El regreso del señor de la casa


Como sucedía cada amanecer, Carlos Herrera la despertó de sus sueños con una carga de caballería, mientras clamaba en voz alta para despertar a los camastrones que aún permanecen despiertos a las siete de la mañana. – “¡Arriba camastrones! ¡La hora del almuerzo os pillará en la cama!”-. Se levantó y fue a asearse antes de bajar a desayunar. Al llegar a la cocina, se encontró con Angelines, que ya esperaba junto a Oscar, que la cafetera terminara de hacer el primer café de la mañana.
- ¡Buenos días! – Saludó la joven.
- ¡Buenos días Virtudes! Has llegado justo a tiempo de ayudarme a preparar las tostadas. Hoy no tenemos prisa, la señora aún duerme y hoy le toca ir a nadar; de modo que se irá sin desayunar.
Virtudes se dirigió directa al frigorífico y sacó un tomate; lo lavó bajo el grifo y lo dejó en un plato mientras sacaba un pequeño cazo, que tras llenar de agua puso a calentar en la hornilla. Una vez comenzó a hervir el agua, metió el tomate, que dejó medio minuto en su interior antes de sacarlo para así quitarle la piel con más facilidad. Después lo metió en el vaso de la trituradora y tras un par de golpes con el aparato eléctrico, vertió el contenido en un cuenco de barro antes de situarlo en la mesa junto al salero y la aceitera. De la despensa, sacó el pan asentado del día anterior y lo cortó en rebanadas con el cuchillo de sierra; las fue metiendo en la tostadora hasta que todas quedaron perfectamente hechas, sin olvidar dejar algunas más tostadas de lo normal, pues a Angelines, le gustaban crujientes y con ese sabor que adquieren justo antes de comenzar a quemarse.
Oscar bendijo la mesa e invitó a las féminas a servirse el desayuno. Al poco de estar comiendo, el olor a café recién hecho los avisó de que la cafetera estaba a punto de poder ser retirada del fuego.
- ¿Has escuchado algo esta noche? – Preguntó Oscar.
Virtudes, aprovechó que tenía en ese momento la boca llena para hacerse la sorda. Así que el mayordomo insistió:
- Me pareció escuchar ruidos de carreras por los pasillos.
- Yo no me he enterado de nada. Ya sabéis que por las noches me pongo la redecilla en el pelo y los tapones en los oídos para poder dormir sin escuchar tus ronquidos de fumador de puros. - Dijo burlona Angelines.
- ¿Tú no escuchaste nada? – Preguntó Oscar a la joven.
Virtudes, se dio cuenta de que no podía evitar de nuevo responder a la pregunta del mayordomo. Pensaba que la tomarían por una loca si contaba lo sucedido la noche anterior, así que decidió contar sólo parte de la verdad.
- Anoche me desperté toda empapada de sangre y fui al cuarto de baño a lavarme los bajos.
El pulquérrimo mayordomo, miró el color de su tostada de tomate y la dejó en el plato con lentitud, antes de levantarse de la mesa y salir de la cocina.
- ¿Se encuentra mal don Oscar? – Preguntó la tan inocente como bruta de Virtudes.
- Me temo que los efectos de tu brusquedad son mayores que su gran apetito.
- Lo siento, yo…
- Bastaba con que le hubieras dicho que tuviste necesidad de ir al baño; no hay que dar tantos detalles. En caso de que quiera saber más, tan sólo le tienes que decir que son cosas de mujeres, y él lo entenderá a la perfección.
- Perdone, es que en mi pueblo no nos andábamos con tantos remilgos; allí llamábamos al pan, pan y al vino, vino. Yo intento ser menos bruta y cambio algunas palabras.
- ¿Cómo llamabais a la regla en tu casa? – Preguntó Angelines, conocedora de que ese tipo de preguntas, solían tener respuestas que le resultaban divertidas.
- Pues depende: una de mis primas decía que estaba en la época de las bragas viejas; mi amiga Consuelito, decía que estaba en la época de la sangre encebollá; y mi madre decía que había explotado la sandía.
Angelines estalló en carcajadas mientras pensaba que demasiado fina había salido Virtudes tras haberse criado en ese ambiente. Cuando recuperó el aliento, preguntó:
- ¿Cómo lo llamaban las señoritas del pueblo?
- ¿Esas finolis? ¡Ni hablan del tema!
- Porque es lo que se debe hacer. A ver si poco a poco, conseguimos lijar la piedra bruta que eres.
- ¡Mejor con cincel y martillo! Que es mucho lo que hay que desbastar a la niña. – Dijo el mayordomo tras volver a la cocina.
Las dos mujeres recogieron la mesa mientras Oscar encendía el primer puro del día. Ya era hora de empezar a hacer cosas en la casa. Tras dejar la cocina lista para que Angelines comenzara a preparar el almuerzo, Virtudes fue a despertar a la señorita Ana.
Comprobó que la puerta del dormitorio seguía bien cerrada, la abrió y entró en el mismo. La niña se encontraba en la misma postura en que la dejó la noche anterior; acarició su sien y susurró su nombre. A pesar de ser tan brusca, Virtudes era muy sensible a la hora de tratar con la niña, y no le gustaba despertarla de golpe; siempre lo hacía poco a poco para no sobresaltarla. Ya estaba a punto de abrir los ojos; casi despierta.
- ¿Cómo está la niña más guapa del mundo?
Anita, salió de un salto de la cama y saltó sobre los brazos de su padre.

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