Donde se relata cómo Virtudes se desahoga con Sara y una terrible confusión


Virtudes salió de la habitación sin mirar hacia atrás y bajó las escaleras para llegar a la habitación de Sara; allí cogió las vasijas donde la perra tenía la comida y el agua y tras llenarlas, las subió a la habitación de la tercera planta.
Sara se encontraba en la esquina opuesta al lugar que ocupaba el armario que de forma tan misteriosa se había quedado mirando y había colocado a los cachorros entre su propio cuerpo y la pared para mantenerlos a salvo de aquello que la inquietaba. Al ver a Virtudes con la comida y el agua comenzó a mover su cola.
- ¡Sara, coge fuerzas que estos diablillos te van a exprimir! Eres afortunada de tenerlos; a este paso yo me quedo para vestir santos. ¡Ya ves! El chofer del señor me mira y yo le devuelvo las miradas. Siempre que viene le saco algo para picar; no imaginas como le gusta el salchichón. Pero no me invita a salir; salvo aquella vez en que me llevó al cine a ver una de guerra en la que había más casquería que en el matadero del pueblo. ¡A ver cómo se pone una romántica mientras a un chiquillo le revientan la pierna con una granada que deja un churretazo de sangre en la pantalla! Y cuando salimos del cine no me llevó a bailar o a un sitio bonito ¡No! ¡Habría sido demasiado bonito para la hija de mi madre! A ver si lo adivinas
Sara fijó su mirada profunda con cierto aire nostálgico en Virtudes antes de seguir comiendo el pienso.
- ¡Imposible que lo adivines! Y no porque seas una perra, sin ánimo de ofender; me llevó a una hamburguesería de esas que se anuncian en la tele y me obligó a comer tres hamburguesas enanas mientras él se zampó cinco. “Es que esta semana regalan muñequitos de la Guerra de las Galaxias con el menú infantil” – Dijo el cenutrio.
¡No sé si los hombres son tontos o se lo hacen! Me puse bien guapa con ese top negro ajustado y con escote. ¡Y sé que le gustó! Porque no había forma de que el muy salido me mirara a la cara. Yo pensaba que al ir al aparcamiento me abrazaría e intentaría besarme; ya estaba hasta preparada para rechazarlo una vez y que no piense que soy una chica fácil. ¡Pero no! Nos acercamos al coche mientras miraba los muñequitos que le habían tocado y me explicaba cómo se llamaban y de qué planeta provenía cada uno. ¿Te lo puedes creer? ¡Como si a mí me importara dónde nació un bicho larguirucho y orejón con los ojos saltones!
¡Si ya lo decía mi madre! “Virtudes, no te busques a uno listo, que no los hay; confórmate con que sea bueno y cariñoso contigo.” Y la cosa es que el cenutrio es bueno, al menos mientras no dejo de cortas rodajas de salchichón. Como un día me pille el señor Oscar me va a liar una buena con toda la razón del mundo…
Mientras Virtudes no dejaba de hablar y hablar, Sara terminó de comer y se recostó para alimentar a sus perritos. Nuestra protagonista, al igual que sus hermanos, se lanzó sobre las dos tetas más gordas y llenas de leche sin mucha fortuna, pues fue desplazada por el más grande de la camada y tuvo que conformarse con una más normalita; la vida empezaba a enseñarle que cada cual tiene su sitio. Se agarró con fuerza a la ubre y comenzó a mamar. Pronto los cachorros se calmaron y cerraron los ojos sin dejar de ingerir la leche de Sara.
Quedaba claro que los continuos monólogos dialogados de Virtudes, se iban a convertir para la camada en uno de esos ruidos algo molestos a los que todos nos acostumbramos a la fuerza.
Un teléfono móvil de color rosa y con pegatinas de princesas en la parte trasera comenzó a sonar.
- ¡Hola papi! – Dijo Anita tras aceptar la llamada.
- ¿Cómo está mi niña favorita?
- ¡Muy contenta! ¡Ha sido un día fenomenal! Pero no te puedo decir nada porque he prometido guardar el secreto.
- ¿Un secreto? Anita, con papá no puedes tener secretos; me lo tienes que contar todo.
- Lo he prometido. No te preocupes que no es nada malo. Para que no te enfades te daré una pista: hoy hemos tenido una visita que se va a quedar mucho tiempo.
- ¿Una visita? ¡Ya sé de quién se trata! ¡Es tu tío Ramón!
- Frío, frío.
- ¿Es hombre o mujer? – Preguntó con la mosca detrás de la oreja.
- Esa pregunta no vale; tiene que ser de sí o no. – Dijo Anita feliz al ver la atención que ponía su padre al juego de las adivinanzas.
- Vale. ¿Es una mujer?
- No. – Respondió la niña cada vez más divertida.
- ¿Es alguien de la familia?
- Para mí sí. – Dijo antes de reír.
- ¿Cómo que para ti sí? ¿Qué significa eso? – Dijo el padre que intentaba disimular su indignación y que comenzó a rascarse la cabeza en busca de alguna protuberancia propia del sector caprino.
- No te inquietes; es una adivinanza muy difícil de resolver.
- Dame una pista más.
- ¡Está bien! Me he acercado al sitio donde dormía y le he dado un beso en la boca.- Dijo Anita inocente.
- ¿Lo has besado?
- Bueno, no sé muy bien si es chico o chica.
- ¿Cómo? ¿Pero qué clase de degeneración hay en mi casa? ¡Te prohíbo que vuelvas a darle otro beso!
- No te preocupes papi, Virtudes me ha explicado que en su pueblo eso lo hace todo el mundo pero que yo no puedo hacerlo porque esos ani… esas visitas – corrigió Anita – pueden contagiarnos enfermedades a los de la ciudad.
- ¡Dios mío! Es culpa mía por irme tanto tiempo y por…todo. Mañana mismo vuelvo a casa, pero no le digas nada a nadie; quiero que sea una sorpresa. ¡Adiós! – Dijo encolerizado.
- Papi ¿No me darás el beso de buenas noches? – Preguntó la niña.
- Claro que sí cielo; un beso enorme para la mujer más importante de mi vida. – Dijo antes de cortar la llamada.

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