Secretos


La protagonista de nuestra historia descansaba acurrucada junto al vientre de su madre y en contacto con la piel de sus hermanos; juntos se daban calor y esa sensación de seguridad que hasta los seres más inocentes necesitan para poder dormir a pierna suelta; su vientre se encontraba lleno de leche y necesitaba descansar para recuperarse del trauma que supone el nacimiento: presiones que le empujaban hacía una salida incierta; los nervios de su madre y de sus hermanos; hasta llegar a tomar ese primer aliento de aire fresco que la situaría en ese tablero de ajedrez que es el mundo. Su primer recuerdo tras salir de la barriga de su madre sería el contacto de su lengua, húmeda y cálida, que con sus asperezas recorrió toda su piel para liberarla de la placenta que la había protegido hasta entonces y dejarla brillante; nunca olvidaría esa sensación ni ese acto de su madre, que lejos de separarla de ella, las uniría para siempre con un lazo invisible alimentado de olor, tacto y sentimientos.

La nueva camada y su madre, dormían ajenas a la conversación que mantenían Virtudes y Oscar en el pasillo de la casa.

- Tendré que informar a la señora del alumbramiento de una camada de pequeños bastardos. – Dijo el mayordomo intentando aparentar frialdad al mismo tiempo que una corriente de culpabilidad lograba que sintiera un gran malestar en el estómago.

- No podemos hacer eso. Señor, yo también me he dado cuenta de que esos cachorros no tienen mejor pedigrí que un perro callejero, pero hay que darles una oportunidad. ¡Se lo suplico! Al menos intentemos que lleguen a destetarse cuando puedan medio defenderse; si los echan de casa ahora morirán de frio; será un crimen. – Dijo Virtudes muy alterada.

- Niña, son perros; no podemos jugarnos el puesto de trabajo por unos animales fruto de una fuga de Sara. Te recuerdo que fue un descuido tuyo lo que posibilitó su fuga. No es una amenaza, pero conozco a los señores; si don Luis ve las consecuencias de la fuga te pondrá de patitas en la calle. Además, nosotros somos unos mandados; no estamos en esta casa para tomar iniciativas. – Dijo Oscar en tono inflexible.

- Le pido una sola cosa: no se lo cuente a la señora todavía; mejor después del almuerzo; tal vez así se muestre más humana. – Pidió Virtudes con su mejor cara de angelito.

- Se lo concedo. Pero no lo tome como un signo de debilidad por mi parte; la verdad es que ya tengo ganas de darle con la cuchara a esa sopa de cebolla que ha preparado Angelines. Ponga la mesa para el almuerzo de la señora y de la señorita Ana. Y no olvide avisar a la señorita de que debe guardar el secreto.

- ¡Muchas gracias! – Exclamó Virtudes antes de darle un gran beso en la mejilla que enterneció al anciano mayordomo.

Virtudes volvió a la habitación, reconvertida en sala de maternidad; se puso de rodillas junto a Ana, quien la recibió con una gran sonrisa; nunca había visto tan feliz a esa niña.

- Señorita, ha llegado la hora de ir a comer.

- ¡Sí! ¡Le contaré a mamá que Sara ya es madre! – Gritó tan entusiasmada que los cachorros se movieron en busca de silencio.

- Guarde silencio. Recuerde que necesitan descanso.

- ¡Uy! ¡Es verdad! – Dijo Anita tapándose la boca.

- Es mejor que no le diga nada a su madre; hoy tiene jaqueca y ya sabe lo mal que le sienta. Mejor no preocuparla; ya habrá tiempo para mostrarle a los cachorros. Será nuestro secreto ¿Vale?

- Pero…

La niña estaba muy orgullosa de haber sabido ayudar a Sara en el parto; deseosa de contárselo a sus padres para demostrarles que no era tan inútil como parecían pensar y que pese a tener siete años era toda una mujer capaz de hacerse responsable de una camada de perros.

- ¿Sabrás guardar el secreto? – Preguntó seria Virtudes con su mirada fija en la de Ana.

- ¡Sí! Sé guardar secretos.

- ¿Seguro? – Insistió la criada, sabedora de que su puesto de trabajo estaba en juego.

La niña de siete años se quedó muy pensativa; se percató de que Virtudes dudaba de su capacidad para guardar un secreto y quiso demostrárselo.

- Soy muy buena para guardar secretos porque tener un secreto con alguien hace que esa persona te quiera más; mi papá me lo explicó: me dijo que si no le contaba a mamá lo de la tita que va con nosotros al cine y a la que no suelta de la mano cuando apagan las luces, me querría mucho más. – Dijo con una gran sonrisa en la cara.

Virtudes volvió a compadecerse de la vida de Ana y tragó saliva al mismo tiempo que fingía una sonrisa.

- ¡Muy bien! Confío en ti. Este será nuestro secreto. Vaya a lavarse las manos que tiene que comer.

Anita quiso despedirse antes y le dio un beso en la frente a Sara; que abrió los ojos un instante para agradecérselo; después se dio un beso en los dedos para depositarlo en los cuerpecitos de los cachorrillos. Cogida de la mano de Virtudes se puso en pie para lavarse las manos e ir a almorzar con su madre. Nunca se había portado tan bien como en ese almuerzo: no puso los codos en la mesa; comió con la boca cerrada; no protestó ni una sola vez pese a odiar la sopa; hizo un uso correcto de los cubiertos; y no se levantó hasta que su madre le dio permiso. Ahora la niña de siete años se comportaba como una madrina responsable y no quería enfadar a su madre.

Justo cuando se levantó de la mesa sonó el teléfono; lo cogió Oscar.

- ¡Señora! Ha llamado la secretaria del señor.

- ¿Qué quiere ahora esa?

- Ha llamado para comunicarle que al señor le ha surgido un viaje de negocios y que estará ausente entre dos y tres semanas.

- ¡Retírese! – Respondió con mal humor la madre de Anita.

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