Noviembre me dio un duro golpe: punto final


Hace años, en un momento muy concreto, algo despertó en mí la necesidad de compartir con el resto del mundo lo que escribo. Antes de aquella noche fueron muchos los escritos que había quemado y borrado por pudor. Creé este blog, “Age quod agis”, e inicié una larga andadura con momentos bonitos e ilusionantes y otros que lo fueron algo menos. Aquí nació el germen de la que sería mi novela. Adquirí cierto oficio en esto de juntar palabras para formar frases y frases para contar historias; incluso llegué a pensar que es algo para lo que servía.

Esta es la imagen con la que comenzó todo
No era mi meta llegar a vivir de esto, mi sueño era menos práctico: consistía en lograr que dentro de cien años alguien leyera algo escrito por mí y se emocionara. Me parecía algo lleno de magia que la escritura me podía dar: comunicarme con gente del futuro, tal vez ayudarles a comprender la vida, tal y como yo la veo,  a través de las experiencias de mis personajes; lograr que se emocionaran, que sintieran lo mismo que los personajes y lograr, incluso, que reflexionaran sobre algunos temas universales. Era bonito pensarlo…

Para lograrlo necesitaba que mi obra fuese publicada. Casi nada. Si me daba a conocer, tal vez sería menos complicado, creí entonces. Hubo alguna oportunidad; hubo alguien a quien le gustó mi libro, no lo niego; pero no ha sido publicado. Este noviembre esperaba, a pesar de saber que dependía de una complicada carambola, que por una vez me favoreciera la fortuna: la suerte tenía que estar conmigo, ya me tocaba.

La carambola no fue posible.

Me quise convencer de que ya llegaría el momento y que no era más que un revés más, quise creer que yo valgo y es la suerte la que se empeña en llevarme la contraria, pero a quién iba a engañar si no logré engañarme a mí mismo. La suerte no existe.

Tal vez con un empujón adecuado de un amigo o conocido…Existen esos empujones, todos los sabemos, pero si una editorial ve una obra con la que poder impulsarse, no duda en publicarla. Y ahí, en esa parte de mi pensamiento, es donde se encuentra la base: si mi obra realmente valiera, ya habría sido publicada; por lo tanto, si mi obra no vale, ha de ser que tampoco yo valgo como escritor digno de ser publicado por una editorial.

He tomado una decisión: no volveré a publicar lo que escribo y no volveré a decir que soy escritor.

Si no es bueno, no he de someter a nadie al compromiso de marcar un me gusta. Seguiré ante un papel, con mi bolígrafo o ante la pantalla de un ordenador; contaré las historias que pasan en mi mente, pero lo haré para mí. Desde que pasó noviembre me siento como un  impostor al decir que soy escritor.

Como publiqué hace poco: ha llegado el momento de tomar decisiones importantes.


Gracias a los que me habéis seguido en esta loca aventura.

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