Cuento de la cigarra


En una tarde de verano, de estas en las que las paredes sudan y las personas nos derretimos, Paco se había quedado al cuidado de su sobrino para que su hermana pudiera acudir a la cita con el médico en compañía de su madre. Le habían dado unas instrucciones muy precisas, pues se trataba de un bebé:” al mediodía la tocaba el biberón”, con una anotación subrayada que decía: “Derrama unas gotas de leche en tu muñeca para comprobar la temperatura”; tras la toma, el niño se suponía que caería rendido en brazos de Morfeo como por arte de magia, pero no sucedió así.
Paco, al principio se lo tomó con calma – ya caerá, es cuestión de tiempo- se decía para auto convencerse. Como medida extrema se le ocurrió algo que jamás fallaba, poner en la televisión la retransmisión de una de esas etapas del Tour de Francia en las que los corredores han de recorrer 250 kilómetros de llano, pero el jodido niño hasta parecía interesarse. La desesperación se hacía mayor por el hecho de que el bebé sólo quería estar en sus brazos. Cansado, comenzó a hacer cosas a la desesperada: cantar al niño lo que se suponía que debía sonar a nana; recorrer las paredes de casa para detenerse en cada uno de los cuadros y contarle qué representaba; mecerlo en sus brazos; poner música clásica mientras se movía con el bebé en brazos… pero el jodido no se dormía, hasta parecía animarse.
Como último recurso se puso a hablarle. Le contó las peleas que tenía con su madre cuando eran pequeños; le contó el día en que su madre le presentó a su padre; el día de la boda de su madre; el día en que se separaron sus padres; incluso le contó lo que sintió el día en que su madre le comunicó su grave enfermedad y lo que la quería, hasta el punto de que lo primero que se le pasó por la cabeza fue lamentar no poder cambiarse por ella.
Pasaron un rato más en silencio, un silencio que tal vez no durara más de medio minuto, pero que al bebé se le hizo eterno; un silencio en el que Paco pensó en su vida y en lo mal encaminaba que la llevaba: sin trabajo, sin pareja y sin ver claro si algún día llegaría a tener un bebé suyo entre sus brazos. Así fue como decidió contarle el cuento de la cigarra  que se negó a chirriar como las demás:
Erase una vez una cigarra  joven, inquieta e imaginativa a la que le encantaba emitir sonidos. Al principio logró emitir el mismo chirrido que sus hermanos y que el resto de las cigarras, pero no quedó satisfecho a pesar de poder hacerlo con el sonido más intenso y brillante. Emitir un chirrido, siempre en el mismo tono, le resultaba monótono y él quería aportar algo distinto y novedoso, por lo que se puso a investigar el modo de emitir sonidos menos estridentes: se rascaba la barriga; se colocaba en diferentes posturas; lo intentaba mientras mantenía todo el aire que podía en su cuerpo; lo intentaba tras expulsar todo el aire; lo intentó haciendo el pino; lo intentó manteniendo los brazos levantados. Hasta que por fin dio con un sonido que le gustó. Era un tono más alegre y menos ruidoso, un tono con el que no despertaría a los humanos y al resto de los animales en las calurosas tardes de verano.
Una de esas tardes, por fin se decidió a emitir su nuevo sonido junto a todos sus hermanos.  Al principio lo miraron con extrañeza e incluso se le acercó uno de los mayores del grupo para preguntarle si estaba enfermo, a lo que respondió que estaba bien, pero que quería emitir ese sonido.
Al día siguiente volvió a emitir el mismo sonido ante las críticas de sus hermanos. Al tercer día le prohibieron estar junto al resto, pero él siguió chirriando a su modo, con su sonido particular y único.
Las cigarras de mayor edad anunciaron que  no podía continuar esa situación, pues desde siempre habían chirriado del mismo modo y todas al mismo compás. Lo intentaron convencer de que era lo más razonable, pero él siguió convencido de que quería seguir con su sonido.
Pasadas unas semanas, su hermano mayor, al que quería de un modo muy especial, pues siempre le habían hecho mucha gracia sus ocurrencias desde pequeño, se acercó a él una mañana con cara de preocupación:
-Hoy tenemos reunión en el Consejo de los Mayores para decir qué cigarras van a formar parte de la orquesta familiar en el Concurso Anual.
- ¡Qué bien! – Exclamó el joven, - espero que les des mi nombre, sabes que soy uno de los mejores.-
El hermano bajó la cabeza y guardó silencio, por lo que el joven se le acercó y lo miró
-  ¿Qué sucede? ¿No les darás mi nombre?
-  No, es mejor que no lo de, si lo hiciera yo mismo me quedaría fuera de la orquesta. Cualquiera que se ponga de tu parte se quedará fuera, todos quieren que sigamos emitiendo el chirrido de siempre y tú te empeñas en emitir el tuyo propio…

Paco se quedó pensativo ante el cuento que acaba de contar al bebé, tenía mucho de su propia vida; él sabía bien lo que era ser rechazado por pensar de un modo diferente, pero como la joven cigarra del cuento, pensaba seguir emitiendo su chirrido y no ceder a los que simpatizan con el pensamiento único y con los que sólo dan valor a los que piensan como ellos. Entonces, bajó la mirada y se encontró con los ojos cerrados de su sobrino, por fin se había quedado dormido. 

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