Rabietas de una niña consentida


De pelo corto y amarillento; Sara, la elegante y mimada perra labrador retriever de la distinguida familia de los Berenguer, había pasado el último día inquieta; no dejaba de dar vueltas sobre sí misma y había mostrado una voracidad inusitada en ella. Recogió los jirones de tela vieja que le había dejado Luis, el cabeza de familia, convenientemente tirados por el suelo de su habitación; en varios paseos los llevó hasta el rincón que le pareció más seguro antes de recostarse sobre ellos. Ana, la hija de Luis o la odiosa princesita Berenguer, como la llamaba el servicio, observó sus movimientos en un intento de adivinar el nuevo juego que le proponía su perra; intentó tirar de su preciosa piel y hasta de sus orejas, pero en esta ocasión Sara no quería juego; necesitaba tranquilidad. Así que la niña avisó a su madre de que algo raro pasaba con su compañera de juegos.

- ¡Mamá! ¡Mamá! Sara no quiere jugar y hace cosas muy raras.

- ¿Qué le sucede? – Preguntó la madre desde el salón.

- Se ha tumbado y se niega a jugar conmigo. – Respondió la niña enfurruñada.

- ¡Oscar! – Gritó la señora de la casa.

Oscar, el mayordomo de la casa, llegó alertado por el grito de su señora; vio a la pequeña Ana y miró al techo con gesto resignado.

- ¿Qué se le ofrece a la señora? – Preguntó servil.

- ¿Qué se me ofrece? ¡Se me debería ofrecer paz y sosiego! ¿Acaso no sabes lo que pasa cuando Anita está aburrida? – Tras una breve pausa en la que el bueno de Oscar no se atrevió a abrir la boca, prosiguió. – Sara se niega a jugar con Ana y esta a su vez no me permite seguir con mi tratamiento de belleza. ¡Averigüe lo que le sucede a esa perra testaruda! Desde que se escapó no ha vuelto a ser la misma; se ha vuelto rebelde la muy desagradecida. – Ordenó la señora de la casa.

- Señorita, si es usted tan amable de acompañarme, intentaré que Sara vuelva a jugar con normalidad. – Dijo el mayordomo mientras indicaba con resignación el camino a seguir a Ana.

Al llegar a la habitación donde dormía habitualmente Sara, Oscar la vio con los ojos caídos por el cansancio; tumbada sobre los trapos viejos y con temblores; asimismo observó el ensanchamiento del útero de la perra. Tras hacer cuentas con ayuda de los dedos de las manos, se rascó la cabeza hasta percatarse de que Sara había salido de cuentas; había llegado el momento del parto. Sin perder un segundo se dirigió a la cocina, donde Angelines, su esposa y cocinera de la casa, preparaba una sopa de cebolla con ayuda de Virtudes, la chica que completaba el servicio doméstico de los Berenguer. El olor a cebolla cocida calmó al mayordomo lo suficiente como para detener su carrera; acercarse a Angelines; y conseguir que tras un beso en la mejilla, esta le ofreciera una cucharada de la sopa.

- ¿Se puede saber a qué viene tanto escándalo? – Preguntó Angelines una vez que Oscar se hubo calmado.

- ¡Sara no quiere jugar con la encarnación del maligno!

- ¡No hables así de la niña! Es una criatura inocente víctima de la mala educación que recibe de sus padres. – Le recriminó Angelines sin dejar de mover la sopa. – ¡Es extraño! Sara adora jugar con Anita. ¿Qué le sucederá?

- ¡Está de parto! Yo no sé cómo atenderla ¡Necesito vuestra ayuda!

- ¡Virtudes! Deja lo que estés haciendo y encárgate de asistir a Sara. – Ordenó con amabilidad Angelines.

- Los perros de mi pueblo no necesitan ayuda para nacer. – Dijo Virtudes extrañada por lo que acababa de ordenarle Angelines.

- ¡Niña no discutas las órdenes que se te dan! ¡Obedece y punto! – Exclamó Oscar cada vez más nervioso, sabedor de que en poco tiempo volvería a llamarlo la señora de la casa.

¡Está bien! ¡Como mande el señor! Aquí hasta los perros son unos señoritingos. – Murmuró entre dientes la joven.

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