Historias de la mili XXII: revisión médica.


El soldado que nos esperaba resultó ser muy simpático, se llamaba Pedrito, era muy alto y delgado, rubio, con unas entradas que llevaban camino de ser salidas, llevaba gafas.
- Hola, ¿sois el grupo de Granada?
- Los mismos.
- Pues vamos al jeep que lo tengo en segunda fila.
- ¿Te quieres ganar un dinerillo? – Preguntó el gitanillo.
- Pues claro, dime qué es lo que tengo que hacer.
- Sencillo, mi amigo, - dijo mientras cogía de los hombros a Tomé -, nunca ha estado en Sevilla, así que si nos das una vuelta por los sitios más turísticos, te llevas uno de estos. – Dijo sacando el fajo de billetes de dos mil pesetas.
Montamos en el jeep, era algo incómodo debido a la velocidad a la que Pedrito tomaba las curvas, tened en cuenta que en el jeep vas sentado de lado a la dirección de la marcha, así que la fuerza centrífuga te expulsa fuera del mismo, o hace que tiendas a caer de boca, pero estuvo bien el paseo. Pedrito no dejaba de parlotear. Según nos contó el estaba enchufado para la mili, con un antiguo compañero de su padre. Venía de una familia de militares, tanto su bisabuelo como su abuelo y su padre, militares de carrera. Todos ellos oficiales. Su madre, gran amante de la patria le había metido en la cabeza a Pedrito, que mejor que se dedicara a algo diferente, que no fuera militar. La razón era que temía que España volviera a perder una guerra. Su bisabuelo salió de Cuba, con la bandera de España en la mano, perdiendo la isla a manos de los norteamericanos. Su abuelo se encontraba entre los oficiales al mando en Sidi Ifni, también con consecuencias de pérdida de territorio para España. Su padre era médico, así que parece que por eso escapó de esa especie de maldición familiar. El caso es que después de tanto comerle la cabeza su madre, Pedrito optó por hacerse ingeniero de caminos, canales y puertos. A pesar de haber podido librarse de la mili, Pedrito quería como mínimo, jurar bandera, así que hacía algo parecido a una mili, pero con total libertad. Sólo tenía que hacer de chofer de vez en cuando, siempre fuera de la época de exámenes.
A todo esto, Tomé disfrutó mucho de su paseo turístico, no cerró la boca ni un instante, no sólo por la admiración que le producían la Giralda, la Torre del Oro y los demás sitios de interés de la capital hispalense, sino porque no dejó de comer galletitas y porquerías de las que había comprado.
- Pedrito, para en algún sitio para comprar comida. – Dijo el gordo de Loja.
- Eso está hecho, así me podréis invitar a una cervecita bien fría.
Paró en un centro comercial, mientras unos fuimos al bar, los gordos se fueron a comprar víveres. Llegaron bien cargados de comida de todo tipo, y también traían botellas de agua. Pedrito alucinó al verlos llegar.
- Sois unos profesionales. ¿Seguro que no pesáis lo suficiente para libraros? A ver si os vais a pasar, que se os ve ya muy blanditos. ¿Y esas dos mil pesetas por el paseo? – dijo mirando al gitanillo.
- Aquí las tienes.
- Pues venga, la siguiente ronda invito yo, - dijo Pedrito con una amplia sonrisa.
El camino hasta el cuartel donde pasaríamos la noche fue algo más que movido. Pedrito, por efectos del alcohol, iba aun más rápido, el jeep no dejaba de culear en cada curva. El gordo de Loja, algo más aprensivo y con el estómago lleno hasta rebosar empezó a sentir arcadas. Aun doy gracias a Dios por no estar sentado junto a él. Justo en frente estaba sentado Tíjola, quien se vio bañado de una masa de residuos de morcilla, chorizo, cerveza, galletas de todo tipo. El olor era insoportable. Del mismo asco, Tíjola también vomitó, encima de Tomé. Gracias a Dios, Tomé tenía un estómago a prueba de bombas, el próximo en ser bañado habría sido yo.
Ya en el cuartel, Pedrito nos condujo hasta un barracón que sería sólo para nosotros. L
o primero que hicimos fue ir a asearnos un poco. Más tarde fuimos hasta le comedor, donde olía a fritanga. Yo me quedé sin comer, solo tomé algo de fruta y un par de vasos de zumo de piña. Mientras tanto los otros se comieron unas cuantas fuentes de croquetas refritas, de palitos de merluza y de calamares. Según me comentó el cocinero, esa misma mañana habían sufrido un corte de luz, y había que consumir las cosas del congelador.
A la mañana siguiente sería el gran día. Pedrito, a quien le habíamos caído, muy bien quiso acompañarnos hasta el hospital militar. Una vez dentro, cada uno fue a un sitio dependiendo de la especialidad. Lo mío fue rapidísimo. Un oficial médico ya bastante mayor me recibió en la consulta.
- Usted es de Granada…- dijo mientras miraba mi expediente.
- Sí señor.
- Descúbrase.
Me quedé con el torso al aire. Empezó a tocar la cicatriz y me ordenó tumbarme en la camilla. Obedecí. Me ordenó hacer diez abdominales. Lo intenté, aunque no mucho, ya que estaba algo asustado por la herida.
- No puedo señor.
- A ti lo que te pasa es que quieres librarte, por eso no lo intentas.
- Señor se equivoca, en ningún momento he dicho que quiera librarme de la mili, yo entré voluntario.
Se quedó algo pensativo, tocándose la barbilla.
- Pues está bien, hará el servicio militar.
Me despedí y me fui en busca de los gordos. Esperaban su turno en una sala llena de gordos. Todos estaban comiendo al mismo tiempo, de forma rápida, muchos de ellos con la boca abierta. Era insoportable. Mis gordos salieron conmigo de la sala, fuimos dando una vuelta. Mientras caminábamos encontramos a Pedrito.
- ¿Habéis terminado?
- Yo sí, pero ellos aun no han sido pesados.
- Pues vamos fuera del hospital un momento.
Seguimos a Pedrito, una vez fuera empezó a mirar al suelo,
- Ayudadme
- ¿A qué?, - pregunté.
- Pues a buscar piedras. Os las metéis en los bolsillos, así aumentareis el peso. Si os dicen que vaciéis los bolsillos, las sacáis, no es delito llevar piedras en los bolsillos.
- Muy buena idea,- dijo el gordo de Loja sonriendo.
- ¿Y si bebéis mucha agua? Mientras no vayáis a mear, tendréis ahí el peso del agua.- Dije yo.
Así que cuando volvimos a la sala de los gordos, tanto uno como otro llevaban los bolsillos llenos de piedras, y no dejaban de beber agua. Sólo había un detalle que se nos escapaba, estaban tardando muchísimo en pesarlos. Tomé empezaba a hacer gestos inequívocos de estar meándose. El gordo de Loja cruzaba sospechosamente las piernas.
- Tío que me meo.
- Y yo, no puedo más, estoy que voy a explotar.
Pedrito, en vista del estado de nuestros gordos, les dijo.
- Por diez mil pesetas hago que entréis ahora mismo en la consulta.
Ninguno de nosotros tenía esa cantidad. Así que busqué por el hospital al gitanillo. Su sala de espera tampoco tenía desperdicio, allí se encontraban los muy pequeños y los muy altos. Daba la sensación de que el largo de Marbella había llevado a su hijo al médico. El gitanillo me dio las diez mil pesetas, y llegué a tiempo a la sala de los gordos. Pedrito entró en la consulta sin llamar a la puerta. Y poniendo el oido pude oír,
- ¡Primo un abrazo!, ¿quieres ganarte dos mil pesetillas?, es por hacer un favor a dos chavales, yo no me saco nada.
- Trato hecho.
La enfermera mandó llamar a nuestros gordos, se pasaron en mucho del peso que necesitaban alcanzar. Se libraron de la mili.
Nos encontramos con el largo de Marbella y con el gitanillo, también se habían librado, todos estaban eufóricos.
- ¿Dónde está Tíjola?
- No lo sé respondí. Iré a buscarlo, esperarme en el bar.
Tíjola tenía su consulta en el pabellón psiquiátrico. Cuando llegué a la consulta, estaba llorando.
- ¿Qué te pasa?
- No me he librado, he estado a punto, pero al final metí la pata. Lo había engañado, pensaba que era algo tonto, y cuando ya parecía que había firmado el papelito para librarme, dije en voz alta, - ¡Lo conseguí!, los he engañado.- El médico me miró, y me dijo,- otro que ha picado -. Había sido una trampa.

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