Sobre la accidentada noche que pasó Virtudes


Virtudes, muy sorprendida, encontró ante sus ojos una enorme mano de niña, adornada con una pulsera hecha a mano con lana de varios colores, en la que el amarillo y el verde se mezclaban en una trenza de dimensiones inimaginables. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza; podía sentirlo como si quisiera salirse del pecho. Esperaba la visita furtiva de su amante desconocido, o tal vez a la cocinera o al mayordomo; pero ¿Una mano gigantesca? Jamás se le hubiera ocurrido encontrarse con semejante sorpresa.
La mano se apartó lentamente de la puerta, hasta la que se acercó una enorme cara. ¿Qué sucedía? Esos ojos, esa nariz, esa forma de caerle el cabello por la sien… ¡Se trataba de la cara de Anita!
La Anita de dimensiones gigantescas sonrió al ver a Virtudes; introdujo su dedo índice por la puerta y lo acercó al cuerpo de la joven criada, que asustada, permaneció inmóvil. La niña acarició a la joven sin dejar de sonreír. Lo hacía con cariño y mucho cuidado.
De repente, la expresión de la niña, antes de cariño, mutó en desconcierto y algo de enfado.
- ¡Has vuelto a mancharte! Tendré que llevarte a la lavadora. – Dijo Anita resignada.
Virtudes se miró en busca de la mancha y descubrió sorprendida, que toda su ropa de cintura para abajo, estaba empapada en sangre. Comenzó a notar el calor húmedo y la sensación de la ropa pegada a la piel a causa de la mancha. Anita metió su mano en el dormitorio a través de la puerta, pero no lograba introducirla del todo a causa de su enorme tamaño. Así que con los dedos pulgar e índice usados a modo de pinza, intentó prender a una Virtudes, que temblorosa, comenzó a retroceder para no ser atrapada por las enormes manos de la niña a la que cuidaba cada día.
- ¡No temas! Tengo que lavarte bien y echarte cremita. Si no lo hago tendrás escozor y no podrás moverte en todo el día. – Decía la niña ante la mirada aterrada de Virtudes.
Virtudes, retrocedió todo lo que pudo ante la mirada divertida de Anita, que comenzó a tomarse la caza como un juego. Los dedos, a pesar de su enorme tamaño, se movían con gran rapidez. La criada no sabía dónde esconderse; corría de un lado a otro; subía en la cama; saltaba hasta la lámpara, de la que se colgaba; se agazapaba tras la cómoda; pero la niña siempre daba con ella.
En uno de los intentos por zafarse de los dedos de Anita, Virtudes tropezó con el libro que acababa de leer, cayó al suelo y los enormes dedos la atraparon. “Para que luego digan que leer es bueno”, pensó la criada. Se sonrió por un leve instante, ante la ironía de terminar siendo apresada gracias al libro que narraba las desventuras de la cautiva de la Alhambra. Pero no tardó en mostrar su aspecto más pavoroso. Si en su estado natural era, siendo bondadoso, poco agraciada; ahora daba miedo al miedo. Su cara expresaba pánico y estaba algo descoyuntada. El hecho de colgar boca abajo no ayudaba a encontrar rastros de belleza humana en su rostro. Entre los movimientos convulsos de la joven en su intento por liberarse de los dedos que la tenían atrapada por la pierna derecha, y el miedo que transmitió a Anita la horripilante fealdad de Virtudes, ésta cayó al suelo.
Por una vez en la vida su fealdad la había ayudado en algo. Sintió el golpe de la caída; además del frío del suelo, notó algo bajo su cuerpo. Se encontraba desorientada; miró hacia arriba en busca de los dedos captores que la habían mantenido en el aire, pero habían desaparecido. Se incorporó y miró a la puerta; estaba cerrada. Bajo su cuerpo halló el libro que acababa de leer. Todo había sido una pesadilla. Entonces se percató de que se encontraba manchada de sangre. La menstruación se le había adelantado algo y había llegado muy copiosa en esta ocasión. No con los niveles del sueño, pero evidenciaba la necesidad de ir al cuarto de baño a darse una ducha para cambiarse de ropa.
Abrió el segundo cajón de la cómoda y sacó una compresa y unas braguitas de las más viejas que tenía, así como un pijama con el que vestirse tras el aseo.
Abrió la puerta, no sin cierto recelo, y salió al pasillo. Todo estaba oscuro y silencioso. Se dirigió con sigilo al cuarto de baño, encendió la luz y se metió en la bañera. A pesar de que estaba acostumbrada a ducharse con agua fría, no había tardado en acostumbrarse a la comodidad de darse una ducha calentita; así que abrió el grifo del que pronto salió un caño de agua caliente bajo el que se metió. Estaba muy confusa y necesitaba reflexionar. No sólo en el sueño, sino también en el mensaje del admirador. La asaltaban diversas preguntas: ¿Quién sería? ¿Por qué le habría mandado el mensaje? ¿Se trataría de un caballero? Por el modo de expresarse en el mensaje así se lo parecía, pero claro, cualquiera puede copiar unas palabras bonitas y hacerlas propias.
Así llegó hasta su memoria el momento en que se hizo con el libro de Brígida Gallego-Coin. Recordó que paseaba de la mano con Anita, y ésta dio un fuerte tirón al ver en el escaparate el último libro de Geronimo Stilton, de los que era una gran fan.
Entraron en la misma, y mientras la niña hojeaba el libro objeto de su deseo, ella, casi sin querer, escuchó la conversación entre dos hermanos. En la misma, la hermana le decía al hermano que el mejor regalo para el día de San Valentín que podría hacer a su novia, era el libro sobre Isabel de Solís, acompañado de una rosa roja y con una bonita dedicatoria en su interior. Le contó que ella misma y su novio se lo habían regalado, con la idea de que al leerlo, fueran dejando anotaciones en el mismo, del tipo: “en este pasaje me he acordado de ti” o “yo también echo de menos tus brazos rodeando mi cintura”. El caso es que la hermana convenció al hermano, y Virtudes, tan falta de amor y de cariño, se llevó el libro haciendo propia la ilusión de la novia que iba a recibirlo como regalo de su amado.
Ya en el mostrador de la entrada, se vio en el apuro de darse cuenta de que no tenía dinero suficiente para pagar los dos libros. El hijo del librero, que si no había pasado a Cristo en edad le faltaba poco, se mostró muy amable y le dijo que volviera otro día; pero si algo había aprendido Virtudes de su abuelo, era a no dejar nunca dinero a deber, mucho menos a un desconocido; así que dejó en prenda su teléfono, mientras cruzaba la calle con Anita para sacar dinero del cajero. A su regreso, el hijo del librero, muy tímido, hizo el intento de invitarla a la presentación de un libro que tendrían la semana siguiente, pero ella salió a prisa, pues llegaban tarde a las clases de inglés de la niña. Mientras caminaban las dos de la mano por la calle, Virtudes se dio cuenta de la invitación; la pobre estaba tan acostumbrada a que los hombres no la invitaran a salir, que ni se había percatado del interés del hombre de la librería.

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