Mi pequeño girasol


Cuando el día parecía que no podía empeorar más, un grito alarmó a toda la fábrica: Pedro Herrero, en un descuido mientras contaba el truco que había usado para salvarse del despido, dejó una llave inglesa sobre uno de los telares, con tan mala fortuna que la misma siguió su camino hasta el sitio donde trabajaba Mercedes Prieto, quien al ver que la llave inglesa atrancaría toda la maquinaria, intentó cogerla tropezando sobre el telar, de modo que su mano derecha quedó atrancada entre los rodillos de la maquinaria.
Acudí rápido en su ayuda. Mandé parar la máquina de un grito, pero con todo el ruido tardaron en escucharme. La mano de Merdeces estaba atrapada y no había forma de sacarla. La mirábamos asustados sin saber reaccionar. Tu abuelo llamó a la ambulancia desde la oficina. Fue entonces, que sucedió que José Calvente, el hombre al que acababa de despedir, llegó con su caja de herramientas; y nadie se explica muy bien cómo, logró sacar la mano malherida de Mercedes, de los rodillos en los que había quedado atrapada.
Levanté la vista, y fuera del corro de personas que rodeábamos el suceso, estaba el abuelo que me miró desde la oficina y me indicó que mirara en otra dirección; seguí su mirada y me encontré a Pedro Herrero, quien hablaba por teléfono con una sonrisa mientras daba un trago a una petaca de vodka que escondía en el bolsillo de su chaqueta.
Volví a girarme en dirección al abuelo, para reconocer mi gran error, y lo vi hablar por teléfono y algo alarmado. Salió de la oficina y me dijo que la ambulancia se encontraba a varios kilómetros de distancia atendiendo a los heridos de un accidente. Así que con mucho cuidado y con la ayuda de la mejor amiga de Merdeces. Le realizamos un torniquete en el brazo y la monté en mi coche para llevarla al hospital. La pobre mujer estaba muy malita y tenía una pupa muy grande.
En urgencias la atendieron rápidamente. Cuando el médico me dijo que se encontraba estable y que no perdería la mano, la dejé en compañía de su amiga y salí del hospital. Estaba a punto de subir al coche y con ganas de llegar a la fábrica y dar un buen puñetazo a Pedro Herrera, cuando escuché las voces de Oscar, mientras corría hacia mí.
Me dijo que tu madre ya estaba de parto. Habían intentado llamarme, pero yo me había dejado el teléfono en el despacho y no pudieron ponerse en contacto conmigo. Los dos corrimos hasta la zona donde se encontraban las parturientas y pude entrar al paritorio. Tu cabecita ya asomaba. Me dijeron que la ayudara a hacer fuerzas apoyando su espalda. Yo estaba muy asustado, pues el día había ido de mal en peor; cerraba los ojos y mientras animaba a mamá, rezaba para que todo saliera bien y tú nacieras sana y a tu madre no le pasara nada; rezaba más y más, pues ahí estaban las dos personas que más quería en la vida; lo más importante de todo.
Por fin saliste, la matrona te tenía cogida de los pies y me dijo que estabas en perfecto estado. Me quedé con tu madre hasta que todo terminó y fui a verte. Me encontré con la niña más bonita que he visto, y supe que nunca podría dejar de quererte. Mirabas allí donde algo llamaba tu atención; así fue como me recordaste a un girasol. Cogí tu mano y te llamé por primera vez: mi pequeño girasol.
Anita se abrazó de nuevo a su papá y Virtudes pasó un pañuelo por sus ojos. Oscar, algo emocionado al recordar aquel día, miró a su señor, tal vez con algo de envidia sana por no haber podido vivir nunca en primera persona un momento como aquél.
- Anita, ahora dime qué aprendió papá el que en que tú viniste al mundo.
La niña, apretó sus brazos con más fuerza y se quedó callada.
- ¡Yo te lo diré! Aquél día aprendí que las cosas no siempre son lo que parecen, y que debemos informarnos bien antes de tomar las decisiones; ya que se engaña antes al corazón que a la razón. – Levantó la vista en busca de la cara de Oscar y continuó, - ¿Vamos a por eso que te pedí?
- ¡Claro señor! Es el mejor momento. Sígame por favor. – Respondió el mayordomo.
Los dos hombres se dirigieron a la cocina, donde Angelines, que ya andaba entre sus pucheros para preparar el almuerzo, saludó al señor de la casa.
- Buenos días señor. ¿Todo bien en su viaje?
- Sí, todo ha ido bien.
- Disculpe que no lo hayamos recibido como merece, pero no lo esperábamos hasta dentro de un par de días.
- No se preocupe Angelines; todo está bien.
Oscar sacó la caja de puros y se la ofreció al señor, quien cogió uno y se la ofreció a su vez al mayordomo.
- Supongo que con la nueva ley contra el tabaco, yo puedo fumar y usted no; porque se encuentra en el lugar de trabajo y yo estoy en mi casa. – Dijo jocoso antes de ponerse serio y preguntar – Oscar, ¿Quién es el invitado a la casa? Sé que hay alguien y es la razón por la que he venido antes de lo previsto. Y por lo que he escuchado, no me gusta un pelo el modo en que se comporta en mi casa.
Sacó un mechero zipo del bolsillo del pantalón, y encendió el puro mientras miraba a Oscar en espera de una respuesta.

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