En el que Nacho decide pasar más tiempo con su hija


Ante la pregunta de su padre, la niña se quedó muda; era consciente de que no debía haberle dicho nada al padre, pues así se lo había prometido a Virtudes; lo último que deseaba era poner en riesgo a la camada recién nacida, a esos vástagos de Sara a los que tanto adoraba. Por primera vez en su vida, sentía que alguien la necesitaba; se sentía realmente útil. Pero no podía engañar a su padre, al menos no del todo. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo salvar a los cachorros de que su padre los echara de casa sin mentirle? Era realmente complicado. Entonces recordó las medias verdades en las que en alguna ocasión había pillado al padre; asimismo recordó las mentiras de su madre. ¿Por qué estilo de mentira definirse? De ese modo se le ocurrió hacer algo tan femenino como tapar una mentira con otra más grande.
- ¡No seas tan bromista papá! Los invitados se van a ofender.
Nacho quedó totalmente descolocado; con un rápido barrido visual recorrió toda la habitación, pero no vio a nadie. Trató de hacer memoria sobre lo que había visto en el dormitorio de Anita, en el baño y en la cocina; nada.
- ¿Están aquí tus amigos? – Preguntó sin gran convencimiento.
- ¡Claro! Están sentados a la mesa con nosotros. Y por cierto, no estás siendo muy buen anfitrión; aún no los has saludado.
A eso debió referirse Oscar, cuando le advirtió que Anita estaba mucho mejor cuando él estaba en casa. Su hija, siempre sola o con personas mayores, había recurrido a inventar amigos imaginarios. Se propuso pasar todas las vacaciones de navidad junto a su hija; la llevaría de paseo; al parque, donde podría jugar con más niños; a casa de su primo Enrique, donde podría jugar con Alvarito. Pero ya tenía planes para hoy.
- Ana, ¿sabes dónde quiere llevarte papá esta mañana?
- ¿De compras? – Preguntó ella, tranquila tras haber distraído la atención de su padre sobre los invitados.
- A un lugar mucho más bonito. Vamos a ir al campo.
- ¡Bien! ¡Viva! ¿Pasaremos allí todo el día?
- Almorzaremos allí y volveremos antes de que se haga de noche. ¿Te parece buena idea?
- ¡Sí! – Dijo mientras se lanzaba a por un abrazo.
- Sube a por ropa de abrigo que salimos enseguida. Aquí te espero.
Anita subió corriendo las escaleras y llegó a la tercera planta jadeando. Entró en la habitación donde estaban los cachorritos de Sara; no podía irse sin asegurarse de que estuvieran bien.
Virtudes, que la vio subir, salió tras ella pues algo le decía que no debía dejar a la niña sola en aquella habitación. Anita les estaba contando lo contenta que estaba porque había llegado su padre y porque iban a pasar el día en el campo. El cuadro parecía seguir con la misma mirada burlesca.
- ¡Señorita! Ya le he dicho que no puede venir a esta habitación, y mucho menos sola.
- Pero es que me voy con mi padre y tenía que despedirme.
- ¡Pase por hoy! Pero a la próxima se lo diré al señor Oscar y ya sabe que no es tan comprensivo como yo.
- Me tengo que ir ya; papá me está esperando. Los cuidarás muy bien, ¿verdad?
- Claro que sí; no les faltará de nada.
- ¡Mira Virtudes! Creo que ésta es la que más cariñosa. Será porque es la única a la que aún no le he puesto nombre.
- Anoche le puse yo un nombre muy bonito que le va como anillo al dedo.
- ¿Qué nombre?
- Brisa.
- ¡Me gusta mucho! A partir de ahora todos te llamaremos Brisa, y tendrás que acudir cuando lo hagamos. – Dijo mirándola a los ojos mientras la sostenía con sus manos a la altura de su cabeza.
- ¡Ni se le ocurra volver a besarla!
Anita soltó una gran carcajada; Virtudes, la conocía muy bien y había adivinado sus intenciones. Soltó a la perrita y voló hasta su dormitorio para ponerse el abrigo y los guantes de ir al campo. Cuando bajó al salón, su padre la esperaba. Se cogió de su mano y fueron a la cochera para montarse en el todoterreno. La encantaba oler el perfume que usaba su padre mientras la colocaba bien atada en su sillita.
Hacía un día precioso; el sol llenaba cada rincón pese al frío que hacía. Se notaba que los niños no tenían colegio, pues se veían en gran cantidad pasear con sus padres y sus madres mientras hacían la compra. Pasaron junto a un parque con columpios y Anita, recordó que allí mismo la llevaba a veces su padre. Recuerda verlo bajo el tobogán, esperándola con los brazos abiertos; entonces ella sentía que nada malo podía sucederle y se lanzaba a sus brazos.
El todoterreno se alejó poco a poco de las céntricas calles en las que se encontraba la residencia de la familia Berenguer, para llegar hasta la autopista.
- ¡Papá! ¡Pon música!
- Toma y dime el disco que prefieres. – Dijo Nacho tras pasarle el porta CD`s.
- Últimamente los he renovado y estoy seguro de que encontrarás más de uno que te guste.
- ¿Te gusta Shakira? Tienes dos de ella.
- Le dije a mi secretaria, que tiene un sobrino de tu edad, que me grabase discos que te gusten. ¿Ha acertado?
- Sí, me gusta mucho Shakira, pero me gusta más Justin Bieber.
- ¿Lo tengo?
- Sí. ¡Toma!
Nacho introdujo el CD en la ranura y comenzó a sonar “One time”. Anita cerró los ojos y comenzó a moverse al ritmo de la canción.
- Dime, ¿te gusta la música o es que el chico te parece guapo?
Ella abrió los ojos y muy sonrojada, respondió:
- Las dos cosas. – Y ambos comenzaron a reír.

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