El payaso loco


Era el segundo año que Abdel pasaba en Granada con la familia de Ana. Sus dos hijos: Ramón, de seis años y María, de cinco, la misma edad que Abdel, habían aprendido el verano anterior a compartir los juguetes con su nuevo amigo. Al principio hubo muchos roces; Ramón se mostraba algo celoso de los mimos y atenciones que recibía Abdel, y se vengaba sin dejarle jugar con sus juguetes e ignorándolo por completo. Abdel encontró rápidamente refugio en la amabilidad de María, una niña rubia y de piel muy clara con la que pasaba las tardes enteras jugando a tomar el té; a ir de compras; poner la mesa y con la se sentía de maravilla. Junto a ella aprendió a nadar en la piscina de la casa; Ana les daba unos fideos a los que ellos se cogían y competían por ver quien daba las patadas al agua a más velocidad.

María, por su parte, aprendió a no necesitar el último modelo de la Barbie para jugar; su amigo/hermano le enseñó a hacer sombras en la pared; a volar montada en el cepillo viejo que Ana usaba para barrer el porche de la casa; a correr a gran velocidad montada en un bólido hecho con una silla, la escobilla del cuarto de baño a modo de cambio de marchas y un cenicero que hacía las funciones de volante.

Ramón, a fuerza de ver cómo María y Abdel se lo pasaban bien sin necesidad de sus juguetes, comenzó a acercarse a ellos hasta integrarse en el grupo y participar en todos sus juegos. Los Gormiti, los Iron Man, el Spiderman y el Superman quedaron abandonados en el armario para dar paso a la imaginación.

Ana y su marido, se encontraban muy satisfechos y cuando la gente les comentaba lo buenos y desprendidos que eran al adoptar cada verano a Abdel, siempre contestaban lo mismo: “él nos da mucho más de lo que nosotros le damos”.

Abdel, que no dejaba de ser un niño de cinco años apartado de los suyos, no podía evitar acordarse con nostalgia de los gritos de sus hermanos; de las colas para entrar en el baño que compartían varias familias, del contacto de la arena del desierto en sus pies; de las regañinas de su padre; y sobretodo de los abrazos de su madre cuando tumbados todos los hermanos en la misma estancia, los abrazaba uno a uno y les daba un beso de buenas noches. Esos momentos se le hacían muy duros y para no ofender la hospitalidad de la familia que con tanto cariño lo había acogido, tan sólo se permitía llorar cuando estaba a solas en esa enorme cama y contemplaba por la ventana la misma luna que veía su familia desde el campo de refugiados en el desierto.

Habían estado en el hospital clínico para visitar a Juana, la mujer que junto a su familia los visitaba todos los años en el campo de refugiados y a la que todos querían mucho. Juana se recuperaba de la hepatitis A que había contraído en su última visita al Sahara, donde Abdel vivía. Allí llegaba cada año a pasar un mes con ellos para llevarles la magia de la música, las marionetas y el humor de los payasos.

Le causó una fuerte impresión ver a esa mujer a la que admiraba y a la que estaba acostumbrado a ver con una gran sonrisa, tumbada en la cama, con mal color de cara y con los ojos caídos por el cansancio y la enfermedad. Juana, acostumbrada a tratar con niños, enseguida se repuso y le dedicó su mejor sonrisa para decirle:

- ¡Ni te había conocido de lo grande que te has puesto!

Abdel sonrió orgulloso, y muy educado respondió:

- Ana me da muy buena comida. Comemos carne o pescado todos los días y me como toda la fruta y la verdura para ponerme grande y fuerte.

- ¡Claro que sí! Has tenido suerte de dar con una familia tan buena. A mí también me dan muy bien de comer aquí. ¿No hueles?

Las enfermeras del clínico habían empezado a repartir el almuerzo y cuando entraron en la habitación de Juana, Ana se despidió para dejar que comiera tranquila.

El impacto del calor de la calle en contraste con la temperatura del hospital era tremendo. Salieron en dirección al aparcamiento subterráneo de Los Cármenes y por el camino, de modo sorprendente, Abdel tiró con fuerza de la mano de Ana. Esta se paró extrañada, pues Abdel no era nada caprichoso y no solía pararse en los escaparates de los establecimientos donde vendían helado. Pero el niño no miraba el exquisito y refrescante helado de chocolate con el que se le salían los ojos a Ramón y a María; miraba al interior. Se soltó de la mano y entro con gran rapidez ante el desconcierto de Ana. Quien al entrar lo vio abrazado al dueño del establecimiento. Cuando se soltó, Abdel comenzó a apretarle en la barriga mientras el hombre imitaba con la boca el ruido de unas ventosidades y hacía grandes aspavientos con los que el niño se moría de risa. Ana sonrió mientras miraba perpleja la escena. Abdel se acercó a ella sin dejar de exclamar:

- ¡Es el payaso loco! ¡Es el payaso loco!

El hombre, corpulento y con cara de bueno; le explicó a Ana que lo conocía de las temporadas que pasaba en el Sahara con la ONG en la que colabora: “Por un mundo mejor”. Sacó su cámara y le mostró fotografías del pasado abril, en las que aparecía vestido de payaso con una gran sonrisa dibujada en su cara, con la que hacía que esos niños que no tienen nada, soñaran con otros mundos al son del baile, la música del violín, la guitarra y la flauta y las risas.

Entradas populares de este blog

Age quod agis

En memoria de Antonio Espinosa, un amigo

Escribir es una historia de superación