En el que Nacho disfruta de un buen desayuno con su hija


A Oscar, siempre tan correcto en todo, se le descompuso la cara al escuchar las palabras de su señor. Para ganar algo de tiempo y con la esperanza de que se le ocurriera una buena historia con la que salir del lío en el que se había metido; tomó el puro de la caja; se lo llevó a la nariz; lo calentó con el encendedor y finalmente lo encendió. Dios tres caladas pequeñas con las que encenderlo correctamente; y finalmente, expulsó el humo.
- Señor, le aseguro que no tenemos ningún invitado nuevo.
- Oscar, ahora estamos los dos solos; llámame Nacho.
- ¡Claro! Nacho, no ha venido nadie a la casa.
- No es lo que tengo entendido.
- Nacho, de verdad; no hay nadie.
- En caso de no haber nadie, ¿me puedes explicar por qué te has puesto tan nervioso?
- ¿Yo nervioso? ¡Para nada!
- ¿Acaso intentas convencerme de que siempre que enciendes un puro lo haces por la boquilla? ¡Hombre! ¡Que casi te dejas los pulmones para lograr encenderlo! – Dijo el señor de la casa con una sonrisa.
- Nacho, puedo prometerle que no ha venido persona alguna a la casa. Si es lo que le preocupa, puede estar tranquilo.
- ¡Está bien hombre! No te alteres, sabes que eres de mi total confianza. Cambiemos de tema. ¿Cómo se encuentra Natalia?
- La señora… Se encuentra como siempre en los últimos años.
- Es decir, sigue tan neurótica como hace unos días.
- Señor, Nacho, yo no he dicho eso.
- Lo sé, lo sé, mi buen amigo. A ver si adivino: ahora se encuentra en el gimnasio, la piscina o de compras. – Dijo sonriente.
- En la piscina; no creo que vuelva para el almuerzo.
- Aún no he desayunado y tengo hambre. Le voy a decir a Angelines que prepare unos picatostes. Tengo que aprovechar que Natalia no está y puedo saltarme la dieta.
- ¿La dieta? Nacho, que esta barriga no deja de crecer. – Dijo Oscar.
- ¡Déjala tranquila! Cuando me limito a comer verde, me paso el día nervioso y de mal humor; además, no pienso convertirme en un neurótico de los cuidados corporales como Natalia. Estoy convencido de que sale tanto de la casa para escapar de ella misma.
- Prefiero que no me comente según qué cosas; me pone en una situación incómoda.
- Tienes razón, pero es que necesito decírselas a alguien, y eres el único en el que confío. Este tipo de cosas no se las puedo comentar a Rafael.
- Agradezco su confianza.
- Cambiemos de tema: ¿Cómo sigue Anita? Hoy la he encontrado más contenta y anoche estaba ilusionada.
- Su hija está madurando; la encuentro más amable y educada. Si me lo permite, he notado que se siente mal cuando usted no está en casa.
- Voy a hablar con ella. Dile a Angelines lo de los picatostes; en cuanto estén listos, que los suban con un par de tazones de chocolate caliente.
- Como ordene el señor.
Nacho, dirigió una mirada a Oscar para indicarle que había percibido la ironía de su comentario. Subió hasta la segunda planta para encontrarse con Anita en el baño. Allí disfrutaba la niña de un baño en compañía de Virtudes. Las escuchó hablar desde el pasillo y se detuvo para escucharlas:
- Anita, entonces, ¿anoche no te levantaste? – Preguntó Virtudes.
- No, ya te lo he dicho. Me dijiste que cuidarías de mis amiguitos. – Respondió la niña.
- ¿Recuerdas si has soñado algo extraño?
- Pues… No. ¡Espera! Sí, soñé que jugaba con mi casa de muñecas. Pero no recuerdo bien el sueño.
Virtudes, tragó saliva al recordar la pesadilla que tuvo, en la que una Anita de enormes dimensiones intentaba atraparla parea meterla en la lavadora. Pero no, no podía tener nada que ver. Sin embargo, no pudo evitar sentir cierto escalofrío al escuchar el sueño de la niña.
Nacho entró en el cuarto de baño; se miró en el espejo y vio que seguía bien peinado y parecía que no habían salido más canas en la sien desde la última vez que se peinó.
- ¿Papa está guapo? – Preguntó en voz alta.
- ¡Sí! Eres el papá más guapo del mundo. Pero no deberías entrar sin llamar; ya no soy un bebé. – Respondió Anita muy feliz.
- ¡Siempre serás mi bebé!
Cogió una toalla y esperó a que su pequeño girasol se pusiera en pie para arroparla. Comenzó a frotar todo su cuerpo con la toalla mientras Anita sonreía.
- ¡Eres tan lenta como mamá! Tenemos que darnos prisa y desayunar; hoy quiero que salgamos a hacer unas cosas; Te encantará. - Dijo Nacho.
- - ¡Bien! ¿Has escuchado Virtudes? ¡Saldremos a la calle! – Gritó la niña llena de entusiasmo.
Entre la criada y el señor de la casa, vistieron a Anita. Padre e hija bajaron cogidos de la mano hasta llegar al comedor de la casa, donde ya los esperaba un plato de picatostes y dos grandes tazones de chocolate. Nacho observó con atención los movimientos de su hija en la mesa; si tenía una manía era la de respetar las buenas formas a la hora de comer; no soportaba a quienes comían con la boca abierta ni a quienes hacían un ruido excesivo al masticar, cosa harto complicada de conseguir a la hora de comer picatostes. Anita mojó por segunda vez uno de los picatostes en el chocolate y se manchó la boca; así que con un gesto, le indicó que cogiera la servilleta y se limpiara enseguida; a lo que la niña obedeció alegremente.
- Ana, lo que me dijiste anoche, ¿es cierto? ¿Hay invitados en la casa? Aún no me he cruzado con ninguno y estoy deseando saludarlos.

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