Fragmento de la pesadilla que me atormenta: llegamos a la isla







“Mi misión era salvarlas.
 Aparecimos en una isla pequeña de orografía irregular y rodeada de acantilados, en la que imperaba el gris en múltiples tonalidades y una luz propia de un cuadro de Caravaggio. En el centro de la misma había un pequeño oasis de vegetación frondosa, fresca, sana, repleto de enormes frutos con los que poder alimentarnos, con colores vivos y una luz cálida; fue la zona de la isla en la que decidí que debíamos instalarnos; ellas, las tres, quisieron instalarse junto a los acantilados: la primera se instaló en la costa este; la segunda en la oeste; la tercera prefirió instalarse en el norte.
Las veía como nunca lo había hecho antes, sus rostros me resultaban casi irreconocibles y me obligaban a hacer un gran esfuerzo para identificarlas con las mujeres que conocí en vida. Estaban delgadas en extremo y pese a que cada día, tres veces al día, llevaba una enorme cesta repleta de fruta a cada una de ellas, no conseguía que engordaran un solo gramo. Elegían como refugio las zonas de umbría, pues parecía molestarles la luz del sol, creo que se decidieron por las zonas grises de la isla para sentirse más a tono con el ambiente, pues su piel estaba muerta y cuarteada.

Recordé que cuando era pequeño, mi padre me enseñó que lo que comemos puede influir en el color de piel de los seres vivos, más en concreto de los canarios. Teníamos en casa por aquel entonces un canario que cantaba como un coro de arpas celestiales y mi padre, por las tardes, me daba la tabla de cortar, un buen cuchillo y un trozo de zanahoria para que lo picara lo más fino posible; después lo metía en un pequeño cacharro de plástico dentro de la jaula para que el canario se lo comiera. Al poco tiempo el canario tomó un color más vivo en el que los tonos rojizos comenzaron a hacer acto de presencia. Yo pretendía hacer lo mismo con ellas; quería colorear su piel y de ese modo insuflarles vida.”

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