Un sueño en Hidra



Esta noche mi sueño ha comenzado en una vereda de la parte alta de Hidra. Los primeros rayos del sol se acercaban a las aguas de color turquesa que rodean la isla; y a lo lejos, se divisaba un velero que navegaba rumbo al puerto. Me sentía bien, el aire era muy puro y la brisa del amanecer acariciaba mi rostro. Sobre una camisa blanca, vestía un chaleco de color rojo y de tal guisa encaminé mis pasos hacía una cala, algo alejada del casco urbano. Se trataba de una pequeña playa en la que había una vieja taberna, llamada Castro, con cuatro mesas destartaladas en su exterior, vestidas con manteles de papel blanco. Me senté junto a una de las mesas y permanecí un gran espacio de tiempo con la mirada fija en las olas al llegar a la orilla; me llamaba la atención ver que se acercaban con cierta violencia para terminar su ciclo con suavidad, desvanecidas sobre la arena. El tabernero, un señor con cara de sabio, de barba blanca con una camisa gris estilo Mao, se me acercó despacio y me ofreció un café; se sentó junto a mí y se puso a relatar una historia que le había contado su tía María, sobre un viajero y un amor perdido. Al terminar su relato, se levantó, y con la misma prisa con la que había llegado, se adentró en la taberna.


Apareció por un extremo de la playa, un niño rubio con una cometa nueva que intentaba hacer volar; la tiraba hacia el cielo y se quedaba parado, esperando a que volara por sí misma. La imagen me produjo cierta ternura y me dispuse a enseñarle a volar una cometa. El niño me saludó con la mano, como si fuera un pequeño hombre y una bonita sonrisa. Le dije que se fijara en como tomaba la cometa con una mano mientras con la otra sujetaba el palo en el que estaba enrollado el hilo que la sujetaba. Y contra el viento, en dirección al sol que acababa de nacer, emprendimos una carrera; solté la cometa y esta comenzó su vuelo; poco a poco solté hilo para que tomara altura y se la di al niño, que entusiasmado no dejaba de correr hacía un extremo y otro de la pequeña cala. Me senté en la arena y me descalcé. Así, de cerca, pude observar que la espuma de las olas del mar no se desvanecía en la arena de la playa; en realidad se filtraba y se convertían en una sola cosa.



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