La solución de Virtudes


Tras retirar la mesa, Virtudes, Oscar y Angelines se sentaron a comer en la cocina. Como era costumbre, Angelines dio gracias a Dios por los alimentos que iban a disfrutar; los tres se persignaron y cogieron la cuchara para dar buena cuenta del plato de sopa que los llamaba con su aroma.

- Virtudes, ahora es un buen momento para que me cuentes lo que tienes planeado. – Dijo sereno Oscar.

- ¿Yo? ¿Algo planeado?

- No te hagas la ingenua; ya soy mayorcito como para saber que cuando una mujer pone carita de ángel es que alguna idea ronda por su cabeza. – Dijo el anciano con una mirada cómplice en su esposa.

- ¡Habla sin miedo hija! – Dijo Angelines.

- ¡Está bien! Pero no se enfaden conmigo. Me dan mucha pena esos cachorritos; me recuerdan a mis hermanos y a mí cuando éramos pequeños. Cuando mi padre nos abandonó nos quedamos sin nada que echarnos a la boca.

- ¡Ya! Se nota por el modo en que miras la comida cada día. – Apostilló el anciano con una leve sonrisa para quitar tensión.

- ¡Viejo tonto! No entiendo cómo puedes ser tan insensible; la chica nos cuenta una parte importante de su vida y tú te lo tomas a broma. – Dijo Angelines indignada.

- Tan sólo quería evitar que se pusiera a llorar. Yo… lo siento.

- No se preocupen; en realidad es algo que pensaba que tenía superado, pero al verlos tan indefensos…

- ¡Al grano muchacha! – Exclamó el mayordomo impaciente ante el plato de sopa, que golpeó suavemente con la cuchara para que Virtudes viera que estaba vacío y que tenía ganas de repetir.

- ¡Qué impaciente se pone usted con esto de la comida! ¡Un día nos va a dar un disgusto! ¡Mire! Que yo no es por mentar la soga en casa del ahorcado, pero un vecino de mi tía Gumi…

- ¡Que me llenes el plato! ¡A ver cuando te vas a enterar de que me importa un pimiento tu tía, los vecinos de tu tía y si en su casa tiene ratones o cucarachas! – Gritó Oscar en tono exacerbado por la falta de sopa, la sangre gorda y la infinita verborrea de Virtudes.

Las dos mujeres quedaron en silencio y Virtudes llenó el plato de sopa hasta el filo, pero un gesto de Angelines la hizo recapacitar; metió el cucharón de madera en el plato para no servirlo lleno hasta el filo: “Un plato servido hasta arriba es impropio de una casa fina y elegante”, recordó las palabras de Oscar.

- Ahora que está tranquilo, dinos qué has pensado hacer con la camada.- Dijo la cocinera. Dijo la cocinera mientras sacaba del horno un trozo de cinta de lomo mechada, que había preparado con manteca de cerdo, tomillo, romero y unos dientes de ajo.

- Hay un sitio en esta casa que jamás pisan los señores, - hizo una pausa para ver la cara de los dos ancianos que parecían no entender adónde quería llegar, - se trata de la habitación de la tercera planta; esa en la que no entra nadie; sería perfecta para meter a los perritos sin que ni la señora ni el señor se percataran.

- ¿Estás loca? – Dijeron ambos al unísono.

- Eso mismo me decía mi madre cada vez que se me ocurría una idea.

- ¡Y no le faltaba razón! Esa habitación lleva nueve años sellada; ni yo entro en ella. – Dijo Oscar.

- Razón de más para darle un buen uso. En el tiempo que llevo aquí, sólo he llegado hasta la puerta para barrer las escaleras y esos cachorrillos necesitan un refugio.

- ¡Es imposible! – Gritó el viejo mayordomo.

- Yo no lo veo tan difícil. – Protestó Virtudes.

La pareja de sirvientes se miró muy seria; por alguna razón que la joven desconocía, hablar sobre aquella habitación de la tercera planta era tabú. Virtudes recordó que cuando llevaba unos días en la casa, giró el pomo de la puerta para entrar en la habitación a limpiar, pero no pudo hacerlo porque estaba cerrada con llave. Acudió a pedirle la llave al mayordomo y éste, con la cara desencajada, le dijo que jamás se le ocurriera entrar en esa habitación; que se olvidara de su existencia y que por supuesto, no se la mencionara a la señora. Desde aquel día, cada vez que pasó junto a la puerta de la habitación, permaneció unos segundos en silencio, en un intento por averiguar qué habría en su interior; tal vez esperando escuchar algo o percibir algún movimiento, pero nunca notó nada extraño.

- Como te ha dicho Oscar, nadie ha entrado en la habitación de Ana desde hace años. – Dijo la cocinera mientras sacaba unas naranjas de postre y Oscar comenzaba el ritual de encender su puro.

- Si la habitación es de Ana… - Comenzó a decir la criada antes de ser interrumpida por la cocinera.

- ¡Mujeres! ¡No sabéis mantener un secreto! Siempre os falta tiempo para que soltarlo a la primera ¡Está bien! Lleva a los perritos a la habitación de la tercera planta.

El viejo mayordomo, tras dar una buena calada al puro que acababa de encender, caminó achacoso hasta un armarito donde se guardaban todas las llaves de la casa desde antes de que él llegara. Lo abrió con cuidado, casi con miedo a que las bisagras terminaran por ceder y se rompiera. Buscó en el interior y sacó de su interior la llave más nueva.

- ¡Cuida de que no te vean la señora ni la señorita Ana! – Advirtió con mucha seriedad al hacer entrega de la llave.

- ¡Si es su dormitorio! ¿Cómo no voy a decírselo? – Protestó Virtudes.

- No es su dormitorio; la señorita Ana jamás ha de saber de la existencia de lo que hay en el interior de la habitación de la tercera planta.

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