Un beso de los de verdad


Tras despedirse de su madre, Anita salió del comedor hasta su dormitorio a toda prisa; cogió la primera muñeca que le regaló su padre, que era su preferida y se sentó en la cama.

- Pili,- dijo al trozo de plástico con forma humana,- me parece que papá ha hecho de nuevo algo que ha enfadado a mamá. Estoy asustada porque siempre las paga conmigo y no se da cuenta de que yo quiero que papá esté siempre con nosotras. Creo que le da envidia de que me quiera a mí más que a ella. Ahora voy a presentarte a los perritos de Sara; son muy bonitos, parecen ositos de peluche. ¡No te asustes! Yo les diré que eres mi amiga y que no te hagan daño. ¡Vamos!

La niña de siete años se puso en pie de un salto y corrió hasta la habitación donde se encontraba la camada; miró a su muñeca Pili y le hizo un gesto para que guardara silencio, tal y como lo había hecho un rato antes Virtudes con ella.

- Tenemos que estar en silencio porque son muy pequeñitos y necesitan dormir con su mamá.

Ante la mirada serena de Sara, se sentó junto a la camada. Le gustaba observar a esos animalitos indefensos que la hacían sentirse grande y responsable.

La protagonista de nuestra historia se sentía cómoda y muy reconfortada con el contacto con sus hermanos y su madre. Al abrir Anita la puerta para entrar en la habitación, percibió una ligera corriente de aire más fresco que la despertó de sus sueños; entornó sus ojos y se encontró con la imagen de una niña sentada junto a ellos en total silencio. Levantó la cabeza para verla mejor, pues su cara y su sonrisa le resultaron muy agradables. Entonces sintió una sensación muy intensa cuando Anita acarició su lomo y la cogió; la miró a los ojos y le dio un beso en el hocico.

- ¡Señorita Ana! – Gritó Virtudes que las sorprendió.

Anita soltó de inmediato a nuestra protagonista y se puso en pie en espera de una larga charla sobre lo que se debe y lo que no se debe hacer.

- Esta vez no te regañaré mucho, pero me tiene que prometer que no volverá a besar a los cachorros.

- ¿Por qué?

- ¡Pues porque puedes coger muchas enfermedades! No soy muy entendida, en el pueblo besábamos a los gatos y a los perros y no nos pasaba nada, pero los de ciudad sois más debiluchos y enfermáis si lo hacéis.

- Es que me miraba con mucho cariño. Creo que sabe que soy su madrina. – Dijo con una amplia sonrisa que siempre la disculpaba ante las personas mayores.

- Me los tengo que llevar a un lugar más seguro; tu madre podría aparecer por aquí de un momento a otro y es mejor que no los vea.

- ¿Dónde los llevarás? Tengo que saberlo para poder cuidarlos.

- A la tercera planta.

- ¿A tu dormitorio? ¡Qué morro tienes! – Exclamó la niña.

- No es a mi dormitorio, es a la habitación de al lado.

- ¿A la que siempre está cerrada?

- ¡Sí, a ésa!

- Pero está prohibido entrar ahí y mi mamá no quiere ni que suba a la tercera planta ¿Cómo podré cuidarlos?

- Yo los bajaré para que los cuides cuando tu madre no esté en casa o esté ocupada en otra cosa; no olvides que es un secreto. – Dijo Virtudes muy seria.

Anita se abrazó a la criada con tanta fuerza que ambas cayeron de espaldas al suelo y empezaron a reír.

- ¿Qué bicho te ha picado chiquilla?

- Que eres muy buena conmigo y con los cachorros de Sara. Cuando tengas niños yo te ayudaré a cuidarlos; serás una madre muy guay.

- ¡Para eso queda mucho! Primero habrá que encontrar a un hombre bueno que me quiera de verdad.

- ¿Cómo mi papá a mi mamá?

- ¡Dios no lo quiera! – Pensó la criada. – Más bien como Angelines a Oscar.

- ¡Claro! Eso es porque también eres del servicio ¿Verdad?

- Eso mismo. ¡Venga! Despídete de Sara y de sus cachorros que me los llevo para arriba.

Virtudes metió a los cinco perritos en una caja de madera sobre la que había puesto una mantita y salió de la habitación seguida de cerca por Sara. Subió los treinta y cinco escalones que la separaban de la tercera planta y se dirigió a la puerta de la habitación misteriosa. Sacó la llave que le había dado Oscar; se persignó y tocó la madera de la puerta antes de meterla en la cerradura. Sara y los perritos no dejaban de gemir inquietos. Cuando abrió la puerta, la luz iluminó una estancia que hacía muchos años que no veía la claridad del sol. Fue hasta la ventana y la abrió de par en par para espantar el olor a cerrado. Se dio la vuelta, y se quedó petrificada al ver el interior de la habitación. Se trataba de un dormitorio idéntico al de Ana, con la diferencia de que sobre el cabecero de la cama, justo bajo un crucifijo de plata con incrustaciones, había un retrato de una niña que si no era la misma que acababa de abrazarla, guardaba un parecido escalofriante.

Virtudes volvió a persignarse antes de ir a por los perritos ante las protestas de Sara, que miraba muy fija al lugar donde se encontraba el armario.

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