La hija de San Vicente de Paúl.


Apretaba con fuerza la mano de su madre, no quería soltarse, estaba asustado. El ruido era ensordecedor, llanto de niños, madres y padres hablando entre ellos, olor a colonia y a sudor mezclado con el humo de algún cigarro. Se trataba del primer día de clase, atrás quedaba la guardería y su seño Socorro. Ninguno de sus amigos iría a su nuevo colegio.
Quedó impresionado por su tamaño, era enorme en comparación con su guardería. Niños de todas las edades vestidos de uniforme corrían de un lado para otro sin descanso ni sentido aparente. Su madre le había contado cosas de cuando ella estuvo en el Regina. La historia de la profe de arte que a veces llevaba los zapatos de distinto color por sus prisas y su despiste. Historias sobre travesuras de todo tipo que siempre eran castigadas con severidad por Sor Teresa. De algún modo siempre terminaba apareciendo ese nombre, Sor Teresa. Nacho no la había visto jamás, su mente de niño asustado hacía que la imaginara muy grande y severa, con las uñas largas y una regla en la mano para dar azotes y palmetazos en las manos de quienes no se portaran bien. Tenía pánico sólo de pensar que se encontraría con ella por algún pasillo del colegio.
- ¡Cristina!, ¿eres tú? – dijo una voz a su espalda.
- ¡Madre mía!, hace años que no te veía. ¡Estás divina!, veo que también has sucumbido a la moda de las mechas.- Respondió su madre.
Las dos mujeres se pusieron a hablar sin descanso ante el aburrimiento de Nacho. A su lado pasó un niño con un globo rojo atado a un hilo, empezó a seguirlo con la vista. Empezó a caminar para buscarlo. Para no perderse cogió la mano de su madre que casualmente empezó a caminar en la misma dirección. Cuando llevaban un rato avanzando entre el gentío algo llamó su atención, el perfume que desprendía esa mano no era el mismo que usaba su madre. Miró arriba y vio a una señora que no conocía de nada. Ella estaba igualmente sorprendida. El pánico empujó a Nacho hacia una huida sin destino. Necesitaba pensar, huir de la gente, de los ruidos. Sin saber cómo entró en un edificio y recorrió varios pasillos. Estaba muy asustado y nervioso, había perdido a su mamá y no sabía cómo iba a volver a verla entre tanta gente. Caminado por los pasillos terminó por perderse. Abrió una puerta y entró en una sala llena de pupitres colocados mirando a una enorme pizarra. Para esconderse de los hombres malos que se llevan a los niños, decidió meterse bajo la mesa grande. Desde dentro, agazapado, podía ver por una abertura si alguien entraba en el aula. Comenzó a llorar, nunca se había sentido tan solo y desprotegido. Entre lágrimas y gimoteos terminó por vencerlo el sueño.
- Hola. – Escuchó decir a una voz muy tierna mientras una mano secaba sus lágrimas.
Nacho abrió sus brazos, tal y como hacía cuando su madre lo sacaba del coche estando medio dormido. Una mano cogió la suya con fuerza y por primera vez desde que vio el globo volvió a sentirse seguro.
- Tienes que ayudarme, estás muy grande y yo soy muy vieja para poder levantarte en peso.
Nacho se puso en pie mientras abría los ojos. Ante el pudo contemplar un rostro amable y sereno, de expresión sabia y profunda y enorme bondad. Se sintió arropado y seguro.
- Toma un caramelo. Todos te están buscando. Menudo susto se ha llevado tu mamá.
Al escuchar nombrar a su mamá, Nacho empezó a gimotear.
- Tranquilo, ya he dicho que te he encontrado. Se pondrá muy contenta al verte. Te pareces mucho a ella. ¡Menuda pieza estaba hecha!
Logró que Nacho sonriera. Estaba encantado, aquella señora que le recordaba un poco a su abuela, no le hablaba como suelen hablarle los adultos, lo hacía como si fuese alguien mayor.
Su madre entró corriendo y lo abrazó.
- Cristina, tan despistada como siempre.- Dijo la señora.
- Le pido disculpas Sor Teresa.
“¿Sor Teresa?,¿ sería la misma Sor Teresa de la que le había hablado su madre?. Pero si era muy buena y amable. ¿Cómo podía ser la misma mujer que actuaba con tanta severidad ante las travesuras de los niños?” pensó Nacho. La vieja monja pareció leerle el pensamiento.
- ¿Te imaginabas que Sor Teresa era un ogro? Estabas equivocado, pero a partir de mañana, si haces alguna travesura te las verás conmigo. – Dijo mientras le guiñaba un ojo.
Nacho se acercó y le dio un gran abrazo y un beso antes de marcharse de la mano de su madre.
Con el paso de los años Nacho descubriría que Sor Teresa había dedicado su vida al Colegio Regina Mundi. Con el que también había creado un comedor social donde dar de comer a los más desfavorecidos y una residencia de ancianos. Continuamente inventaban rifas, comidas o actos de todo tipo para sacar dinero a los padres de los alumnos. El destino de ese dinero era alimentar a los pobres.
Éste fin de semana se rinde homenaje a Sor Teresa, toda una institución en Granada. He aquí mi humilde grano de arena.

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