El pañuelo de los besos y la luna


Es un domingo de abril, no uno cualquiera, es el domingo de una gran semana para ella. Su trabajo y sus aptitudes empiezan a ser muy reconocidas; se ha preparado cómo nadie para hacerse un hueco en un mundo dominado por los hombres; un mundo en el que todos se permiten el lujo de lanzarle insinuaciones vacías de sentimientos, para eso es la chica. No se les pasa por la cabeza que para llegar a su puesto de trabajo ha demostrado ser más inteligente y trabajadora que la mayoría, ni que ha pasado noches enteras en vela ante libros de estudio. Pero ella sonríe, siempre sonríe a la vida y la mira de cara y con esperanza. Se siente fuerte y dueña de su futuro.

La noche anterior, al llegar a casa tras salir con las amigas, se sentó junto a la ventana y miró a su confidente, a la que siempre la escucha y a la que ve como algo suyo, a la luna. Brillaba con más fuerza que de costumbre, su luz hacía que intuyera su presencia tras esa nube. Mientras la dama de la noche lograba zafarse de la nube, ella se quitó esos zapatos tan bonitos que compró en su último viaje. Se cambió de ropa para ponerse cómoda. Volvió a asomarse a la ventana y ahí estaba su luna, lista para escucharla una noche más.

Se miraron a los ojos y le contó lo cansada que estaba y lo intensa que había sido toda la semana; le contó que a partir de ahora tendrá mayor responsabilidad y estará obligada a dedicar más horas a su trabajo. Cruzó sus piernas para darse un masaje en la planta de los pies y volvió a recordar su último viaje y las conversaciones que tuvo con una persona muy especial que siempre le mostró su apoyo. Miró de nuevo a su confidente y le confesó que a su madre también le gusta ese chico; “parece formal y bueno, pero con los hombres es mejor no hacerse demasiadas ilusiones”, fueron sus palabras. ¿Sería ese sentimiento una ilusión que había creado para no sentirse sola? ¿Se habría engañado a ella misma para sentirse arropada durante las noches de insomnio, junto a una compañera de habitación que emitía ronquidos más propios de un camionero que de una señorita?

Se levantó pensativa y sacó de uno de los cajones un pañuelo lleno de manchas de carmín; lo desplegó y lo que parecían manchas, se tornó en un universo de múltiples siluetas de unos labios muy especiales, los de su madre. Quien tuvo esa sensacional y tierna idea, para que su hija la tuviera siempre cerca y pudiera recibir cada día, los besos que la distancia hacía imposibles de enviar. Eligió uno de esos besos y se lo pegó a la cara para sentir el contacto de esos labios tan lejanos y cerró los ojos con fuerza para hacer realidad la ilusión de tener a su madre abrazada a ella. Llena de nuevo de la fuerza que siempre le transmitió su progenitora; abrió los ojos; dobló con cuidado el pañuelo y volvió a mirar a la luna. Se llenó de su luz y tras dedicarle una gran sonrisa se fue a la cama.

Es domingo y se ha permitido dormir un rato más y disfrutar del contacto de su almohada. Se ha despertado feliz, libre y segura de sí misma. Esta noche ha soñado con un futuro muy bello y esperanzador sobre lo que será su futuro. No recuerda los lugares donde transcurría, ni la identidad del hombre junto al que envejecía; lo que sí sabe con certeza es que el pañuelo de los besos de su madre, la acompañó en todo momento.

Hoy descansará en casa; escuchará música, una de sus grandes pasiones y se dejará llevar por su ritmo para sentir la felicidad y la libertad que se ha ganado. Mañana comienza otra semana de abril.

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