La historia del niño grande

Fotograma de la gran pelea
Esta mañana he podido hacerme con una copia de una de esas películas que hacen soñar: "El hombre tranquilo".
Hay numerosas razones por las que es una de mis películas favoritas, una de las principales es que me trae muy gratos recuerdos de la infancia: logra trasladarme a la época en que era un niño que se creía mayor y que vivía despreocupado por temas que no fueran: aprender a tirar mejor el trompo; lograr lanzar mejor los hierros contra el barro; conseguir la próxima vez esa tapa rota de retrete sobre la que te podías deslizar más rápido por las rampas de las eras; lograr ser el campeón del montón de arena para celebrarlo mientras me sacudía para que mi madre no me regañara por llegar a casa con la ropa tan sucia. Era la época en la que los niños jugábamos a pelearnos y lo hacíamos de diversas maneras, las cosas las arreglábamos entre nosotros y el que se chivaba a su madre era tachado de acusica.
Recuerdo que jugábamos con palos del tabaco a modo de espadas, emulando las hazañas del Cid Campeador, las de Dartagnan y los tres mosqueteros, las luchas de espada que veíamos en las películas de Errol Flynn. Se trataba aquella de un época en la que la valentía, el valor de la palabra dada y el honor, nos parecían importantes. Si había alguien mayor que se metía con uno de los nuestros hacíamos piña e íbamos a por el abusón; no había necesidad de que se enteraran maestros o padres, los niños de aquella época aprendíamos a defendernos de un modo u otro, y es curioso, no se daban tantos casos de maltratos ni de abusos en clase como en la extremadamente civilizada actualidad.

Aún nos divierte hoy en día ver las míticas peleas de "El hombre tranquilo", una película que trata precisamente de un hombre (John Wayne) que no quiere pelear, pero que encierra peleas nobles y divertidas, en las que se puede hacer un alto el fuego para tomar una pinta de cerveza, codo con codo con la persona a la que te enfrentas y que al finalizar la misma, todo queda resuelto de un modo noble.

En la actualidad, queremos ser tan civilizados que tenemos castrados a los niños. Se aprende con las peleas; aprendemos a saber nuestro lugar en la comunidad, a no sabernos tan especiales que no sepamos aceptar la realidad; se aprende a ser más fuerte y a tener capacidad de lucha contra las adversidades de la vida;  aprenden, en definitiva, a valerse por si mismos para que cuando cumplan treinta años y sufran un revés, sepan levantarse sin pensar en acudir a las faldas de sus madres.

Habrá quien tras leer lo que llevo escrito se haya echado las manos a la cabeza y piense que soy un bárbaro que incita a la violencia infantil; nada más lejos de la realidad. Las peleas terminan cuando cada uno sabe con quién no ha de pelearse y cuando la jerarquía ha quedado establecida.

Tampoco pretendo decir que la jerarquía entre los niños la dictamine la fuerza física, pues la inteligencia permite hacer grupos bajo los que estar protegido, llegando incluso a liderar un colectivo el físicamente más débil.

Lo cierto es que estoy indignado, como esos que pasan las noches tirados en las plazas de nuestros ayuntamientos, pero lavado, peinado y bien vestido. Mi indignación proviene de un hecho sucedido en un colegio:

Resulta que hay un niño en una clase que es más grande y fuerte que la mayor parte de sus compañeros y que cuando juegan y se empujan unos a otros, el más grande hace daño a los pequeños. Las madres, indignadas (puede que alguna huela mal, seguro que más de una va despeinada), en lugar de decirles a sus hijos que no se metan con el niño que es más fuerte ni con nadie, se reúnen para hablar con la maestra para quejarse de que un niño tan grande no puede compartir clase con sus hiperprotegidos hijos. El pobre niño grande tiene la desgracia de no ser negro, musulmán o peruano, tampoco es gay y para colmo es de género masculino. ¡Pobre niño fuerte! Ha nacido con todas las papeletas para ser bien jodido, pues nadie lo defenderá ni habrá alarma social si es discriminado por su tamaño y fuerza. Así que la directora del centro, para no escuchar a la banda de cotorras (dicho con todo el respeto al mundo animal) que la asediaban, decidió meter al pobre niño grande, de cuatro años, en la clase de los niños de ocho años; se puso en contacto con los padres de ese gigante y criminal niño de cuatro años y los invitaron a llevar al chaval al psicólogo. Los padres, prudentes hasta el extremo y sin querer que su hijo fuese tachado de violento, le insistieron mucho en que cuando fuese agredido por sus compañeros no tenía que pegarles, tan sólo estarse quieto, que ya llegaría la maestra a poner orden.
Pasó una semana y el niño regresó a su clase, la madre, cuando lo llevó al cole veía como las otras madres la miraban de mala manera y ni la saludaban. Durante el recreo de ese día, los niños pequeños, los desvalidos e indefensos cobardes que lloraban antes sus madres, fueron a por el grande para pegarle. El gigante no se movió; tenía que hacer caso al psicólogo, a sus padres, a la directora del centro, a su maestra y hasta a Viviana Aído. Tapó su cara con los brazos en espera de que llegara la maestra a poner orden, pero tardó mucho... 

Resultado: al niño grande le rompieron las gafas, terminó con moratones en brazos, piernas y cara; y un tímpano reventado a causa de los golpes sufridos.

¿Y sabéis qué? Ninguna de las civilizadas madres se ha preocupado por el estado del niño; ninguna ha pedido disculpas.

Prefiero mi época, en la que tras tener una pelea como las de "El hombre tranquilo", jugábamos como tal cosa y ni la maestra ni nuestras madres se enteraban de nada.
Si lo que os he contado es ser civilizado prefiero ser un salvaje.
Ahora voy a tomarme una cerveza junto a John Wayne.


Se me olvidaba, el niño grande ahora tiene una novia de ocho años, apunta maneras.

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