Historias de la mili XX: piropos.




Al salir del despacho del subteniente, los miembros del comando botiquín nos dirigimos a cambiarnos de ropa y vestirnos de civiles para realizar el viaje. Estaba prohibido ir por la calle vestidos de militares, así que si nuestro grupo ya era algo peculiar, sin la uniformidad, era aun más llamativo ver a un grupo de personas tan diferentes caminando juntos por la calle.
Mi atuendo era el normal de un estudiante de Derecho, pantalón chino, camisa y un jersey azul marino.
Tíjola llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta aun más ajustada de colores estridentes, de abrigo usaba una chaqueta de piel de color negro.
El gitanillo vestía unos vaqueros rotos y descoloridos, no por falta de dinero, sino por moda. Llevaba una camiseta con la cara de Camarón y una chaqueta vaquera.
El gordo de Loja vestía parecido a mí, pero con un jersey de de rombos y con una especie de cervatillos o renos.
Tomé me sorprendió, ya que llevaba una camiseta negra de Iron Maiden y unos vaqueros negros muy ajustados. De abrigo una chaqueta vaquera con una bandera de los estados de la confederación cosida a la espalda.
El largo de Marbella llevaba un polo de cuello alto, vaqueros y una chaqueta bomber.
Aunque el subteniente nos ofreció la posibilidad de que nos llevaran hasta la estación de autobuses, preferimos ir caminando. Así tendríamos oportunidad de comprar algo para el viaje y como no, ver mujeres.
Subimos la Ribera del Beiro y al llegar a la carretera de Jaén giramos a la izquierda. Caminábamos algo disgregados, no era como ir por el cuartel, allí nuestras diferencias se acentuaban. El vestuario hacía que nos sintiéramos diferentes. Yo caminaba en primer lugar, al fin y al cabo, era casi el único que vivía en Granada. El gitanillo cogió una moto que tenía aparcada frente al cuartel y se despidió de nosotros hasta que llegara la hora de montar en el autobús.
Tomé no se separaba de mi lado, estaba asustado. Granada distaba mucho de ser su medio habitual.
Había algo en lo que coincidíamos, todos girábamos la cabeza cuando nos cruzábamos con alguna mujer guapa. Estábamos muy salidos, supongo que es la consecuencia de pasar el día entre hombres. Cada vez que veíamos a una mujer, reaccionábamos como el que vaga por el desierto y se encuentra con un oasis. Menos mal que estábamos en pleno invierno, de estar en primavera, con minis, camisetas ajustadas, escotes de vértigo… nos da algo malo.
Tíjola resulto ser todo un maestro del piropo.
- ¡Qué no me entere yo que ese ccc…cu…culito pasa hambre!
Nosotros nos reíamos, no tenía ningún tipo de complejo por su tartamudez, y tenía mucha gracia al atrancarse diciendo los piropos. Alguna mujer ya algo madurita hasta se daba la vuelta y esperaba para que Tíjola tuviera tiempo de decirselo entero. Alguno era realmente largo,
- ¡Viva la madre que ppp…pa…parió al labraor que recogió los tomates que se ccc.co…comió el ccc…cu…cura el día de tu bautizo!
Los piropos del largo de Marbella eran algo más brutos…
“Si tú me amas y yo te amo,
porqué no nos amamos
por donde meamos”.
El gordo de Loja también se animó con alguno…
- “Dios debe estar despistado, porque los ángeles se le están escapando del cielo”.
- “¡Dime cómo te llamas y te pido para los Reyes!”
Por supuesto llegó un momento en que la belleza de la mujer a la que se dirigían los piropos era lo de menos. De hecho tenía más gracia decírselos a las más viejas y menos atractivas, ya que eran mucho más simpáticas a la hora de recibirlos.
Entramos en Alcampo, ya cerca de la estación de autobuses. Aquello era enorme, impresionaba en aquella época por sus dimensiones. Tíjola y Tomé alucinaban con aquello. Todos compramos alguna cosa. Yo compré algo de jamón y zumos de piña. Los gordos compraron mucho más. Galletas de todo tipo: de chocolate, rellenas de crema, de limón, yayitas… De cosas saladas, compraron algunas barras de chóped, salchichón, alguna morcilla. Todo pensando en coger esos últimos kilos que los libraran de la mili.

Una vez hecha la compra llegamos a la nueva y flamante estación de autobuses. Nos atendió perfectamente un belleza llamada Carmen.

Como quedaban más de tres cuartos de hora para la salida de nuestro autobús, entramos en la cafetería a tomar alguna cosa. Allí se nos unió el gitanillo, que llegó en compañía de algunos de sus primos, con sus medallones y sus cordones de oro…

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