Nadie muere en Nunca jamás



Anoche, cuando comenzaba a pensar en que debería dormir algo, vi la noticia de la muerte de Robin Williams: la policía había encontrado su cuerpo sin vida y con signos aparentes de suicidio…
De entre los comentarios que hacía la gente tanto en facebook como en twitter, además de frases como “¡Oh! Capitán, mi capitán” y la de “¡Good morning Vietnam!”; además del título de la que para cada uno había sido su mejor película; había un denominador común: una sensación de extrañeza ante el posible suicidio de quien tanta alegría transmitió, pues Robin Williams era la encarnación del positivismo y del espíritu de superación; encarnó al profesor de “El club de los poetas muertos”, que tanto influyó en gente de mi generación y que a más de uno nos hizo creer que si teníamos un sueño, debíamos prepararnos para conseguirlo y no dejar de intentarlo por más que la sociedad y nuestro entorno  estuvieran en nuestra contra. Fue el eterno niño, el eterno soñador: Peter Pan, aquel niño que se negaba a hacerse mayor y a perder la magia. Pero también interpretó de manera magistral en “El hombre bicentenario”, a un robot que nos dio clases de humanidad y que al final de la película, decidió apagarse…
Resulta imposible que no nos extrañe que una persona vitalista y tan motivadora en sus mensajes decidiera terminar con su vida.




Anoche, mientras reflexionaba, recordé una conversación tenida con un buen amigo en la que me decía que yo daba asco con mis mensajes positivos, animando al personal y con una sonrisa al saludar cada nuevo día; yo le respondí que cuando más positivos y alegres son esos  saludos que publico, más jodido estoy. Y es que, nadie piensa más en la felicidad y en encontrar motivación para levantarse cada día que quienes tenemos  una tendencia natural a la melancolía.




Yo sigo en mis reflexiones: la felicidad no es algo que nos viene dado, tenemos que trabajarla día a día con ilusión y con el convencimiento de que dentro de nosotros se encuentra la clave para alcanzarla.

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