La peña.


La última semana apenas se ha cuidado, no ha podido salir a correr ni a pasear como le gusta hacer normalmente. El calor y las ocupaciones han reducido las horas hábiles para tales actividades. Anoche se acostó tarde, pensando en las musarañas en invierno y en la cría de hormigas para la producción de leche formicada. Tiene el estrés acumulado, lo nota en el cuello en forma de rigidez que le duele y le pesa.
Al despertarse con la voz de Carlos Herrera de fondo diciendo que quienes a las ocho de la mañana están en la cama son unos vagos, se queda pensativo y suelta una enorme sonrisa “¡Ésta noche tengo partido con la peña!”. Comienza sus quehaceres diarios con más alegría, pensando en el partido. Esperando que le toque de nuevo con ese compañero con quien tan bien se entiende en la defensa, porque a Nico le gusta jugar en la defensa, controlando el juego, mandando en la colocación de sus compañeros, animándolos e intentando hacer piña con ellos.
Mientras está almorzando recibe un mensaje de su primo César – Prepárate a recibir una paliza, hoy juegas en el equipo perdedor – forma parte de ese juego paralelo en el que todos se ponen algo gallitos intentando animar el partido. Nico le responde – Prepara la sotana, la semana pasada la olvidaste y pasaron dos cañitos -.
Con los compañeros del trabajo comenta algo sobre el partido que le espera mientras se despide. Llega a casa y lo primero que hace es revisar el correo para ver el color de camiseta y el equipo que le toca ésta semana. Cada mes hay sorteo para cambiar los equipos. ¡Perfecto!, le toca con quien quiere, salvando a alguno, pero es lo que tiene estar en comunidad, hay que aceptarlo. “Si en un campo de trigo nunca falta una amapola, en ninguna peña puede faltar un capullo”, se dice a sí mismo. Aunque habría preferido no tenerlo de compañero, ya que enrarece el ambiente del equipo. En la peña tienen dos equipaciones: blanca y negra. Hoy le toca jugar de blanco, pese a que ya no quiere confesarse seguidor del Barça sigue sin gustarle ir de merengón. Mientras se pone las espinilleras se toca en la pierna izquierda, aun le duele la patada que le dio Paco hace un par de semanas. Siempre le toca aguantarse, su gran envergadura hace que ante cualquier choque siempre le piten las faltas en su contra.
- ¡Qué hay primo! – le dice Luis a modo de saludo.
- Hoy nos toca juntos, tenemos que darle una buena paliza al equipo de César y Diego.
- Los vamos a machacar. Ya sabes primo, toque, toque, toque y más toque. Como dice Guardiola. – Dice su primo Enrique.
Mientras charlan hacen algo de carrera continua y estiramientos. Con los años ha aprendido que un buen calentamiento es fundamental para evitar las lesiones. A pesar de todo, es raro el mes que no hay algún lesionado en la peña.
Ya son las nueve de la noche y aun no han comenzado, siempre falta alguno y generalmente siempre son los mismos. Pese a todo, el único que ha pagado una multa por llegar dos minutos tarde ha sido Nico. Pero bueno…ya sabéis, en los campos de trigo siempre hay alguna amapola y en las peñas de futbol nunca puede faltar un…
Comienza el partido, Nico será el penúltimo en ponerse de portero, de principio se coloca en la defensa e intenta que sus compañeros no pierdan el orden.
- ¡Dani tu banda! , ¡Miguel sube a la delantera y no dejes de presionar!. ¡Anímo!, podemos con ellos.
Conforme van pasando los minutos Nico se va encontrando mejor y se atreve a subir alguna vez al ataque. Nunca lo confesará, pero le encantan esas largas carreras en las que queda desfondado. En ellas deja toda la tensión acumulada durante la semana. Cuando corre y siente el aire en su rostro se siente libre. El sudor le cae por la frente, la camiseta está empapada, ahora es cuando está disfrutando a tope.
¡Saque de esquina!, sube al remate. Es el tercero en lo que va de partido, nunca se la pasan. Se coloca detrás de todos, algo alejado, intentando hacer más difícil su marcaje. Ve a Enrique colocar el balón en el vértice del terreno de juego. Nico da saltitos preparándose, Enrique lo mira y le hace un gesto que sólo Nico ha podido percibir. Lanza el balón, ésta vez sí. Nico mira de reojo a su alrededor, ha de evitar a Diego en el salto. Se adelanta un paso y salta, su hombro izquierdo choca con el cuerpo de Diego, ve llegar el balón, coloca el cuello y en el momento del impacto hace el giro de cabeza con cierta violencia.
¡Gooooool!
Ha marcado un golazo por toda la escuadra. Sus compañeros se abalanzan sobre él. El partido continúa y terminan ganándolo. Mientras se cambian de ropa en el vestuario charlan un rato de forma relajada sobre alguna anécdota ocurrida durante la semana.
Al volver a casa cena algo, se siente relajado y tranquilo. Empieza a pensar con ilusión en el partido de la siguiente semana: en ponerse más en forma; en el gol que ha marcado de cabeza; en cómo se le ha ido Germán en carrera; en el tiro de Pepe que ha interceptado. Con esos pensamientos termina por cerrar los ojos y quedarse dormido.
La temporada siguiente Nico no seguirá en la peña, ha comenzado una plaga de amapolas…

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