Pongamos nombre a los cachorros


Tras dejar el teléfono sobre la mesita de noche, Anita apagó la lámpara, cuya pantalla estaba adornada con motivos infantiles, y se quedó con la vista fija en el techo, tal y como solía hacer para repasar los acontecimientos del día.
Se sentía muy feliz; había asistido al despertar a la vida de unos preciosos cachorros a los cuales adoraba desde el mismo momento de su nacimiento; la ternura con que se acurrucaban los unos en los otros; esa piel que les sobraba y que les hacía parecer osos de peluche animados; el beso que le había dado a uno de ellos. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que debería ponerles nombre: el mayor y más glotón de todos se llamaría Bob, en homenaje a uno de sus personajes de dibujos animados favoritos; para el segundo no tenía duda alguna, sería Gerónimo, como el intrépido ratón sobre el que tanto había leído; el tercero, que era el más pequeñito de todos, se llamaría a partir de ahora Bolt.
La niña sonrió satisfecha hasta que comenzó a pensar en los nombres de las dos hermanas que restaban; uno de ellos lo tenía claro, pues siempre le había gustado, se llamaría Luna, en honor a esa amiga nocturna a la que en ocasiones preguntaba en voz baja: “¿Dónde está ahora mi papá? ¿Mamá me quiere?...”
Para el nombre de la segunda perrita, el de nuestra protagonista, tenía dudas, pues había varios que le gustaban y era complicado decidirse; por una parte le encantaba Blanca, que hacía referencia a su bonito color de pelo, pero tenía el inconveniente de que así se llamaba la gata persa de su amiga Celeste, y ésta podía enfadarse por haber copiado el nombre; por otro lado, pensó en llamarla Duna, no sabía muy bien por dónde la había llegado ese nombre a la cabeza, pero sonaba bien, aunque no terminaba de convencerla ya que quería que el nombre de sus ahijados tuviera algún significado.
Cansada, bostezó y se giró en la cama hasta colocarse de medio lado y cerrar los ojos.
En la tercera planta, Virtudes leía con atención el libro que le habían regalado Oscar y Angelines para su cumpleaños; en él se narraba la historia de amor surgida entre el sultán de la Alhambra y una esclava católica de noble cuna; entre Mulay Hacen y Isabel de Solís; una historia de cuento de las mil y una noches que tuvo lugar en Granada y que además de conectar con su lado más romántico, despertó en ella unas tremendas ganas de visitar la ciudad andaluza; su vega, lugar en que fue recluida por vez primera tras ser secuestrada el mismo día de su boda; las calles del Albaycin, descritas de modo magistral y tan llenas de vida; las costa granadina; contemplar el pico más alto de Sierra Nevada, el Mulhacen, lugar donde descansan los restos del amado Sultán, padre de Boabdil el Chico, último rey moro de Granada. Tanto le había atrapado la lectura, que en pocos días se encontraba en las páginas finales de la misma y con la sensación de no querer que acabase, cuando escuchó el sonido de su teléfono que la avisaba de la recepción de un nuevo sms. Se apresuró en verlo y le llamó la atención ver que había sido enviado con un número oculto; lo abrió y se encontró el siguiente texto:
“Quisiera ser el guardián de tu alcoba en las frías noches de invierno para velarte y soñarte el resto de nuestros días”
¿Quién podría haberlo enviado? El chofer del señor estaba descartado; tan sólo le había enviado un sms en una ocasión y fue para preguntarle si ya habían repuesto las existencias de salchichón en la casa y en el que lo más poético que escribió fue un leve y sintético “tqm”. No se le ocurría quién podría ser ese amante furtivo que se escondía bajo el manto de la tecnología. Desde que había llegado a la ciudad no había visto hombre alguno, y de los que recordaba del pueblo, dudaba mucho que supieran escribir algo tan bonito. Apretó el teléfono contra su pecho en un intento absurdo de sentir a la persona que lo había enviado; incluso se colocó la melena como si su admirador la estuviera viendo. ¿Sería posible que la pobre y desaliñada Virtudes fuese objeto de amor de un hombre sensible y respetuoso? Se preguntaba ella misma. No se trataría del Sultán de una de las ciudades más bellas del mundo, pero en aquellos instantes se sintió como Isabel de Solís, Soraya, la bella cautiva de la Alhambra. Vinieron a su mente las palabras de su madre sobre los hombres, siempre negativas, para intentar bajar de la nube en que el sms la había llevado a lo más alto del cielo: “Virtudes, no seas ingenua, si un hombre te quiere no será por esa cara fea y asimétrica que has heredado de tu abuela, será por ese buen par de tetas que has sacado de mí, y sólo te querrá para abrirte de piernas y pasar un buen rato contigo. Si te enamoras lo único que conseguirás es que tu coño se convierta en una cochiquera en la que todas las noches se revolcará, con permiso o sin él, el mismo cerdo”.
Sumida en sus pensamientos estaba la joven y poco agraciada criada, cuando sin escucharse pasos ni sonido alguno que la advirtieran, unos nudillos golpearon la puerta de su dormitorio tres veces. Su primera reacción fue taparse la cabeza con la ropa de la cama, para poco a poco, destapar su cara y mirar a la puerta con atención.
- ¡Señor Oscar! ¿Es usted?
Pero nadie respondió. Estaba asustada ¿Acaso sería el anciano mayordomo el que le había enviado el mensaje? Era rancio para todo y usar una palabra como alcoba… Inmediatamente se persignó para pedir que no se tratase de él, pues si así fuera inmediatamente renunciaría a su puesto de trabajo en la casa para no hacer daño a Angelines, quien tan cariñosamente la trataba.
Se armó de valor y tras volver a preguntar quién se hallaba tras la puerta, se acercó a la misma y la abrió de golpe.

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