Historias de la mili XCI: una revelación terrorífica


- ¡Oh! ¿No nos enteraremos de las averiguaciones sobre el frasco de veneno? – Dijo una de las enfermeras realmente apenada.
- ¿Por qué no podemos enterarnos? – Pregunté.
- Pues porque si no estuvo doña Sole, no podrá contárnoslo. – Dijo la otra enfermera.
- Que lo cuente el picoleto. – Dijo Ramón.
- ¡Policía Nacional! De la secreta. No me apetece ponerme a contaros nada. Sole, cuéntalo tú que sabes todo lo que pasó y lo cuentas mucho mejor que yo.
- No os preocupéis que yo os lo cuento todo; si Arturito lo contara os parecería estar leyendo un informe policial; os aseguro que es aburridísimo.
Todos nos pusimos a reír ante la cara de sorpresa y enfado que puso el Inspector. Tan grande fue el ruido que formamos que despertamos al Bragas; se despertó muy serio; al abrir los ojos terminaron las risas de golpe; los tenía blancos. Se incorporó de un modo extraño, casi vampiresco. Una de las enfermeras se me abrazó con tanta fuerza que pude sentir un dolor agudo en el pecho que trajo a mi mente el momento en que Ramón cayó sobre mí y me lesionó un par de costillas. La enfermera temblaba, poco a poco me dio la vuelta y se agarró a mi espalda; la otra enfermera estaba con el mismo gesto pero cogida al Inspector; doña Sole no había cambiado su postura, era la única que no tenía miedo; Ramón dio un gran salto y se subió en lo alto del armario. El Bragas giró la cabeza sin mover el cuello y me miró con los ojos en blanco y soltó un estruendoso eructo choricero que en otra ocasión le habría costado una colleja.
- ¡Ay Dios mío! ¡Es el mismo demonio! Es un olor del inframundo. – Dijo una de las enfermeras aterrada.
- ¡Ni inframundos ni leches! Eso huele a mi chorizo; mi Arturo suelta todas las noches varios burros como ese.
- Sole, a la señorita no le interesan los asuntos de cama. – Dijo el Inspector avergonzado.
- Si no le interesan que salga inmediatamente de la tuya. – Dijo doña Sole sin dejar de mirar a la enfermera que abrazaba al Inspector.
- ¡Coño, que se me acerca! – Dije yo con la voz algo entrecortada.- ¡Que viene!
Efectivamente, el Bragas se había puesto en pie y se dirigía a mí con pasitos cortos y rápidos, como si fuera un anciano con un taca-taca al que se lo han quitado pero sigue andando del mismo modo; no tenía expresión en la cara, eso era lo que más miedo me daba; sus ojos en blanco no transmitían emoción alguna. El miedo mantenía tenso cada uno de mis músculos, tal vez demasiado, un ruido parecido al silbido de una tetera comenzó a oírse; nadie, excepto yo, sabía de dónde provenía; el olor al chorizo de doña Sole volvió a hacer acto de presencia y la enfermera que estaba agarrada a mi espalda dio un gran salto hacia atrás.
- ¡Qué peste! – Exclamó la enfermera.- A mí me da mucho miedo, esto es cosa de espíritus.
- ¡Mierda, mierda, mierda! – Decía Ramón desde lo alto del armario mientras besaba una medalla de Santiago Apostol.
- No digas disparates; los fantasmas no existen. – Dijo el Inspector.
- ¡Le digo a usted que sí! Si hasta he notado cierto calorcillo en el momento de llegar el olor a chorizo.- Exclamó la enfermera asustada.
Pese al miedo que sentía al ver llegar junto a mí al Bragas, o lo que fuera eso, no pude evitar empezar a reír. Tanto me reí que hasta el Bragas se quedó parado; los otros no daban crédito a lo que estaba pasando, excepto Ramón:
- ¡Serás cerdo! ¡Te has follao delante de la enfermera!
Pese a no poder dejar de reír me sentí bastante avergonzado y sin saber muy bien cómo disculparme. ¿Qué podía decir? Tal vez un: “Siento que se me haya escapado una ventosidad fruto del miedo” a lo que ella me habría podido responder con toda la razón “¡Fruto del chorizo, tío guarro!”
- A juzgar por el pestazo que has formado te ha faltado muy poco para volverla rubia. – Dijo doña Sole entre carcajadas.
- ¡Ha sido tan fuerte que casi ha llegado a penetrarte! Tan agarraditos los dos. – Dijo la otra también entre risas.
Al fin tanto la enfermera agredida olfativamente hablando como yo, nos unimos a las risas hasta que se oyó el seco sonido producido por un buen bofetón. Era yo quien lo había recibido y el Bragas quien me lo había dado. Tras el golpe se produjo un silencio absoluto. Todos estaban inmóviles, como si estuvieran a cámara lenta. El Bragas, muy serio, me dijo con una voz y un acento totalmente diferentes a los suyos:
-
"Salvate Iuliam et salvabis vitam tuam”
Tras decirlo cayó al suelo como un saco de patatas y se quedó inconsciente. Todos se acercaron para ver cómo estábamos. Una de las enfermeras comprobó si el Bragas respiraba y tenía pulso.
- ¿Qué le has hecho al muchacho? – Preguntó Ramón recién bajado del armario.
- Nada, me ha dado un bofetón, me ha dicho algo y ha caído desplomado. – Respondí algo confuso.
- No ha dicho nada, eso te lo has imaginado. – Dijo el Inspector.
- ¡Creedme! Me ha dicho algo… creo que era en Latín. Era algo de Julia, pero no sé muy bien su significado.
- Te ha sentado mal el golpe. – Dijo el Inspector.
- No, estoy bien. Dadme algo con lo que escribir.
Ramón me pasó una servilleta con el número de la casa de mi tío Carlos y el nombre de mi prima. Lo miré algo extrañado por su rapidez al conseguirlo y me dispuse a escribir lo oque creía haber entendido:
“Salvate Iulia et salvabis vita tua”
- Eso es más o menos lo que he entendido; la voz era similar a la de un barítono que hablara desde las profundidades de un pozo, no se entendía muy bien.
- Pásame la servilleta. – Dijo doña Sole. – A ver, si no me equivoco, significa “Salva Julia y salvarás tu vida” Pero has debido cometer un error, “Iulia” debería ser “Iuliam” y “vita tua” debe ser “vitam tuam”, para que vayan en acusativo.
Nos quedamos boquiabiertos ante la rapidez de doña Sole, para traducir y corregir lo que yo, de manera torpe, había escrito en la servilleta.
- Ya os dije que desde el incidente con Sócrates he estudiado mucho. ¿Necesitáis que os traduzca el teléfono? María López 958 26…
- ¡Es suficiente! – Dijo Ramón.
- Llámala, su letra me dice que es una chica estudiosa y muy trabajadora. – Dijo doña Sole.
- También ha leído mucho sobre grafología. – Dijo el Inspector con una sonrisa llena de orgullo.
- Si os parece sigo con la historia…

“Mientras yo me quedaba junto a mi madre preparando el relleno, Arturo se fue a interrogar de nuevo a don Carlos y mi padre junto a mi hermano Antoñito se fueron a intentar averiguar de dónde había salido el frasco que contenía el veneno…”

Entradas populares de este blog

Age quod agis

En memoria de Antonio Espinosa, un amigo

Escribir es una historia de superación