En el que comienza la historia del día en que nació Anita


La niña de ocho años se fundió en un enorme abrazo con su padre, quien comenzó a dar vueltas sobre sí mismo con su hija en brazos. A Anita le encantaba que hiciera eso; le hacía sentirse libre, notar sus piernas cortar el aire le producía una sensación parecida a volar, al mismo tiempo que se sentía protegida y segura agarrada con fuerza al cuello de su padre.

- ¡ Qué ganas tenía de abrazar a mi pequeño girasol! – Exclamó el señor de la casa.

- ¡Más papi, más! ¡Más rápido!

- ¡Tiempo muerto! Que me marearé y rodaremos los dos por el suelo.

Tras decirlo, comenzó a hacerse el mareado con aspavientos muy exagerados, y se dejó caer de golpe sobre la cama con Anita en brazos. Entonces, sus manos comenzaron a hacer cosquillas a la niña, que no dejaba de reír y dar gritos.

Virtudes, no dejaba de contemplar la entrañable escena mientras daba gracias a Dios por la buena fortuna de Anita. En el momento en que el señor se hizo el mareado, recordó momentos muy diferentes de su vida, en los que su padre llegaba a casa y hacía gestos parecidos a los del padre de Ana, pero de modo involuntario, si es que es involuntario pasar el día bebiendo de tasca en tasca, hasta que lo echaban de alguna por montar algún espectáculo de mal gusto.

- ¡Señor! – Se escuchó decir al mayordomo. – Ya está preparado lo que me ha pedido.

- ¡Gracias Oscar! ¡No sé qué sería de esta casa sin ti!

- ¿Ya te vas papi?

- Voy a salir un momento con Oscar, mientras Virtudes te ayuda a asearte y vestirte. Nos vemos en el comedor para desayunar juntos.

- ¡Espera un poco más! Quiero que me cuentes la historia de por qué me llamas tu pequeño girasol. – Pidió la niña.

- Pero si la has escuchado mil veces. Seguro que te la sabes de memoria.

- ¡Por favor!

- En otro momento.

- ¡Please papi! – Dijo sabedora de que cuando se lo pedía en inglés, el padre no podía negarle nada.

- ¡Está bien! ¿Recuerdas el día en que viniste al mundo?

Anita hizo un gesto con la mano para decir que se acordaba vagamente de aquel día; lo que hizo sonreír a los tres adultos.

- Sucedió en un día muy frío de enero; recuerdo haberme puesto los guantes y la bufanda para salir a la calle por la mañana. El cielo estaba cubierto por una inmensa nube blanca, que el abuelo me dijo que traía nieve.

En la puerta de la fábrica, nos esperaba un grupo de trabajadores que protestaba por los despidos que teníamos que hacer. Para ser competitivos tuvimos que comprar nuevas máquinas con las que hacer las cosas en menos tiempo y a menor precio; de lo contrario nos veríamos obligados a cerrar, y habrían sido muchas más personas las que se habrían quedado sin poder llevar un sueldo a casa. Nos gritaban como si fuésemos demonios y quisiéramos dejarlos a todos en la calla; como si fuésemos los culpables del progreso y de la competencia que suponían los tejidos llegados de Asia. Yo estaba muy triste y deprimido, pero el abuelo era inflexible y me decía una y otra vez, que un buen líder es el que toma las decisiones pensando en el bien general y no en el de cada individuo.

Hizo una pausa para reflexionar sobre la vigencia de los consejos de su padre, y soltó un suspiro antes de continuar.

- Al entrar en la fábrica, todos nos miraban con la cara asustada; conscientes de que, al igual que en los días anteriores, buena parte de la jornada la pasaríamos recibiendo a gente en el despacho para despedirlos; y así lo hicimos.

Yo no dejaba de mirar el teléfono, esperando de un momento a otro el aviso de que por fin habías decidido venir al mundo; hacía casi dos semanas que tu madre había salido de cuentas. Y tú, no sé si lo recuerdas, estaba muy a gustito dentro del vientre de tu madre, y no tenías ninguna prisa por salir al mundo.

El siguiente en entrar al despacho fue Pedro Herrero, uno de mis mejores trabajadores; al que conocía desde niño. Entró con la cabeza baja, pero no tardó en levantarla y en mirarme con una sonrisa; metió su mano en el bolsillo de la chaqueta y me dio un pequeño paquete; se trataba de un sonajero que había hecho él mismo. No pude sostenerle la mirada; mis ojos volvieron al papel que me indicaba que Pedro Herrera sería uno de los despedidos. Tu abuelo, que me conocía bien, escribió con lápiz: Pedro debe ser despedido, hazlo. Pero no podía, cuando era niño había jugado con él en al baloncesto en la puerta de la fábrica, usando como canasta un aro de hierro que había sido hecho para sujetar macetas en las ventanas. Miraba el sonajero y rompí las reglas y decidí que se quedaba entre nosotros.

Cuando salió, tu abuelo se puso muy furioso conmigo. Yo pensaba que lo había hecho bien; que algunas veces hay que romper las reglas establecidas para ser más humanitarios, pues los ordenadores sólo entienden de números, pero las personas somos mucho más que eso; y así se lo dije, muy seguro de mis palabras, ayudado por la euforia de saber que había salvado a mi amigo Pedro del despido.

Dada vez que discutíamos, el abuelo perdía la calma y nos gritábamos, pero es esa ocasión, muy calmado, sacó los papeles con la lista de empleados y me mostró que uno de los criterios que había seguido para hacer los despidos, era dejar fuera de los mismos a los padres de familia. Y al librar a mi amigo, había condenado a uno de ellos. Así tuve que despedir a José Calvente Ríos, jamás olvidaré su nombre; padre de tres hijos, el mayor de ellos con cinco años; un trabajador cumplidor e intachable. Aquello me destrozó e hizo que pensara en la niña que esperaba tener de un momento a otro. Salí del despecho y me llevé un caramelo a la boca para aliviar el sabor amargo que me había quedado.

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