Historias de la mili XVIII: ¡quién da más!


Ya estábamos más cercanos al acto de la Jura de Bandera, íbamos viendo acercarse el momento de dejar el cuartel. Se trataba de una nueva situación que había ido produciéndose muy poco a poco, esa situación, la de estar cercano a la Jura de bandera, hacía que los veteranos y los mandos bajos e intermedios, fueran tratándonos con más respeto.
Recuerdo una anécdota que pasó en esos días, estábamos camino de la cantina Tomé, el largo de Marbella y yo, en compañía del cabo primero, ese cabo primero pequeñito, con vocación. Pasábamos junto a la zona donde se encontraban los camiones, y nos hizo un gesto para que no hiciéramos ruido. Se acercó a uno de ellos con sigilo, nosotros lo íbamos siguiendo, cogió una barra metálica, parecía un trozo de de tubería de plomo, y se puso a golpear el lateral del camión. El ruido que formó era ensordecedor, comenzaron a salir soldados de dentro, todos estaban durmiendo. Contándolos, salieron un total de seis soldados de ese camión, y no era el único con “inquilinos”.
- Mi cabo… ¡a sus órdenes! ¿ha pasado algo?
- Vamos inútiles, sois peor que los vagabundos, sois ocupas de medio pelo.
A nosotros nos divertía mucho ver a esos mismos, que hasta hace un par de días intentaban putearnos, poniéndose en posición de firmes porque los habían pillado in fraganti en pleno sueño.
- ¡No os riáis que se os cae el pelo cuando os pillemos! – Nos dijo uno de ellos.
- Un respeto, que dentro de unos días serán como vosotros, y puede que alguno pronto esté por encima de vosotros, que sois la escoria del ejército español. De no ser porque mis amigos y yo tenemos sed y no tenemos dinero, no os libraríais de un buen arresto. ¿Se os ocurre alguna idea para no os arreste?- Blanco y en botella, más claro no se podía ser.
- Sí señor, casualmente nosotros también vamos a la cantina. Si usted nos lo permite, sería un honor para nosotros que usted y sus amigos aceptaran una ronda de nuestra parte.
Como pasaba con el barbero, en el ejército se cuidan mucho las formas, ahí no se extorsiona ni se hace chantaje, las cosas se hacen de tal modo que nadie pueda acusar a nadie, cuidando las palabras al máximo.
Sin duda, aquella invitación nos costaría cara, ya que esos vagos que amablemente nos invitaban, eran los amigos y compañeros de cantina del cabo Fernández. Todos pedimos lo que nos apeteció, recuerdo la cara de asombro del cabo primero al pedir Tomé. Un bocadillo de panceta con todo, lo cual incluía extra de panceta, rodajas de tomate, queso, dos filetes de lomo y un huevo frito. Además, y aprovechando que era de gañote, pidió un tercio de cerveza de las caras, no recuerdo la marca porque nunca he sido cervecero. En esos momentos llegó el cabo Fernández, quien acudió al rescate de sus amigos.
- Muy buenas, me han dicho que estos soldados ya veteranos van a tener que invitar a estos…- nos miró con desprecio.
- Soldados, cabo Fernández – dijo el cabo primero- vaya usted tratándolos con más respeto.
- Mi primero, si se trata de que alguno de ellos hace para usted algún tipo de trabajito especial, me quedo callado. A usted no se le conoce hembra, así que igual le gustan las tetas del enano gordito- dijo mientras pasaba su mano por encima del hombro de Tomé.
- ¡Tú eres un cipote! – dijo Tomé realmente enfadado, y si usted quiere, en la calle tenemos todos la misma graduación, y seré bajito, pero no soy tan mierda como usted que se escuda en los galones.
Aquello ya se había calentado demasiado, el cabo primero parecía divertido. Nadie se atrevía a plantarle cara al cabo Fernández, todos sabían que tenía unas amistades muy turbias en su barrio, Almanjayar. Además se trataba de un hombre muy corpulento que no se alejaba ni un instante de su navaja.
- Mejor si nos tranquilizamos un poco, - dije yo.
- De eso nada, que me tiene hasta los mismísimos este gorila medio gitano.
Corría por el cuartel el rumor, de que el cabo Fernández era medio gitano. Se contaba que su madre, una paya, se habría fugado con un gitano muy poderoso de Almanjayar, hablando claro, con el hijo de un traficante. El padre de la paya, su abuelo fue a por ellos y mató a su padre. Su abuelo fue encarcelado por asesinato, acusado por su hija, quien había criado al cabo Fernández, bajo la protección de su todopoderoso abuelo paterno. El cabo Fernández, a pesar de todo, les salió demasiado payo, demasiado amante de la ley. De hecho habría entrado en el ejército porque ese era un lugar donde la influencia de su abuelo no se inmiscuiría en su vida.
Os he explicado toda la historia, para que comprendáis la reacción del cabo Fernández. Se abalanzó sobre Tomé, al que le sacaba más de veinte centímetros. Pero no calculó bien, Tomé era como un marmolillo, no había forma humana de tumbarlo. Sin soltar el bocata de panceta, y sin que se le cayera nada, le dio una patada al cabo Fernández allí donde más nos duele a los hombres. Éste se encogió.
- ¿Me puede explicar alguien qué está ocurriendo aquí?
Nos quedamos helados, esa voz era la del teniente. Nadie sabía qué responder.
- No es nada, he tropezado mi teniente –dijo el cabo Fernández.
- Sí eso mismo mi teniente – confirmó el cabo primero.
El teniente, aun a sabiendas de que estaba siendo engañado, tuvo que aceptar la versión de los hechos que le habían dado. De pronto cambió su rostro cuando vio a Tomé comiendo su bocadillo extra de panceta.
- Tú debes ser de los gordos que intentáis libraros de la mili.
- Sí mi teniente.
- ¿Serías capaz de comerte cuatro como ese?- dijo señalando el bocata.
- Y cinco si se lo propone,- dijo el sargento, que tenía el don de aparecer en aquellos sitios donde se producía una apuesta.
- Permiso para hablar – dijo Tomé
- Concedido,- dijo el teniente.
- ¿Qué ganaría yo comiéndome cinco bocatas como éste?
- Tiene razón el chaval, apostemos en serio. Cinco mil pesetas la apuesta mínima.- dijo el sargento.
Yo aposté cinco mil, Tomé apostó diez mil. El sargento apostó veinte mil, frente a otras iguales por parte del teniente. Manolo, el de la cantina apostó diez mil. Manolo era el depositario de todo el dinero. Las apuestas estaban hechas, y se había acordado que Tomé debía comer cinco bocadillos de panceta extra.
Manolo pasó la comanda a la cocina,
- ¡Cinco extras de panceta estilo Tomé!
Tomé se lo tomaba con calma, tenía una hora para comerse los bocadillos. El sargento, que había que era capaz de comerse todo, le regañó cuando Tomé intentó pedirse cinco cervezas de las de tercio.
- No seas animal de bellota, deja sitio en el estómago para lo sólido, que lo líquido no te dará dinero.
- Deja tranquilo al muchacho, que haga lo que le parezca bien – decía el teniente.
Los tres primeros entraron como si hiciera un mes que no hubiera comido nada. El cuarto ya se resistió un poco.
- ¡Vamos a por el quinto! – dijo Manolo el de la cantina en el momento de servírselo.
- A éste la falta algo, - dijo mientras abría el bocadillo.
Manolo el de la cantina, que había apostado, quiso ponerle las cosas más fáciles a Tomé, y en ese quinto bocata no incluyó el lomo ni el huevo frito. El bocata volvió a la cocina a ser terminado.
Tomé se masajeaba la barriga, se le notaba como una piedra, maciza, parecía imposible que nada entrara en ella. Pero se trataba de Tomé, era cabezota, no perdía apuestas cuando apostaba con animales. Habría explotado antes de perder.
El último bocado lo empujó con los dedos.

Todos pensábamos que vomitaría, abrió la boca y dijo,
- Manolo, ponme de una puñetera vez el tercio que te pedí.
Nos ganamos un dinerito, y lo mejor de todo, con la cosa de la apuesta, al cabo Fernández se le olvidaron las palabras hirientes de Tomé.

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