba conquistar a las chicas sin hablar. Se apartaba un par de metros del resto de amigos y mudaba el gesto; nosotros sabíamos que era para ligar y lo hacía muy bien. Se le acercaban las chicas y solía responderles con una cara muy seria hasta que llegaba alguna que le gustara y sonría antes de lanzarse a la boca de la víctima. La chica que le gritó guapo debió gustarle pues sonrió y lo descolocó por completo; las prisas por seguir su costumbre y lanzarse a la boca de la bella y atrevida joven hicieron que lanzara el balón al cielo y fallara el penalti. Mientras nos echábamos las manos a la cabeza por el fallo, Juan pablo, siempre muy frío, fue hasta la chica y le besó apasionadamente ante el estupor de todo el público que no comprendía qué celebraba el jugador que acababa de fallar ele penalti.
Don Pablo se encaró con el jugador encargado del disparo. Mientras se acercaba al balón le lanzó un par de besos y le guiñó el ojo. El jugador lanzó un disparo fortísimo y muy desviado.
- ¿A qué viene lo de los besos? – Preguntó Paulino.
- Si es marica se distraerá ante mi encanto y mi descaro; si no lo es se enfadará mucho y disparará muy fuerte para reafirmar su hombría. Lo sea o no lo sea, que le lanzara besos ante todo el público era suficiente como para distraerlo del disparo.
Javi Lucena y Vázquez transformaron sus disparos en gol. Ambos engañaron al portero rival lanzando por la derecha tras amagar el disparo a la izquierda. Era el turno de don Pablo Benavides.

domingo 20 de diciembre de 2009

Historias de la mili CXXXVIII: Pinos Puente vs Atarfe


- Muy bien Bragas. ¿Pudiste oír lo que decían? – Preguntó doña Sole.
- No lo entendía bien. Don Arturo llamó por radio para decir que una mujer buscara unos papeles importantes.
- Se refiere a la conversación que tuvo conmigo. Me dijo que te enviaba de regreso. – Dije.
- Pero no le hice caso; no podía fallarle a mi amigo. – Dijo el Bragas.
- ¿Qué sucedió después para que apresaran a don Arturo? – Preguntó Roger de Formical.
- Se escucharon aún más voces. Se oyó un tortazo y la voz de la mamá de Julia gritar. Uno de los hombres malos le dijo a Rodrigo que hiciera una cosa que le pedían o que matarían a su novia. Rodrigo, que es muy fuerte, peleó con valentía. Vimos caer por las escaleras a uno de los que iban vestidos de entierro que no tardó en recuperarse. Nos quedamos muy atentos porque tras un golpe de algo caer al suelo con fuerza se escuchó a la abuela de Julia que dijo: “Matadlo; ya no nos sirve de ayuda”. El hombre viejo dijo que tenía que parecer un accidente porque ya habían suicidado a uno cerca de allí. No lo entendí, porque no se puede suicidar a nadie, pero don Arturo debió entenderlo y me dijo que me arrastrara hasta la otra parte del sembrado y que cuando ya no pudieran verme echara a correr sin mirar atrás hasta llegar aquí. Yo le dije que no podía pero me obligó.
El Bragas estaba muy apenado por todo lo sucedido y además se sentía culpable de que apresaran a don Arturo. Cuando llegó a esa parte de la historia agachaba la cabeza y no se atrevía a mirarnos a la cara para que no descubriéramos que le había fallado a su amigo y además había dejado sólo ante el peligro a don Arturo Franco.
- Bragas, no le hiciste caso a don Arturo ¿verdad? – Preguntó don Pablo Benavides.
- No del todo; cuando estaba un poco lejos de allí escuche que se abría la puerta y salían Rodrigo y los dos hombres le apuntaban con una pistola. La mamá de Julia gritaba y pedía auxilio pero nadie hacía nada por socorrerla. Tu mamá – Dijo dirigiéndose a don Pablo. - Dijo que ella no era una Maldonado y por lo tanto era prescindible y que si gritaba más acompañaría a Rodrigo. Don Arturo disparó y le dio a uno de los que iban de entierro en una pierna. Hubo muchos tiros hasta que el hombre viejo cogió a la mamá de Julia y dijo que si el Inspector hacía un tiro más le darían matarile. Don Arturo se puso en pie y les arrojó su pistola. Yo empecé a correr mientras lloraba; tenía que haber hecho algo más. – Dijo el Bragas entre lágrimas y gimoteos.
- No te preocupes; te has comportado como un valiente y has sido de gran ayuda. – Dijo doña Sole.
- No me has fallado amigo; no se podía hacer nada más. Además, gracias a ti tenemos una buena información y sabemos que tienen al Inspector Franco.
- Los papeles sobre los que discutían tenían que ser las cartas del tío de don Pablo. – Dijo Roger de Formical.
- Almudena tarda más de lo normal. Espero que no le haya pasado nada malo. – Dijo doña Sole. A pesar de saber que está bien entrenada y que sabe cuidarse no puedo evitar sentirme preocupada por ella.
Javi Lucena y Ramón se acercaron a nosotros. Al contemplar los paso que daban me percaté de que yo no era el único que iba jugar el siguiente partido más bebido de la cuenta. Tampoco era el único que tenía un cigarro en la mano y la copa en la otra.
- Pepe Luis, los de los billares han pasado a la siguiente eliminatoria y nos ha dicho Bruno que nos ha tocado un equipo duro de roer. – Dijo Ramón.
- Un equipo de Atarfe. – Aclaró Javi Lucena
- ¡El pueblo ese! – Exclamé.
- Es lo mismo que ha dicho Paulino. ¿Qué os pasa con los de Atarfe? – Preguntó Javi Lucena.
- Nada en particular; la pregunta más adecuada sería qué les pasa a los atarfeños con nosotros. Es cuestión de envidias; Pinos siempre ha sido un pueblo con mucho más señorío y los atarfeños lo han llevado muy mal. – Dije yo.
- ¡Las típicas disputas entre pueblos vecinos! – Dijo Augusto. - Es lo mismo que nos pasa a los de Navas de San Juan con los de Sabiote, donde el que no es tonto es cipote.
- Tienen algún jugador bueno y una ventaja sobre nosotros. – Dijo Paulino.
- ¿Qué no están borrachos? – Dijo Paco el Facha mientras intentaba calmar el hipo.
- Dos ventajas entonces: la primera es que no están borrachos; y la segunda que conocen bien nuestro equipo.
- Es imposible. – Dije yo.
- De imposible nada; uno de tus amigos va a jugar con ellos. El que canta jotas cuando se emborracha. – Dijo Bruno muy enfadado.
- ¿Toño? ¡No puede ser! – Dije convencido del error.
- Míralo tú mismo.
Me acerqué con algo de disimulo, o eso pretendí con la torpeza que da el alcohol y vi a mi amigo Toño calentando con la gente de Atarfe. Él vivía en Atarfe, pero apuntarse con ese equipo era una traición después de haber entrenado con nosotros. Más tarde me di cuenta de que los atarfeños podrían decir lo mismo de él si hubiera jugado en nuestro equipo, pero en ese momento me sentí dolido por su traición.
Tocaba calentar, pero en lugar de hacerlo formamos un corro donde estuvimos de charla sin abandonar la copa ni el cigarro. No hay ni que decir que el público, todo de Pinos Puente, estaba con nosotros a muerte a pesar de nuestro lamentable estado. Llegó el árbitro y le dijo a Paulino que sacara el equipo inicial. De portero jugaría don Pablo Benavides, con el cuerpo de Luis Espadafor, en sustitución del Bragas; de libre y repartidor de juego situó a Javi Lucena; en la banda izquierda a Ramón; en la derecha a Paco el Facha y de delantero centro a Vázquez. Bruno, hombre curtido en mil borracheras, los llamó y uno por uno les metió a todos la cabeza en la nevera portátil donde guardábamos las bebidas. El paso por agua helada los espabiló lo suficiente para que mantuvieran la compostura sobre el terreno de juego. Sentado en el banquillo, cigarro y copa en mano, vi comenzar el partido y los dos primero goles de los atarfeños; la cosa se complicaba mucho. Algo comenzó a bullirme por dentro; eran el miedo y la responsabilidad. Recordaba lo que me dijo don Arturo Franco: “has de llegar hasta la final”. No podía permitirme el lujo de ver caer a mi equipo. Me puse en pie y empecé a animarlos con fuerza.
- ¡Pinos! ¡Pinos!...
Levantaba los brazos para animar al público que no tardó en responder a mi solicitud. Nadie quería ver a un equipo de Atarfe, el pueblo vecino, ganar a uno de Pinos. Paulino tomó una determinación; me ordenó sumergir la cabeza en el agua de la nevera y soltar la copa y el cigarro.
- ¡Este partido lo tenemos que jugar los de Pinos! – Dijo.
Ordenó un triple cambio. Salimos al terreno de juego los tres pineros del equipo: Bruno, Paulino y yo. Íbamos a darlo todo. No estábamos ágiles ni veloces, tal vez tampoco tuviéramos resistencia, pero nos dejaríamos el pellejo por la honra de ganar a los atarfeños y darle un buen repaso a mi amigo Toño. Sé que es una actitud reprobable, pero había que ganar como fuera; en la primera jugada en la que intervine le solté una buena patada a Toño que despertó al público a nuestro favor. Nos contagiamos de esa furia desmedida y comenzamos a soltar patadas, codazos y empujones a diestro y siniestro…

viernes 18 de diciembre de 2009

Historias de la mili CXXXII: hombres con traje de entierro


Don Pablo Benavides soltó la copa y corrió a abrazarlo. El Bragas, que no podía saber que don Pablo se hallaba en el cuerpo de Luis Espadafor, le dio un empujón y dijo.
- ¡No somos tan amigos y no me gustan los hombres! Si estás borracho abrázate a esa farola.
- ¡Claro! No lo sabes; ¡soy Pablo! ¡Tu amigo Pablo Benavides! – Dijo emocionado al poder abrazar a un amigo de verdad.
- ¿Mi amigo? ¡Pepe Luis, es mi amigo! – Me gritó el Bragas mientras ambos se unían en un tierno y emotivo abrazo.
Dos personas diametralmente opuestas y con unas trayectorias vitales tan diferentes e imposibles de encontrarse nunca, se habían hecho amigos. Lo único que tenían en común es que ninguno de ellos había disfrutado realmente de la verdadera amistad: uno por ser demasiado extrovertido y poco profundo con la gente que lo rodeó en vida y por tener anulada su capacidad de amar y entregarse a los demás; y el otro por su extrema timidez. Me sentí reconfortado al ver su abrazo; significó para mí un soplo de esperanza sobre la bondad de la condición humana tras haber hablado sobre personas con almas tan oscuras como la Intocable y doña Angustias Maldonado. La cara de abatimiento y cansancio con la que llegó el Bragas fue sustituida por una sonrisa llena de ilusión, que me recordó a la del niño que se despierta el seis de enero para correr en busca de los regalos de los Reyes Magos; era todo felicidad. Se me abrazó emocionado:
- No sabes lo que me alegro de verte entero; he estado muy preocupado por ti. No vuelvas a irte sin avisar. – Le dije.
- ¡Lo han cogido! ¡Han atrapado a Franco! Estaba muy asustado; él me dijo que me escondiera y que echara a correr cuando se lo llevaran. – Exclamó.
Vi que tenía los ojos rojos; había corrido hasta llegar a nosotros y lo había hecho mientras lloraba por hacerlo cuando atrapaban al Inspector Franco.
- ¿Dónde estabais? – Preguntó alarmada doña Sole.
- Vigilábamos a los malos. – Respondió el Bragas con su natural simplicidad.
- ¿Julia está bien? – Pregunté.
- ¡Claro! Ella está con los malos.
Roger de Formical, por lo frío y apático de su carácter, era el único que permanecía calmado. Con un gesto con los brazos logró tranquilizarnos lo suficiente como para que le permitiéramos hablar con el Bragas; le sirvió un vaso de ron y lo obligó a tomarlo de un trago.
- Respira hondo. El aire entra por la nariz y sale por la boca. – Dijo con voz profunda, suave y calmada.
Por esas reminiscencias que nos quedan de nuestra época de primates, los demás imitamos al Bragas y así logramos una respiración bien acompasada que nos relajó.
- Ahora quiero que me cuentes todo lo que ha sucedido desde el momento en que te fuiste sin avisar. Estabas con los del equipo y de pronto desapareciste. Sabemos que don Pablo quiso que siguieras a Julia cuando salió de aquí con su madre y con Rodrigo el de las Vacas. - Dijo Roger de Formical amable y cadencioso.
- Yo no quería irme sin avisar; quise decirle algo a Pepe Luis pero no me daba tiempo y mi amigo me había pedido que cuidara de su hija. Ellos salieron y se montaron en el coche de Julia. Yo los seguí en mi moto. Bajamos por la cuesta del niño meando hasta la placeta Candelaria y seguimos en dirección a la calle Briones. Yo pensaban que si iban para Granada no podría seguirlos porque mi moto es de 49 y en carretera es una tortuga. Salieron a la carretera general en dirección a Granada e intenté seguir su ritmo pero los perdía de vista. Tuve mucha suerte y se vieron obligados a ir más despacio porque había un camión muy lento que les impedía ir a más velocidad. Vi el coche de Julia entrar en el camino de Fitena; era como el día que se me fue la cabeza y que casi choco con Bruno. Corrí como un loco con la moto para no perder la nube de polvo que dejaban en el camino tras su paso. Pararon en un viejo cortijo abandonado de la vega. Yo no sabía muy bien qué debía de hacer, así que escondí la moto en un campo de maíz; agachado con mucho cuidado llegué a acercarme lo justo para poder verlos desde el maíz sin que ellos me vieran. Rodrigo estaba enfadado y nervioso; no dejaba de decir que es tonto por dejarse engatusar de esa manera. Julia sacó del coche una pala y se la dio a Rodrigo que la miró con cara de preocupación. Ella tenía cara de mala y su madre se apartaba de ella y de Rodrigo para que no la vieran llorar. Entonces llegó un todoterreno muy grande; parecido al del patrón que nos lleva a recoger la aceituna pero muy limpio y nuevo. Venía desde la otra parte del camino. Paró en el cortijo y salieron dos hombres vestidos con traje oscuro de los de ir de entierro y gafas de sol. Uno de ellos abrió la puerta derecha y salió un hombre mayor; muy delgado y con barba que fumaba un puro grandísimo. El hombre viejo ayudó a salir a la abuela de Julia. Seguro que venían de una boda; se habrían marchado con los postres cuando dan el puro. Por la cara que llevaban no lo habían pasado muy bien; parecían nerviosos y enfadados.
- - ¿Pudiste ver bien la cara del hombre mayor que acompañaba a la abuela de Julia? – Preguntó Roger de Formical.
- Lo vi muy bien; ya conocía esa cara de antes, tal vez de la televisión.
Ninguno de los presentes dio mucho crédito al último comentario del Bragas ni a su deducción sobre el lugar de procedencia de los que llegaron en el todoterreno. En la vida del Bragas uno se ponía traje sólo en las bodas y entierros; como iba con puro dio por hecho que habían estado en una boda.
- Sigue Bragas; lo haces muy bien. – Dijo Roger de Formical que le dio así ánimos para continuar con la historia.
- La mamá de Julia habló con la abuela mientras no dejaba de llorar. La abuela tenía la misma mirada de mujer mala que vi en Julia; me dio mucho miedo. Quería irme de allí pero se lo había prometido a mi amigo. Los dos hombres jóvenes que iban con traje de entierro empezaron a darle puñetazos a Rodrigo. Cuando escupió sangre los mandó parar la abuela de Julia.
- ¿Qué hacía Julia? – Preguntó don Pablo preocupado y confundido.
- Nada, estaba tan tranquila mientras su mamá no dejaba de llorar y gritar.
- ¡La muy…! Ha transformado a mi niña en un monstruo. – Dijo don Pablo Benavides lleno de rabia y tristeza.
- Continua. – Pidió Roger de Formical.
- Subieron unas escaleras y entraron en un sitio donde no podía verlos. No sabía si acercarme; me daba miedo. Vi a los dos hombres vestidos de entierro dar vueltas para vigilar toda la zona. Uno de ellos desapareció y me quedé tumbado entre dos surcos de maíz con los ojos cerrados para que no me vieran; mi mamá me dice que así no me puede pasar nada malo cuando oigo un ruido desde mi cama. Alguien me dio un golpe en la barriga; yo no quería abrir los ojos y dije muy bajito que no me matara porque ya tenía dos amigos y además mis papás se hacían viejos y necesitaban que yo los ayudara. Escuché una voz que me susurró: “Soy el Inspector Franco, estás a salvo. Guarda silencio y no te muevas.”
Me hice la señal de la Cruz para darle las gracias al Niño Jesús por salvarme. El Inspector me dijo que abriera los ojos. Arriba se formó mucho ruido; discutían a voces sobre unos papeles.