En el que Anita es atacada por un jabalí


A la muerte de sus padres y pese a la insistencia de su esposa, Nacho, no quiso cambiar el mobiliario de la casa de la montaña; él siempre la quiso tal y como la recordaba cuando era pequeño y vivía sin preocupaciones. Cuando entraba en aquella cocina, siempre venía a su olfato el olor a los guisos de carne de caza que permanecían durante horas a fuego lento, con un hervor controlado y calmo que provocaba pausadas y rítmicas explosiones de vapor en su superficie.
La cocina conservaba los mismos quemadores de butano, y en el interior de sus muebles guardaba la gigantesca olla de aluminio en la que se hacían los grandes guisos; así mismo conservaba los peroles de porcelana, que por fuera tenían un característico color entre el rojo y el marrón, la mayoría desconchados por el uso. Pero sin duda, la reina de la cocina era la gran chimenea, en la que recordaba una gran olla colgada de un gancho de hierro, en la que se hacía la morcilla de la matanza, y que llenaba toda la casa de un agradable olor a cebolla cocida.
Al volver al salón, le extrañó encontrar a Ana dormida en el sofá. Posó la palma de la mano en su frente y se cercioró de que no tuviera fiebre. La niña parecía tener un mal sueño; movía la cabeza de un lado a otro y los gestos de su cara denotaban que no lo estaba pasando bien. Nacho comenzó a llamarla por su nombre para despertarla, pero la agitación de Anita no hacía más que ir en aumento. Finalmente la despertó con unas palmadas en la cara.
- ¡Hija! Estás con papá.
La voz de su padre terminó de sacarla de la pesadilla. Se abrazó muy fuerte a su él. Nacho podía notar lo agitada que estaba su hija y mantuvo sus brazos rodeándola y proporcionándole el refugio que necesitaba.
- ¡Papá! ¡Prométeme que no dejarás que me lleven al otro lado! – Suplicó Anita muy agitada.
- Te lo prometo. No dejaré que nadie te aleje de mí. ¿Pero quién quiere llevarte?
- ¡No te lo puedo decir! Me ha dicho que si te lo digo me hará mucho daño. – Respondió muy asustada.
Bajo el dintel de la puerta, y con una fuente de mantecados caseros que llevaban como obsequio a los señores, Toribio y Engracia se miraron con cara de gran preocupación.
- ¡Señor! ¿Se puede? – Preguntó el hombre rudo.
- ¡Por supuesto! Están en su casa. ¡Pasad! – Respondió Nacho. - ¡Ana! ¿Recuerdas a Engracia?
La niña corrió a saludarla. Claro que la recordaba; cuando iban a la casa de la montaña, a Anita le gustaba mucho pasar horas y horas con Engracia, mientras ésta hacía sus tareas. Aquella señora le daba todos sus caprichos, y tal vez por no haber tenido ninguna hija, se pasaba largos ratos cepillando su cabello y haciéndole trenzas y recogidos de todo tipo que había aprendido a hacer antes de conocer a Toribio, en la peluquería de su tía Juana. En secreto, pues a Nacho no le hacía ni pizca de gracia, también la maquillaba. A Anita le encantaba, pues era muy presumida; desde que tenía tres años se quedaba muy quieta cuando Engracia la ponía guapa.
Nacho se puso en pie e invitó a los recién llegados a tomar asiento. Ambos se sentaron en el sofá, muy rectos, con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas. Por mucho que Nacho les diera toda la confianza del mundo, aquél no era su lugar en la finca y la señora se había ocupado de recordárselo en múltiples ocasiones.
- ¡Mira lo que nos han traído! – Exclamó Nacho a su hija apara romper el hielo.- Te doy permiso para que te comas uno de esos mantecados. Los hace Engracia y están buenísimos. Yo cogeré otro.
- Es que no tengo hambre.
- Es normal, no son horas de comer mantecados. Además, son todos para vosotros, así que te los podrás comer cuando quieras. – Dijo Engracia.
- Pero sin pasarte, ¿eh? Que después te duele la tripita. – Apostilló Nacho en su función de padre responsable.
- ¿Cómo se encuentra la señora? – Preguntó Engracia, más por protocolo que por simpatía hacia la misma.
- ¡Está muy bien! Os manda saludos de su parte. – Respondió Nacho igual de protocolario que Engracia.
Volvió a hacerse un incómodo silencio, con los dos invitados tan hieráticos como una escultura egipcia.
- Toribio, quiero salir a dar un paseo con Anita, vamos a recoger unas piñas, musgo y algún tronco viejo para hacer el Belén. ¿Nos acompañáis?
- Pues… ¡Claro! Si así lo desea el señor, les acompañaremos donde nos pida. – Respondió Toribio, en tono algo resignado.
- ¡Que no hombre! ¡Es broma! Es un crimen quitarte el rato que te echas en la cama antes de comer. Nosotros nos las apañaremos bien. – Dijo Nacho entre risas.
Se pusieron en pié y tras abrigarse salieron de la casa; se despidieron y cada pareja tomó una dirección.
Ana y Nacho se adentraron en la sierra en busca del musgo y las piñas. El padre quería que se convirtiera en una tradición y que su hija, el día que él faltara, recordara esos momentos con cariño. Explicó a Ana que el musgo se encuentra en la parte norte de la base de los árboles, ya que es la más umbría; también le enseñó a no coger más del necesario para adornar un poco el Belén, pues formaba parte del ecosistema y es importante mantener el equilibrio del mismo. Nacho lo cortaba desde un poco más debajo de la raíz con una navaja, para mantenerlo vivo con un espurreo de agua una vez puesto en el portal de Belén.
Cuando regresaban a la casa en busca de un tronco o dos con los que hacer el portal, Ana vio un tronco caído y negruzco, seguramente a causa de un rayo, que tenía el hueco perfecto para dar cobijo al Niño Jesús, a San José y a la Virgen María. Corrió para cogerlo y cuando se agachó, Nacho escuchó un ruido. Miró y vio que su hija, sin darse cuenta, había corrido en dirección a un viejo jabalí, que resoplaba y estaba a punto de atacar al creerse amenazado por la niña.
- Ana, no te muevas; no hagas nada. – Dijo Nacho en voz baja.La niña, al ver al animal con cara de pocos amigos, dio un grito y salió a correr en busca de su padre. Nacho cogió un palo dispuesto a todo; no sabía si le daría tiempo a llegar hasta su hija antes que el jabalí. Esos pocos segundos se le hicieron eternos, pues en plena carrera veía acercarse al animal furioso que se iba a abalanzar de un momento a otro sobre su hija. Anita, muy asustada, tropezó y cayó al suelo. Entonces pasó algo muy extraño: justo cuando el jabalí se disponía a arremeter contra la niña, se quedó parado en seco y emprendió la fuga hasta desaparecer.

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