En el que Brisa, pasa a formar parte de la familia Berenguer


Con el tronco bajo el brazo y la bolsa con las piñas y el musgo en la mano, padre e hija caminaron de vuelta a casa, donde les esperaba la chimenea y el par de solomillos que habían sacado del congelador. Nacho se preguntaba, sin decir nada a Anita para no preocuparla, qué había provocado la huída del jabalí; jamás había visto algo semejante. El jabalí es un animal muy fiero que cuando se lanza al ataque resulta imparable, pero el modo en que se había frenado en seco, casi podría decir que vio pánico en los ojos de aquella bestia.
Al llegar a la casa, Anita se sentó frente a la chimenea y abrió el libro que había comprado el día que Virtudes fue invitada por el hijo del librero a una cita. Aunque se sentía profundamente cansada; con uno de esos cansancios que hace que te pese todo el cuerpo; así que se recostó en el sofá para seguir con las aventuras de su héroe literario y terminó derrotada por el sueño.
Mientras tanto, Nacho había ido a la cocina a ver cómo estaban los solomillos. Se dio cuenta de que aún estaban congelados por dentro, así que los metió bajo el grifo para acelerar el proceso de descongelación. Una vez terminada la operación, sacó de uno de los muebles de la cocina un almirez y vertió sobre el mismo un buen chorreón de aceite de oliva, un diente de ajo, romero, tomillo, sal y pimienta. Los machacó bien y una vez que el ajo quedó deshecho, lo batió todo con ayuda de un tenedor para conseguir que todos los sabores quedasen bien mezclados. Con los dos solomillos en una mano y el almirez en la otra, regresó al salón. Allí se encontró con Anita, dormida y con el libro abierto sobre el sofá. La tapó con una manta para que no cogiera frío, mientras no dejaba de preguntarse qué le pasaba a su hija; la veía más cansada de lo habitual ¿estaría enferma? ¿Tendría fiebre? Le tocó la frente, pero no notaba una temperatura anormalmente elevada, así que decidió dejarla dormir hasta que estuviera preparada la comida.
Colocó los dos solomillos en la parrilla, y con una brocha, los embadurnó con la mezcla que había preparado poco antes en el almirez. A continuación, echó a un lado los troncos gordos y preparó una cama de ascuas, sobre la que puso la parrilla. En pocos segundos, el olor a carne asada, junto al del romero y el del tomillo, provocó que se le hiciera la boca agua.
Recordó que se le había olvidado comprar pan. Así que apartó la carne del fuego y fue hasta la casa de Toribio, donde le dieron una hogaza que había preparado Engracia con sus propias manos. No hay que decir que tenía una pinta fantástica. Lo apretó para escuchar el crujido de la corteza. Se notaba por el peso, que era pan de los de antes; de los que se hacían en las antiguas tahonas; sin aditivos especiales ni cosas extrañas. Harina, agua, levadura y sal; se agradecía poder comer un alimento puro en una época en que todo lo encontramos metido en plásticos y en la que nada sabe como debiera.
Anita continuaba disfrutando de un plácido sueño sobre el sofá. Así la dejó hasta que la carne estuvo lista tras un par de vueltas y tras pintarla con el líquido del almirez para que cogiera el gusto y no se quedara reseca.
- Hija, ya está la comida.
- Huele muy bien papi. – Respondió aún con los ojos cerrados.
La puso en dos platos y partió el solomillo de Anita en medallones, para que le costara menos trabajo comérselo.
- Prueba el pan, está riquísimo. Lo ha hecho Engracia.
La niña pellizcó un trozo y se lo metió en la boca.
- Está muy bueno, pero es que no tengo hambre.
- Tienes que comer. No quiero que te pongas enferma. Haz un esfuerzo, que he preparado la comida para que la disfrutemos juntos. – Dijo el padre, sabedor de que Anita hacía lo que fuera con tal de compartir tiempo con él.
- No sé qué me pasa. Estoy muy cansada.
- Hazlo por mí cariño.
- Vale.
Así fue como la convenció para que comenzara a comer. Cuando se había comido el primer medallón con mucho esfuerzo, daba la sensación de que volvía a ser ella misma. De vez en cuando intercambiaba una mirada con el padre, que disfrutaba de la carne y del pan como si fuera la comida más exquisita que hubiera probado nunca.
- ¡Papá! Si te digo una cosa ¿prometes no enfadarte?
- Depende de lo que sea. Pero venga, dímelo. Así te sentirás mejor.
- He pensado que este año ya sé lo que quiero que me regale Papa Noel. – Dijo muy seria.
- ¿Se trata de un vestido? ¿Discos? ¿Libros?
- No, este año Papa Noel no tendrá gastarse nada en mí.
- No le des más vueltas y dímelo de una vez. – Pidió Nacho muy intrigado.
- ¿Me lo pedirás?
- Sí.
- ¿Lo prometes?
- ¡Prometido!
- Entonces te lo cuento. A ver, es que Sara… - Anita recordó la promesa que había hecho a Virtudes.
- Dime, ¿qué pasa con Sara? – Preguntó Nacho.
- Pues que Sara…-
¿Lo decía o no? ¿Qué debía hacer? Pensaba Anita. Pues por una parte había prometido no decirlo; pero por otra parte, si se lo decía a su padre, podría quedarse al menos con uno de sus cachorritos si renunciaba a regalos de Navidad. Entonces pensó que ella conocía a su padre mejor que Virtudes, y que podría convencerlo para que nadie saliera perjudicado.
- Sara ha tenido cachorritos. – Soltó de golpe.
- No es posible. Si no estaba embarazada. – Dijo el padre. - ¿Seguro que no me estás gastando una broma?
- ¡Jo papá! ¡Que es la verdad! – protestó Anita.
- ¿Y qué quieres que te regale Papa Noel?
- ¡Quiero que nos quedemos con todos los cachorritos!
- ¡Imposible! Tu madre nos mata como vea a tanto perro en casa.
- ¿Y si nos quedamos sólo con tres? ¡Es que son muy monos papi! – Dijo muy zalamera mientras acariciaba la barbilla del padre.
- ¡Tampoco! – Respondió Nacho sin tanta determinación, con la baba que se le caía por las caricias de su hija.
- ¡Jo papi! Al menos deja que me quede con Brisa. Es la que más me quiere. ¡Porfi, porfi! ¡Di que sí!
Nacho no podía resistir los mimos de Anita, y mantener al mismo tiempo su determinación. Así que terminó cediendo. Brisa, sería a partir de ese momento, una más de la familia.

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