Una noche más.


Las luces se encendieron en la discoteca, la música se cayó. Empezaba el desfile de camareros de un lado a otro, recogiendo, barriendo, haciendo la caja. Luis era un viejo conocido, uno más dentro de esa fauna nocturna que deambulaba por el local. Aun le quedaba algo más de media copa de ron que estaba dispuesto a apurar.
Por la cintura, tenía cogida a una preciosidad que había conocido esa misma noche.- ¿Quién se la había presentado?, ¿Cómo se llama? – se preguntaba, daba lo mismo, sería la enésima “nena” de su vida.
Apartó su cabello, quería volver a besar sus labios. ¿Quién diablos dijo que la luz es buena? se había perdido toda la magia. La oscuridad, la música, el alcohol, habían sido el mejor de los maquillajes. La nena dejó de ser una princesa, había llegado el día y con él, el regreso a la realidad. Daba igual, la besaría de nuevo, cerró los ojos, la imaginó tal y como la había visto hasta ese momento y así, mientras acariciaba todo su cuerpo, estuvo besándola apasionadamente durante un buen rato.
- Vamos Luis, ¡siempre el mismo!, hay que ir saliendo.- Dijo el encargado.
Luis, se acercó al oído de aquella princesa destronada,
- Te acompaño a casa.
- No, mejor no.- Dijo ella haciéndose la tímida.
- Sí mujer, no puedo dejar que vayas por ahí sola a estas horas.
- De verdad, es mejor que nos separemos aquí. – Dijo más seria.
- Pero…, no entiendo, ¿qué ocurre?, pensé que te gustaba.
- Me gustas, pero…déjalo, no lo comprenderías.
Otra vez igual, se había trabajado a la chica equivocada. Tendría que volver a su casa sin su trofeo. Le dio un par de besos en la mejilla y se largó.
El sol lo dejó deslumbrado. Empezó a caminar hasta su casa, como solía hacer cada vez que no culminaba la faena. Era un modo de llegar con la borrachera menos aguda, un paseo matutino daba la vida, se le despejaban los pulmones del humo respirado en la discoteca.
En una de las calles, invadió su nariz el olor a pan recién hecho. La tahona estaba abierta, entró y compró una barra. Aun estaba calentito.
Al llegar a su casa entró en la cocina, abrió el frigorífico y sacó la mantequilla. Mientras la untaba, podía ver como se derretía, le encantaba. Se comió un buen pedazo, fue hasta el cuarto de baño, se lavó los dientes y a la cama.
Al día siguiente, es decir, cuando habían pasado algo menos de tres horas, sonó el teléfono. Era su amigo Pedro,
- Cabronazo, no son horas de llamar. Hace un rato que me he acostado…
- Es que no podía aguantar las ganas. Al final ganamos la apuesta.
- ¿Apuesta?, ¿qué apuesta?
- No disimules, ayer lo hacías mejor. Todos creyeron que te gustó el travelo que te presenté.
A Luis le dio una gran arcada y echó hasta la primera papilla, ¡maldito alcohol!
Como había hecho en infinidad de ocasiones, se juró a sí mismo que era la última vez que se descontrolaba bebiendo.

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