En el que nuestra perrita comienza a llamarse Brisa



La joven, con una sonrisa en los labios provocada por la sensación de saberse objeto de la admiración del hijo del librero, cerró el grifo y se secó antes de vestirse. Salió del cuarto de baño y se dirigió a su dormitorio.
Al pasar junto a la habitación en la que había dejado a la camada, decidió entrar para echarles un vistazo y asegurarse de que se encontraban en buen estado. Abrió la puerta, no sin cierto recelo, y encontró en su interior a la pequeña Ana. Estaba sentada en el suelo junto a los cachorros. Sara, que había dado buena cuenta de la comida, ahora dormitaba mientras daba calor a su prole.
- Hola Ana ¿Me puedes decir qué haces a estas horas levantada?- Preguntó Virtudes en voz baja.
La niña no respondió ni dio señas de haber escuchado la pregunta, por lo que la criada volvió a preguntar con idéntico resultado. Se acercó más a ella. La niña se mecía de modo casi imperceptible mientras tarareaba una nana:
“Ea, mi niña ea.
Mamá te cuida,
jamás te deja”
La repetía una y otra vez, de forma incesante y sin dejar de mecerse al ritmo de la canción. La criada se arrodilló junto a la niña y la abrazó.
- Anita, guapa, ahora te voy a acompañar a tu cama. Mañana será otro día y tendrás que ayudar a Sara a cuidar de los cachorros. No temas por ellos, Sara no los perderá de vista y yo duermo aquí al lado.
La ayudó a levantarse y acarició su espalda. Hasta ahora no se había dado cuenta del extraño camisón que llevaba la niña. Anita usaba habitualmente pijamas; su favorito era uno de color rosa con un winnie de pooh sonriente. Sin embargo ahora vestía un enorme camisón blanco.
Ana, hizo ademán de acostarse en la cama de aquel frío dormitorio, así que Virtudes tuvo que empujarla para salir del mismo y llevarla a su cama. Hacía mucho frío y la niña estaba helada, así que volvió a abrazarla con fuerza para darle calor. Juntas salieron del hasta hace pocas horas cerrado y misterioso dormitorio y se dirigieron hacia las escaleras. Fue entonces cuando Virtudes sintió una brisa helada que llegaba desde dentro de la habitación, al mismo tiempo que los gemidos de Sara; una de las perritas había salido tras ellas y se encaminaba hacia el otro lado del pasillo. La joven al verla alejarse fue a por ella; la recogió del suelo y al darse la vuelta, vio sorprendida y algo alarmada que la señorita Ana había desaparecido.
- Ya tengo el nombre perfecto para ti, te llamaremos Brisa. - Le dijo mientras la dejaba junto a Sara y el resto de sus hermanos.
Salió rápidamente en busca de Anita. No estaba en el pasillo; llegó hasta la escalera y las encontró desierta y a oscuras; las bajó tan a prisa como le permitieron sus piernas. “Sí que había corrido Anita” pensó Virtudes. La buscó con la mirada en el pasillo de la segunda planta sin éxito alguno, así que fue hasta el dormitorio de la princesita de la casa. Abrió la puerta son sigilo y allí la encontró tumbada de medio lado y durmiendo plácidamente. Se acercó a ella para arroparla mejor y volvió a quedarse helada: Ana llevaba puesto su pijama rosa de winnie de pooh.
Arrodillada rezó un Padre nuestro y un Ave María; se puso en pie y se persignó tres veces y dijo en voz alta:
- Niño Jesús, Niño Jesús, cuida de esta cría y haz que que no le pase nada. En ti confío.
Volvió a persignarse, y tras besar la frente de Anita, salió de la habitación. Subió las escaleras con un gran temblor de piernas. Al llegar a la tercera planta, volvió a sentir esa brisa helada que fue en aumento conforme se acercaba a la habitación que ocupaban Sara y sus cachorros. Con las prisas por ir en busca de Anita, se había dejado la puerta abierta. Entró en su interior y contó a los cachorros para asegurarse de que Brisa, o alguno de sus hermanos, no hubieran vuelto a salir. Sentía miedo y escalofríos; aquella habitación tenía algo extraño que la asustaba. Se acercó a la ventana para asegurarse de que estaba bien cerrada; no era normal el frío que había allí dentro. Sentía esa extraña presión en la nuca; algo o alguien la observaba fijamente. Se giró rápidamente pero no vio nada. Le pareció escuchar unas risitas bajo la cama, pero no se atrevió a mirar; era demasiado para una noche.
Sin duda, la pérdida de sangre le había afectado y había provocado en ella esas alucinaciones. Decidió volver a la cama. No quería mirar bajo la cama, ni quería volver la vista a la habitación, pero no pudo evitarlo; giró la cabeza y se encontró con la mirada de la niña del cuadro, la que tanto se parecía a Anita. Ahora parecía algo cambiada; parecía mirarla a ella con una expresión divertida, con la expresión de la niña que sabe que acaba de hacer una broma y que no la han pillado aún.
Virtudes corrió hacia su cama, protegió su cabeza con las mantas e intentó quedarse dormida con la esperanza de que pronto se haría de día.

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