Siesta a finales de agosto



Hoy he hecho la compra en el supermercado de mi tío en compañía de mis hermanas; poca cosa si tenemos en cuenta que es sábado, pero ya se sabe, los sábados se carga como si se fuera a acabar el mundo. Allí hemos charlado con mi primo César, con quien ya hemos hecho planes para volver a vernos pronto  y de camino me he encontrado con algunos conocidos del pueblo a quienes me ha dado alegría volver a ver.
De regreso a casa, mientras conducía, la temperatura de mi cuerpo ha subido de manera considerable: sol, ventanillas cerradas para evitar que las damas se despeinen y preocupaciones varias en mi cabeza grande de capacidad reducida.
Al llegar a casa subí la compra y cuando llegué al pasillo en el que se encuentra mi piso me atacó un olor muy desagradable a pescado podrido; alguna vecina que ha limpiado el pescado y ha dejado los restos al sol, pensé.  Lo peor llega cuando entro en mi casa y me encuentro pescado para comer; mi cuerpo se descompone, llega el sudor frio y tras quitarme la ropa me tumbo en la cama en un intento de aliviar la angustia que sentía.
Me desperté en un sueño en el que yo corría por la montaña, saltaba por los riscos, el aire me daba en la cara y el olor a tomillo y a romero llenaba mis pulmones; me sentía libre.
Corría muy veloz, mi cuerpo era enorme en el sueño y con cada zancada recorría cientos de metros. El horizonte no era una línea tan lejana y me propuse alcanzarlo. Bajé a toda velocidad las montañas. Crucé barrancos de un solo salto, incluso me paré un instante al ver a un halcón lanzarse sobre una paloma; era la libertad total, la mejor sensación del mundo; naturaleza salvaje a mi alrededor con el cazador y la presa luchando por sobrevivir en libertad. ¿Con cuál me identificaba más?
El olor a la sal del mar me sacó de mi reflexión y continué mi camino. Llegué hasta la orilla y mi vista se encontró con kilómetros de costa libres de obstáculos: sin carreteras, sin chiringuitos, sin edificios,  sin sombrillas mal aparcadas, sin coches plantados en desorden y sin domingueros de tortilla de patatas y carne empanada con hijos que parecen haber nacido para salpicar arena. Hinché mis pulmones de aire limpio, pisé bien sobre la arena y noté como el agua del mar subía por mi empeine: me sentía parte de todo, libre como el agua del mar, libre como el aire, como aquella paloma y aquel halcón; nunca me había sentido así de bien.
Me puse a correr por la orilla, el agua del mar me salpicaba y mis zancadas eran cada vez más poderosas. Pese a no tener claro mi mete sentía que era dueño de mi destino, conocía la dirección a seguir y lo hacía sin obstáculos, convencido.
Ahora era yo el poderoso, quien dominaba toda la situación: libre de cargas, libre de miedos y de inseguridades.
Tan grande era mi dicha, tan grande era mi sensación de felicidad, tanta belleza irradiaba el horizonte que voló por mi mente la idea de que había muerto.
Inmediatamente se alzó en la playa una altísima pared de piedra  y un pensamiento extraño a mí me empujó a escalarla. Pese a mi gran tamaño nunca llegaba al final, cuando pensaba que me acercaba a la cima, la pared de piedra se elevaba como si jugara conmigo. Mis fuerzas comenzaban agotarse, me costaba agarrarme a los salientes de la roca; las llagas y heridas comenzaron a sangrar. Miré hacia abajo y vi como la arena se empapaba de un rojo oscuro que pronto comenzó a colorear el que antes había sido un mar azul y aquella playa llena de luz se tornó oscura. El sudor me provocaba escozor en los ojos y casi llegó a cegarme. Pero algo me empujaba a seguir escalando, Volví a ver a la paloma, que ahora revoloteaba a mi alrededor me picoteaba el vientre; el halcón había clavado sus garras en mi garganta y me impedía respirar, pero pese a todo, yo seguía mi escalada.
Cegado por el sudor, totalmente dolorido, casi vencido, agotado, se resbaló una de mis manos y cuando creía que caería pude agarrarme a una ramita que habría jurado que no había visto antes.
Cerré los ojos, respiré hondo y saqué fuerzas de dónde no las tenía. No me iba a rendir con facilidad, iba a pelear hasta el final; no iba a ponerlo tan fácil. Si alguien o algo quería vencerme tendría que ser tan tenaz como yo, tendría que hacer algo más que causarme dolor, tendría que ser más inteligente y más creativo, pues yo estaba dispuesto a darlo todo.
Sin poder ver llegué hasta la cima de la pared de piedra, logré alzar mis piernas hasta arriba y logré ponerme en pie.
Sentí que caía al vacío y me golpeé en el suelo…
Desperté antes de poder llegar a ver de qué lado de la pared de piedra había caído y con la cabeza sudada. Desorientado,  llegué hasta el cuarto de baño, me eché agua fresca sobre el rostro y me miré al espejo…
Al salir, vi a Cristina que me sonreía desde el salón.

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