El padrino.




Muy coqueto, delgado. Su piel parece haber escapado al paso de los años que reflejan el blanco de su cabello. Sus ojos son pequeños, concentrados, inteligentes y muy expresivos, en ellos puede verse la nostalgia y la alegría, la severidad y la picardía. Un fino bigote se dibuja sobre su boca, de esos que sólo saben llevar las personas muy elegantes, los que solían llevar los galanes de la edad de oro de Hollywood.
Hombre de edad avanzada, de una vida llena de aventuras, divertimentos, responsabilidades, todo en altos niveles. Tremendamente sensible, no entiende de medias tintas a la hora expresar sus sentimientos, las penas le ahogan y las alegrías le dan la vida. Dinámico, aun sigue al frente de su empresa, a la que ha dedicado su vida, una empresa mítica en su sector, cuyo prestigio ha traspasado fronteras.
Posiblemente es el mejor embajador de su tierra, con seguridad, el mejor anfitrión. Se preocupa en pensar el tipo de comida que gustará más a sus invitados, para así decidir dónde organizar la cena, puede ser una taberna típica de Plaka, o bien una cafetería más sofisticada desde donde asomarse al mar en Paleo Fáliro. Lo organiza todo, no deja detalle sin repasar, siempre lleva algún detallito con el que obsequiar a los comensales, un komboloi para los hombres, un bonito pañuelo para las damas, un pequeño icono con algún santo con el que los pueda relacionar, unos dulces típicos… Cual director de orquesta, controla y dispone cada nota, el menú, el sitio donde ha de sentarse cada comensal, incluso las conversaciones son dirigidas magistralmente. Su inteligencia, simpatía, sabiduría y experiencia, son las armas con las que consigue tener conversación para todo tipo de público. No olvido que es duro y severo con quienes se rebelan contra él y su modo de hacer las cosas.
Hace tres años pude ver en sus ojos algo de abatimiento, de tristeza. Por su edad, muchas de las personas que fueron muy importantes en su vida, ya no existen, son bellos recuerdos que a buen seguro, lo acompañan en esa espacio de tiempo que transcurre entre meterse en la cama y dormirse, ese espacio de tiempo en que muchos repasamos mentalmente los acontecimientos acaecidos en el día. Repasará su época de estudiante en Barcelona, en esa ciudad de los prodigios que fue en otra época una ciudad abierta, en la que pudo vivir libre, donde aprendió a amar a los clásicos, donde se hizo hispanista. Recuerda sus pasos por Granada, en una ocasión me sorprendió lo bien que recuerda y sabe indicar el lugar donde se encontraba la mejor confitería o la mejor librería, posiblemente sus dos grandes pasiones.
Este año he visto en sus ojos el reflejo de la alegría y la esperanza. El hombre que no se casó, tiene ahora una niña, la hija de sus ahijados. Sólo a ella le permite hacer de todo en la mesa, le ríe todas las gracias, escucha atento las historias sobre lo que ha hecho la cría durante la semana. Se admira del modo en que aprende las cosas, de su feminidad a la hora de saber conseguir sus objetivos. De sus zalamerías, sus sonrisas, sus miradas y sus palabras. Es la única persona que lo llama por su nombre y no por su apellido, haciéndolo de un modo muy peculiar y gracioso. La mima como lo haría un abuelo al que se le cae la baba con su nieta, la coge, le hace cucamonas, todo por su niña.
Cuando habla con los padres, les pregunta - ¿Cómo está nuestra niña?- , porque así la siente, suya.

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