En el que llegan a la finca de la sierra


Pasaron los kilómetros de autovía entre largos silencios; el juego de contar los números de las matrículas de los coches; el juego del veo veo; y destrozando canciones infantiles a voz en grito. Llegaron hasta el desvío hacia la carretera nacional y cambió el paisaje. Comenzaron a adentrarse en la montaña en la que se encontraba la finca de los Berenguer. Pese al frío, Nacho bajó un par de centímetros el cristal de su ventana. Le encantaba el olor a pino, a tomillo; a sierra. Allí había vivido los momentos más felices de su infancia; siempre fue el lugar al que iba para despejarse y para ser libre; el lugar donde acudía para refugiarse de la responsabilidad que suponía ser un Berenguer. Allí aprendió a cazar y a pescar junto a su padre.
Pasados unos kilómetros, entraron en un camino flanqueado por un cartelito que indicaba que entraban en un coto de caza. Anita bajó del todo el cristal de su ventana; para ella era un día de fiesta; desde que era un bebé se emocionaba al llegar al camino de entrada a la finca. Se le producía un hormigueo en el estómago que le anunciaba lo bien que lo pasaría. En la finca de la sierra, incluso su madre se relajaba cuando iba.
Los días anteriores había caído nieve y la sierra resplandecía con su manto blanco. De los árboles junto a los que pasaban caían gotas de agua cristalina como resultado del impacto del sol en la nieve que los cubría. Anita y Nacho estaban fascinados ante la estampa que los rodeaba, tan llena de belleza salvaje y pura.
No tardaron en llegar al caserón de la finca, junto al que se encontraba el viejo Toribio cortando leña. Hacía varios años que había pasado del medio siglo, pero su aspecto era el de un hombre mucho más joven: tenía el pelo totalmente negro, siempre repeinado hacía atrás; era recortado, pegado al suelo, como a él mismo le gustaba decir; robusto y duro como las tierras en las que había pasado toda su vida; vestía unas viejas botas, pantalón verde de tela gruesa y camisa de cuadros remangada a pesar del frío intenso que hacía en invierno. Era la tercera generación de su familia que había cuidado la finca de los Berenguer. A sus cuarenta años, Nacho le comentó en broma que si no espabilaba sería la última, ya que ni estaba casado ni se le había conocido novia alguna; a los pocos meses, contrajo matrimonio con Engracia, que era del pueblo más cercano; mujer de ir a misa y con caderas anchas; buena para la cría. Con la que tuvo dos hijos varones, ninguno de los cuales había tomado el camino de sus antepasados: el primero había entrado en la universidad y el segundo hacía un año que trabajaba en la fábrica de telas de los Berenguer. Con ambos había recibido la ayuda de Nacho, lo cual hacía que tanto Engracia como él, estuvieran aún más atentos y serviciales con los dueños de la finca.
Nacho salió del coche y se acercó a Toribio, quien le tendió la mano y la apretó con fuerza. Anita se lanzó de espaldas sobre la nieve y comenzó a agitar brazos y piernas.
- ¡Mira papá! ¡Un ángel!
- ¡Ana! ¿Has saludado a Toribio?
- ¡Hola Toribio! ¡Mire! ¡Un ángel!
El guardés hizo una mueca extraña al intentar sonreír a la niña, pero no era hombre de sonrisas.
- ¿Saldremos a cazar o a pescar?
- No, Ana y yo pasaremos el día juntos. Y volveremos cuando empiece a anochecer. ¿Hay leña en la casa?
- ¡Claro! Ya sabe que siempre tenemos la casa preparada para cuando ustedes gusten en visitarla.
- ¿Cómo estamos de caza?
- Parece que el año es bueno; ya le he echado el ojo a un par de machos con unas cornamentas que serán un gran trofeo.
- ¡Magnífica noticia! Por cierto, el niño se ha hecho al trabajo de la fábrica rápidamente y ya es uno de los mejores trabajadores que tengo. Puedes estar orgulloso de él.
- Es su obligación; si se desmanda, me avisa y bajo para meterlo en vereda.- Respondió Toribio.
- No será necesario, los buenos árboles dan la mejor leña. Los habéis criado muy bien.
- Voy a decirle a Engracia que vaya a su casa para encender la chimenea.
- Tranquilo. Me gusta hacerlo yo mismo y quiero enseñar a Anita.
La casa tenía dos plantas. El tejado era de pizarra y la fachada de piedra, con grandes muros que la mantenían resguardada del frío. Padre e hija se acercaron a la puerta, grande y pesada, de madera noble pero sin ningún tipo de adorno. Al abrirla y entrar en la penumbra, Nacho percibió el olor a madera vieja que tanto le gustaba. Abrió los portillos de las ventanas para que entrara el sol y se acercó a la chimenea seguido de Anita. Junto a la misma se encontraba algo de leña apilada y dividida por tamaños. Tomó varias piñas secas que introdujo en la chimenea.
- Se ponen lo primero porque prenden rápido y ayudan a encender los troncos más medianos.
Colocó con cuidado varios troncos finos sobre las piñas y a continuación, prendió dos de ellas con su mechero y con la ayuda de las pinzas de la chimenea. Lo que en un principio parecía sólo humo blanco, debido a la humedad, no tardó en convertirse en una llama que se hizo fuerte y de colores muy vivos.
- Ahora es el momento de colocar los troncos grandes, que son los que nos darán calor y se mantendrán varias horas.
Cogió dos troncos de buen grosor y los colocó de modo que el oxígeno corriera y así evitar ahogar el fuego, mientras se lo decía a Ana, que se quedó absorta en el modo en que la casa fría y oscura, con sólo encender la chimenea, ahora se había convertido en un hogar.

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