Historias de la mili XXIV: novatadas.


Recuerdo que ya os había contado, como entré a formar parte de los aspirantes, para hacer el servicio militar en la Cruz Roja de Pinos Puente.
A cada uno de los aspirantes, así se nos llamaba, se nos incluyó en los cuadrantes semanales. Había tres grupos de tres miembros cada uno, con nuestra inclusión los grupos pasaron a tener cuatro miembros. A mí me tocó hacer las guardias con el grupo uno. En ese sentido tuve suerte, ya que era el grupo en el que había mejor gente. En los fines de semana era muy habitual que uno de los miembros de mi grupo, Alberto, pagara a alguien para que le hiciera la guardia. En teoría no estaba permitido, pero se miraba a otra parte, ya que su familia contribuía con donaciones a la financiación de las actividades del puesto. Alberto era bruto, y muy simple, una persona básica. Por alguno de sus comportamientos, podría decirse que su simple existencia, venía a corroborar la teoría de Darwin sobre la evolución de las especies. Lo mejor de todo es que aun había otros dos haciendo guardias en el puesto, que eran aun más brutos que Alberto.
En cada grupo existía la figura del coordinador, que era la persona responsable de que todo estuviera en orden. En mi grupo estaba el mejor de todos, con el que terminé llevándome muy bien. Se trataba de un joven que tendría por entonces unos 24 años. Estaba cumpliendo su objeción de conciencia. Era el mayor de los cuatro, y además el más fuerte, así que el puesto le venía perfecto. Se llamaba Paulino.
Otra figura que no podía faltar en cada grupo era la del conductor. En mi grupo dicha tarea la desempeñaba Castaño. Tenía cierto nivel de estudios, cosa que se le notaba. Yo lo conocía y me unía a él cierta amistad de antes de entrar en el puesto. Para mí fue muy importante su presencia, ya que me avisó de algunas trampas que me tendieron personajes de otros grupos y personas de las que eran habituales en el puesto, aunque no estuvieran de servicio activo.
El coordinador más temido, y el grupo más temido en general era el dos. Allí estaba de coordinador el Panaero. Alto, gordo y con mala leche. Sin embargo no le faltaba cierto ingenio, lo cual lo convertía en aun más peligroso. Culpa suya fue que el aspirante con el que le había tocado rápidamente tuviera moto, el Canario. Y es que el aspirante en cuestión tenía una prominente nariz, una voz muy característica, y además era rubio, con el pelo muy claro. En el puesto teníamos un dormitorio grande. En el que había cinco camas, frente a ellas estaban situadas las taquillas. La primera noche que pasó allí, el Panaero se tumbó en su cama, tras hacer que el Canario hiciera la cama de todos. Cuando el Canario se disponía a acostarse, el Panaero le dijo

- Cántame algo canario, así podré dormir.

Nadie sabía muy bien a qué se refería, así que el Canario empezó a cantarle una canción.
- No, eso no.
- Pues no se me muchas, pero yo te canto lo que me pidas. – Respondió el Canario asustado.
- En mi casa tengo un canario. Por las tardes, cuando me acuesto para dormir la siesta, mi canario me canta. Tú serás mi canario cuando yo quiera dormir en el puesto. ¡Cántame Canario!
El Canario se puso a silbarle. Se le daba bien imitar el canto del canario.
- Desde ahí no te oímos todos bien. Sube a las taquillas y nos cantas desde arriba.
Subió, era para verlo. A las taquillas les faltaba poco más de medio metro para llegar al techo, en ese hueco, medio desnudo, se encontraba encogido el Canario cantándole al Panaero. Así pasó el Canario todas las guardias antes de entrar al cuartel.
A otro de los aspirantes, a eso de las tres de la madrugada, lo enviaron con la camilla tijera a cuestas, hasta las vías del tren a recoger cinco piedras. Para llegar hasta las vías tenía que cruzar la carretera, atravesar un campo sembrado, que estaba recién regado. Cruzar una acequia y una vez en la vía, encender la linterna haciendo señales hasta el puesto, para así que sus compañeros pudieran verlo.
Esas fueron las novatadas más imaginativas. La mía fue sencillita, sobretodo porque Castaño me había avisado. A las cuatro de la madrugada, Paulino, el coordinador del grupo, me mandó ver si las llevas de la puerta estaban puestas. Las llevas no estaban, de hecho nunca estaban. La broma consistía en que yo me pasara toda la noche buscando las llaves. Mi suerte fue que Castaño me explicó esa misma tarde lo de la inocentada. Por lo tanto, cuando Paulino me envió, yo estuve un rato haciendo ruido, haciéndome el preocupado, hasta que llegó un momento en que me metí en la sala de curas y me acosté en la cama que había.

A Bretones, que era muy asustón, le dieron la noche. A los aspirantes nos obligaban a acostarnos en la cama más próxima a la ventana. El puesto era de una sola planta, y la ventana del dormitorio muy grande y sin rejas. Cuando ya llevaba un buen rato dormido, otro de los de su grupo, con una sábana encima, se acercó a la ventana y dio un par de golpes. Su coordinador despertó a Bretones.

- Bretones, mira por la ventana que se escucha algo.

Cuando acababa de ponerse en pie, paso rápidamente de un lado a otro de la ventana el compañero con la sábana. Bretones se subió a su cama dando gritos En vista de que el "fantasma" lo seguía. Fue dando saltos sobre las camas hasta llegar a la primera, la de su coordinador, a quien se abrazó. Por supuesto todos se murieron de la risa Bretones desde aquel día, pasó más de un mes, que cuando pasaban de las 2 de la madrugada, cerraba cuidadosamente la ventana, por lo que pudiera pasar.
Al resto de los aspirantes simplemente les pidieron botellas de whisky, litros de cerveza y paquetes de pipas. No he bebido más cerveza ni he comido más pipas que en el tiempo en que estuve en el puesto. La mesa que teníamos en la sala de estar llegaba a llenarse por completo de cáscaras, y los litros se agotaban antes de ser abiertos.

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