Historias de la mili XXI: un Manolo muy erguido.



¡Vaya pintas tenían los primos del gitanillo!, era lo que le faltaba a nuestro grupo para que toda la gente se volviera a mirarnos. No se trataba de que fuesen gitanos, que eso es algo que no llama la atención, al menos no en Granada, lo que realmente la llamaba eran las pintas, su modo de moverse, sus oros a flor de piel. Eran muy ostentosos, daban voces. Se sentaron en nuestra mesa,
- Estos son mis primos, el pájaro loco y el ganzúas. - Dijo el gitanillo.
- Hola, que hay. – Saludamos.
- Lo de pájaro loco está claro por lo que te lo han puesto, porque con esa tocha puedes destrozar cualquier madera.- Dijo riendo Tíjola.
No le faltaba parte de razón, el pájaro loco tenía una nariz de lo más generosa, tipo Antonio Carmona, el de Ketama. A esa nariz había que sumar que los pelos de la coronilla los llevaba de punta.
- ¿Y a ti porqué te llaman el ganzúas?,- dijo inocentemente el gordo de Loja mientras el largo de Marbella le daba un pellizco bajo la mesa.
- Pues porque lo mío es el arte. Me das una ganzúa y puedo abrirte lo que quieras. Pero vamos a lo que vamos, hemos venio a decirsus que como le pase algo a nuestro chiquitín os espera la sandokana.
- ¿Eso qqq…que es? – Dijo Tíjola algo nervioso.
- Esta es la sandokana. – Respondió el ganzúas con una navaja automática en la mano.
- No os preocupéis que a vuestro primo no le pasará nada, además, ya es grandecito como para que se traiga a los primos a cuidarlo. – dije yo.
- ¡Lo de grandecito sobraba! que me parece que eres un gracioso.
- Tiene razón primo, yo sé cuidarme, y estos amigos no se portan mal conmigo. Dame lo que te ha dao el tío Juan de Dios pa mi.
El pájaro loco sacó un fajo de billetes de dos mil pesetas, no sé cuánto dinero habría ahí, pero era una barbaridad. Todos hicimos un gesto como apartando la mirada de los billetes, pero sin dejar de verlos.
Por fin pasó el tiempo y pudimos entrar en el autobús que nos llevaría a Sevilla. Los asientos venían establecidos en el billete. A mí me tocó sentarme junto al gordo de Loja, me habría esperado un viaje de lo más aburrido, de no ser porque había preparado un libro, “Los renglones torcidos de Dios” de Torcuato Luca de Tena. Me lo había recomendado mi hermana Elena, que hasta la fecha nunca me ha decepcionado con sus recomendaciones literarias.
Cuando no habíamos pasado Lachar, se acercó a nosotros una monja,
- Muchachos, ¿podríais hacerme un favor?
- Claro que sí, díganos lo que necesita. – Respondí.
- Aquel es mi asiento, ¿os importaría cambiármelo? - dijo señalando a un asiento vacío algo más adelantado que el nuestro, junto al que había sentada una mujer despampanante, con pintas de ejercer la profesión más antigua del mundo.
- Será un placer poder ayudarla,- dijo el gordo de Loja mientras se levantaba.
La monja, que tendría ganas de discutir, me comentó algo sobe el título de mi libro.
- Dios no escribe con renglones torcidos, eso es una blasfemia.
- Hermana tiene usted toda la razón.
No me apetecía dejar de seguir las evoluciones de Alice en el psiquiátrico, así que apliqué esa máxima que dice, que para no discutir lo mejor es dar la razón y después hacer lo que te plazca.
Podía verse por las ventanillas del autobús esa especie de cabeza de indio boca arriba, así que iríamos por Antequera cuando escuché,
- ¡Pinos! - y unas risas.
- Pinos que el gordo de Loja está en plan ligón.
- Pues dejadlo, a ver si así se le va algo de su malafollá.
- Es que su amiga viene con sorpresa. – dijo el largo de Marbella sin poder contener la risa.
A todo esto, la monja estaba dormida, haciendo un ruido más propio de un tractor que de un humano.
- ¿A qué sorpresa te refieres? – dije yo.
- El gitanillo dice que la ha visto por su barrio, y que ahí en los bajos, donde tendría que haber un bollo, hay un cuarto de kilo de caña de lomo.
- Con lo que me gusta a mí la caña de lomo.- Dijo la monja.
El largo de Marbella y yo estallamos a carcajadas. Al oírnos, el gordo de Loja se volvió guiñándonos un ojo, como diciéndonos que había ligado. Provocando aun más risas. La que no comprendía a qué venía tanta risa era la monja, que estaba algo desconcertada.
- Casi mejor si lo dejamos hacer, de todas formas, en el autobús no llegará a nada. Para qué quitarle le ilusión.
Volví a mi libro, que me tenía atrapado en su lectura. Esa sensación de que a cualquiera podría ocurrirnos lo que le pasaba a la protagonista, hacía que te sintieses angustiado, y que no pudieras dejar la lectura.
Creo que fue a la altura de Aguadulce cuando se oyó un bofetón. El transexual había dejado sus dedos marcados en la cara del gordo de Loja.
- ¡Pa tocar hay que pasar por caja!- Escuchamos decir al transexual.
El gordo de Loja estaba más colorado por la vergüenza que por el bofetón, no podía ni articular palabra. Según nos contaría más tarde, el transexual no dejaba de insinuarse. El gordo de Loja pensó que había ligado, empezó a darle besitos en la mejilla hasta llegar a darle alguno en la boca. El transexual respondía favorablemente a los besos del gordo de Loja. Lo que no termino de entender es como no se pinchó con los besos en la mejilla. Hay muchos transexuales que no se les nota nada o casi nada, pero es que a este se le veía perfectamente la sombra de la barba. El caso es que se fue animando la cosa, puso la mano en la rodilla, y la fue subiendo mientras se besaban. En un momento dado el gordo de Loja se apartó y dijo,
- ¡Qué móvil más grande tienes!
- No es el móvil cariño, es mi Manolo.
- ¿Manolo?
- ¡Mi polla joer!
Cuando llegó a esa parte de la historia estábamos casi tirados por el suelo riendo. No hay que decir que hasta que nos separamos después de la Jura de bandera, cada vez que nos cruzábamos con el gordo de Loja le preguntábamos por Manolo.
Entrando en Sevilla pude oír a Tomé diciendo,
- ¡Qué grande es este pueblo!

Al bajar del autobús estaba esperándonos un soldado...

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