11 M


Hoy me he despertado tarde; tal vez porque es uno de esos días que traen recuerdos tan trágicos, que prefiero que pase como si no me recordara nada, pues es realmente doloroso.
Me he conectado al facebook y me he encontrado con citas referentes al 11 de marzo entre muchos de mis contactos. De manera inevitable ha venido a mi memoria el momento en el que me enteré del desastre. Al principio de la noticia parecía que había unos pocos muertos, pero la suma de los mismos se elevó durante el curso de la mañana hasta cifras insoportables.
Me encontraba en una cafetería de la Facultad de Derecho, preparábamos un debate para unas elecciones universitarias y ahora vuelve a mí aquella misma sensación de dolor e impotencia, unida a la rabia.
Una de mis hermanas se encontraba en Madrid, intenté llamarla pero no respondía.
El decano no tardó en reunirnos para aplazar todos los actos del día, sin duda le asistía la razón, pero aquella rabia provocó en mí una reacción contraria. Ya habíamos sufrido en España muchos atentados, incluso en la misma facultad, como el del que fue mi profesor de prácticas de Derecho Penal, Don Luis Portero, por cuyo domicilio pasé la trágica mañana en que fue asesinado por los criminales de ETA. Estaba cansado de bailar al son que tocan los terroristas; cansado de que marcaran ciertas pautas de mi vida, de tal modo que convencí al señor Decano y a quienes iban a participar en aquel insignificante debate universitario, para que no se suspendiera y evitar así que los terroristas ganaran.
Por fin recibí una llamada de mi casa, en la que me dijeron que mi hermana y mi sobrino se encontraban bien.
El debate se celebró, y durante el mismo, todos teníamos el corazón encogido porque a esas horas de la tarde, la cifra de muertos ya era escandalosa.
A su finalización, fui a comprar junto a tres amigos, unos metros de tela de la bandera de España. Se acercaba la hora de la manifestación y queríamos expresar nuestra repulsa por los atentados y nuestro apoyo a los familiares de las víctimas.
En el punto de partida, se podían escuchar mueras a ETA; vascos sí, ETA no. Estos gritos fueron repetidos y coreados por la gran cantidad de asistentes que quisieron unirse a la manifestación de duelo. Muchas banderas de España y todos unidos por el dolor. Resultaba reconfortante sentir que se trataba de un dolor compartido.
Conforme llegamos a Gran Vía, un grupo de unos quince o veinte individuos, se acercó a la cabeza de la manifestación. Llegaban con gritos muy distintos: voceaban contra nuestro Presidente del Gobierno y contra el Partido Popular. La gran mayoría de las personas comenzó a abuchearlos, pues no era un lugar donde ir a hacer política, o eso pensábamos.
Cuando los tuve cerca, no tardé en identificar a varios de ellos, pertenecían a las Juventudes Socialistas y tenían un trabajo que realizar: dividir a España y aprovechar el dolor y el miedo para dar un vuelco electoral. No llevaban una bandera como el resto de los asistentes; ellos iban tras una pancarta de “Aznar asesino”.
Había mucha gente indignada que les dio voces para intentar que no se apropiaran de nuestro dolor.
A la tarde siguiente, supe que habían atacado la sede del Partido Popular. Y unos días más tarde, un tontico de mi pueblo, comentaba por la calle, que los socialistas lo recogieron y le pagaron por ir a formar follón a la sede de los del PP.
Yo formé parte de una mesa electoral en representación del Partido Popular en aquellas funestas elecciones. Recuerdo pintadas en la calle con la frase “PP asesinos”; recuerdo las increpaciones de alguna señora, por llamarla de algún modo, que se tomó la libertad de llamarme asesino en la cara por el simple hecho de portar la acreditación de interventor del PP; recuerdo la llamada de un amigo que fue golpeado por ser del PP; pero lo que mejor recuerdo, lo que nunca podré olvidar, es la sensación de rabia y de desprecio que me produjeron los resultados electorales.
Quedaba clarísimo que la democracia es el sistema político en el que el pueblo ejerce su derecho a equivocarse. Pero ¿rendirse ante los asesinos? Fue más que un fallo; se trató de un acto en el que el pueblo español agachó la cabeza y se postró ante el terrorismo; se trató de la claudicación y la rendición ante los muertos que había asesinado y ante el uso de los mismos que ejerció el PSOE, apoyado por determinados medios de comunicación.
Por primera vez en mi vida, sentí vergüenza de ser español.

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