Navegar por el Cubillas como Tom Sawyer en el Misisipi



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Comenzó el día con la siempre desagradable noticia del fallecimiento de un amigo de mis padres y la primera imagen que me asaltó fue una de hace muchos años:  en la que aparecía disfrazado de mujer junto a otros amigos, tras dar buena cuenta de más de una botella de Fino Quinta. Fue aquél un día de calor junto al río, en el que los niños jugamos a hacer balsas con las que navegar por el Cubillas y emular las aventuras de Tom Sawyer; en el que nos picaron todos los mosquitos de los mares del sur e imaginamos que bebíamos ron de la única cantimplora de la que disponíamos.

Más tarde, cuando anochecía, nos sentamos en unas piedras junto a la casa que estos amigos tenían en el campo y los mayores comenzaron a relatar historias de miedo, que en aquella época se centraban en avistamientos de O.V.N.I.S. y seres extraños a nuestro pequeño planeta, a los que sin intención malévola alguna, yo ponía la cara de Jordi Pujol.

Recuerdo que los padres desaparecieron un rato y cuando regresaron se formó un gran jolgorio lleno de risas de escándalo por parte de sus santas esposas, a las que habían asaltado sus bolsos y algunas prendas de ropa para disfrazarse y así pasarlo bien. Es uno de los momentos que recuerdo con felicidad plena, sin atisbo de preocupación alguna que pasara por mi mente; era tan simple como dejarse llevar por la alegría que reinaba en el ambiente. Y siempre se lo tendré que agradecer, entre otros, al muerto que ha provocado que ahora esté sentado junto al teclado.

Al llegar a la iglesia, debido a ir como acompañante de mi madre y a que mi estado hacía aconsejable buscar buen acomodo, me he sentado por primera vez en la parte de delante, en el lugar que se relevan las beatas del pueblo generación tras generación; las que rezan el Padre Nuestro con más fuerza y entonan los cantos de las ceremonias en tono de película antigua. Ahora son distintas a las que me regañaban cuando era niño y hablaba o me giraba cada vez que entraba alguien en la iglesia, pero sus expresiones son calcadas a las de sus predecesoras. Se consideran un grupo especial para la conservación de las buenas formas y costumbres que siempre reinaron en misa.

Al principio me he sentido algo incómodo y fuera de lugar, pero conforme avanzaba la misa y me he dado cuenta de que me costaba casi más que a ellas mantener el continuo ponerse en pié y volverse a sentar, me he resignado a aceptar que los años pasan y que del mismo modo que ya no soy el niño que se sintió feliz aquel día en que su padre se disfrazó de mujer junto a unos amigos, he aprendido a distinguir la importancia del mantenimiento de la liturgia y que tiene su razón de ser. Sin duda es algo a lo que asisto consciente de que significa un paso más en mi madurez como persona.

Al llegar el momento de comulgar, hay algo que no me ha pasado desapercibido: pues al he asistido a un desfile de viudas que venían de tomar el cuerpo de Cristo,  y en todas sus caras he visto la pena por el recuerdo del día en que las abandonaron sus esposos; acompañado de cierta sensación de envidia respecto a la que acaba de ingresar en el club: ¿acaso no es el entierro del esposo el último día de protagonismo que puede conceder el mismo a la esposa?


Con la caja tapada yacía el difunto a pocos pasos de mí;  dentro de mi mente lo veía vestido de mujer y feliz entre amigos. Y yo he recordado lo bien que lo pasé al intentar navegar por el Cubillas como lo hacía Tom Sawyer por el Misisipi.

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