Ternura e incertidumbre


Virtudes se quitó el delantal; se ajustó la cofia y salió de la cocina seguida del mayordomo. Cuando llegó a la habitación, vio a Anita acariciando con mimo a su amiga Sara, la única que en esa casa de locos la trataba como a una persona normal, sin hacer distinciones por ser la hija de los dueños. Virtudes se puso nerviosa al ver a Anita y se paró de golpe bajo el dintel de la puerta sin atreverse a entrar. Oscar, de un empujón para hacerla entrar, hizo que reaccionara. Abrió el pequeño armario y sacó una manta vieja de color rosa que colocó en el suelo junto a Sara. Anita hizo ademán de levantarse para no molestar.

- Puedes quedarte; lo haces muy bien. – Dijo Virtudes.

- ¿De verdad?

- Sí, Sara está nerviosa; va a ser madre y es la primera vez que le pasa. Además le duele mucho, por eso es bueno que tú la tranquilices con tus caricias. También puedes hablarle con voz muy suave para que se sienta bien.

La niña sonrió y comenzó a contarle a Sara un cuento en el que las dos vivían una aventura tras escaparse de la casa. Las dos se enamoraban y terminaban juntas en un gran castillo. La perra miraba a Anita con agradecimiento, reconfortada por su voz y sus mimos.

- ¿Queda mucho? – Preguntó Oscar impaciente.

- Tarda lo que tarda; no hay que meter prisa a la naturaleza.

- Como veo que tenéis controlada la situación, voy a llevarle una tila a la señora.

- Mejor si le llevas un gintonic.

- ¡Tú a lo tuyo!

Al poco de marcharse Oscar, Sara apretó los ojos por el dolor y Anita se dio cuenta de ello y la acarició aún con más ternura.

- Tranquila, mamá está contigo; mamá te cuida y no dejará que te pase nada malo. – Le susurró la niña al oído.

Virtudes no pudo evitar emocionarse al ver como actuaba Anita al mismo tiempo que se preguntaba si alguna vez su madre, siempre tan distante le habría dicho algo así o si como era de esperar, eran las palabras que siempre quiso escuchar la niña de boca de su madre.

- ¡Ya viene el primero! ¡Vamos chica lo haces muy bien! Pronto habremos terminado. – Exclamó Virtudes.

Un cachorrillo húmedo y envuelto en su bolsa salió del útero de Sara, que no tardó en empezar a lamerlo hasta dejarlo limpio y liberarlo de la bolsa que lo cubría. Anita abrazó a su Sara y después a Virtudes, que no terminaba de reconocer en ella a la odiosa niña que había conocido hasta ahora. Así salieron hasta cinco preciosos cachorros; tres machos y dos hembras. Sara estaba exhausta por el esfuerzo y se quedó dormida mientras sus vástagos mamaban con ganas y empezaban a disputarse la mejor teta.

- Vamos señorita, es hora de comer y Sara necesita que la dejemos descansar tranquilamente con sus cachorritos.

- ¿Pero no le harán daño? La están mordiendo.

- No, están mamando. Para eso sirven las tetillas. ¿Ves que las tiene mucho más grandes?

- Sí.- Respondió la niña cada vez más interesada en las palabras de Virtudes.

- Es porque están cargadas de leche para darle de comer a sus cachorros; así se harán grandes y fuertes.

- ¿Por qué no son todos iguales que Sara? Me encanta su color de pelo, pero sólo dos de los cachorritos lo tienen igual.

- No entiendo mucho de esta raza, pero creo que eso es normal. – Respondió Virtudes disimulando cierta preocupación.

La joven sirviente de la casa de los Berenguer era consciente de que si los cachorritos de Sara eran fruto de alguna relación tenida con un perro callejero, los dueños de la casa entrarían en cólera y sus consecuencias podrían ser terribles para los inocentes recién nacidos e incluso para la madre. Los miraba con ternura y un atisbo de miedo al mismo tiempo que veía la mirada de Ana; más dulce de lo que jamás habría imaginado, con la esperanza de que sus padres fuesen capaces de ver el cambio que esos cachorros habían despertado en el carácter de su mimada hija. Criada y niña pasaron más de media hora en silencio; absortas en los movimientos de los cachorros y en como interactuaban entre ellos; la escena era plácida y de una ternura extrema; Ana había asistido por primera vez a la llegada a la vida de unos seres a los que ya quería y atendía más que a nadie. Tal vez era por tener los ojillos cerrados; tal vez por parecer ositos de peluche a los que les sobrara parte de la piel; tal vez por esos pequeños y casi imperceptibles gemidos que emitían al mamar del pecho de Sara; lo cierto es que Ana jamás había percibido tanto amor y abnegación de una madre con sus cachorros; sentía una envidia sana hacia esos cachorrillos, a los que decidió apadrinar. Al fin y al cabo, eran los hijos de su mejor amiga y Sara no tenía a nadie más en el mundo. Ya comenzaba a pensar en cómo sería la ceremonia de bautismo cuando interrumpió la magia del momento la entrada de Oscar en la habitación.

- ¿Ya han salido todos? – Preguntó inquieto.

- ¡Cinco cachorros sanos y muy bonitos! – Respondió Virtudes feliz del resultado.

- Ahora debemos guardar silencio; están dormidos y acurrucados con Sara para no tener frio. – Dijo Ana, en su papel de defensora de sus ahijados.

El mayordomo se acercó a la camada y cambió su expresión de dulzura por la de miedo; miró a Virtudes y esta le devolvió la mirada con algo de incertidumbre. La criada, joven y recién llegada del pueblo, pero sin un pelo de tonta; se puso en pie.

- Señor, es mejor que no haya tanta gente junto a la camada; ahora deben descansar. Ana, puedes quedarte hasta que Oscar te llame para el almuerzo.

- ¡Vale! Ahora tengo que ser más responsable y comérmelo todo; tengo que estar fuerte para poder cuidar de Sara y de sus cachorros. – Respondió la niña.

Los dos adultos salieron de la habitación y en el pasillo comenzaron una discusión acerca del futuro que les esperaba a los cachorros de Sara.

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