Historias de la mili XVII: nos tomaron el pelo.



Una de las cosas características de la mili es el momento de pelarte. Todos hemos visto películas en las que los quintos van totalmente rapados, y la cosa como son, no causa el mismo efecto en las cabezas de Richard Gere o Tom Cruise, que en las de José Luis Ozores o Alfredo Landa. Nunca he sido presumido, pero lo cierto es que con dieciocho años, fastidia saber que te dejarán la cabeza como una bola de billar. No todas las cabezas soportan igual un rapado, sé por experiencia que yo pierdo mucho sin pelo.
Poco después de terminar la mili, mi hermano y yo compramos una máquina de pelar, aun la tiene él en su casa. Yo intenté pelarlo a él, pero fue un desastre…
Imaginaos la situación, en verano, los dos en el cuarto de baño, con una sábana vieja, a la que le habíamos hecho un agujero en el centro, para meter la cabeza.
- Jose, por los lados y por la parte de atrás que quede corto, y después por arriba le metes el peine más largo.
- Pues… ¿te parece bien el número dos?
- Enséñamelo. No, ese es demasiado corto, ese para la parte de atrás y los lados. Dame los otros.- sacó el más grande y me lo dio.
- Mira, este estará bien.
- Venga, métele caña.
Yo de manitas tengo más bien poco. Tampoco me caracterizo por ser muy cuidadoso con los detalles, así que le metí caña, como me había dicho mi hermano. Para eso es el técnico y el manitas de la familia. Y lo que es más importante, para eso ponía su cabeza.
Aquella máquina entró en el pelo de mi hermano, pero algo no iba bien. Yo había visto en los anuncios de la tele que todo quedaba parejo, y a mí no me estaba quedando parejo. No sé si dependerá de la inclinación con que metas la máquina. Me paré, miraba, hacía como que empezaba de nuevo, pero sin atreverme.
- ¿Pasa algo?
- No, todo va bien, sólo estoy calculando para no estropearte las patillas.- mentí como un bellaco, pero no me quedaba otra salida. Mi hermano siempre le ha tenido muchísimo aprecio a su pelo.
- Termina ya de una vez hombre, que hace mucho calor.
Como no veía otra forma de arreglarlo, quité el peine del número dos, y con la máquina sin peine, al cero, me empleé a fondo.
- ¿Ahora va mejor verdad?
- Sí, de maravilla. Mucho más rápido.
A sabiendas la que me esperaba en cuanto se diera cuenta de lo que estaba haciendo, disfruté como un niño con una piruleta. Estaba bien eso de ir pasando la máquina y ver como quedaba por fin todo parejo, sin pelo, pero parejo.
- ¿No le cambias ya el peine? Ten cuidado, te he dicho que por arriba no quiero que me quites tanto pelo.
Tanto no, se lo estaba quitando todo. Y se aproximaba el momento de ver mi obra concluida.
- ¡Ya estás pelado!
Mi hermano sacudió la cabeza, se dio cuenta de inmediato, no era para menos. Se acercó al espejo y aun no sé cómo reaccionó tan tranquilo.
- Ya sabía yo que me estabas haciendo algo raro. ¡Eres un …!
- Pues yo te veo muy bien. – algo tenía que decir en mi defensa.- Además, ahora vamos a la playa y estarás mucho más cómodo. Y dicen que el pelo se pone más fuerte cuando te rapas.
- Pues mejor, porque tu irás tan pelado como yo. Ahora te toca a ti, así que ponte la sábana en la cabeza que terminaremos en un santiamén.
Estaba la cosa como para negarme. Me puse la sábana y mi hermano me rapó.
- Diego, ¿a que está chulo ver cómo va quedando al descubierto el cuero cabelludo cuando pasas la máquina?
- Sí, mucho.- dijo mientras no dejaba de reír.
Al día siguiente, fuimos con mi padre a Playa Granada, donde ya estaban mis hermanas y mi madre. No podré olvidar las caras de mis hermanas cuando nos vieron bajar del coche. Era una expresión entre la pena y la vergüenza. Parecíamos tontos, los dos cabezones, y grandes, con esas cabezas…
Algunas personas pensaban que mi madre o alguna de mis hermanas eran famosas, ya que paseábamos por la playa con ellas, uno a cada lado de mi madre, con nuestras gafas de sol y nuestros peinados. No es necesario aclarar que no nos comimos una rosca.
Volviendo a la mili, que ya me he distraído bastante, os contaré mi experiencia con el pelado. Si no me equivoco, al segundo día nos llevó el cabo Fernández. Nos dispuso en una gran fila y empezaron a entrar para el barbero. Se acercó por allí un veterano.
- ¿Lleváis algo de dinero?
- Claro, algo llevamos.
- Pues si no queréis que el barbero os deje la cabeza como un melón, le tenéis que dar al menos doscientas pesetas.
- Pero si el ya cobra del ejército,- dijo el gordo de Loja.
- Pero el ejército le paga para que os deje rapados.
- ¿Hay que dárselas antes de que te pele?
- Claro, pero no se las des a él.
- Tú eres un listo que te quieres quedar con nuestro dinero, ahora nos dirás que te lo demos a ti.- dijo el Antequerano.
- No hombre, me refiero a que si se lo dais a él, lo pueden despedir. Tenéis que dejar el dinero en el mostrador, disimuladamente.
- ¿No se conforma con veinte duros?- dijo Tomé.
- No doscientas.
Estuvimos entretenidos charlando con el veterano, y después entre nosotros mismos, sobre la conveniencia o no de darle el dinero al barbero. Al final todos picamos y pasamos por caja. Yo entré, miré al barbero para asegurarme de que él me veía bien, dejé las doscientas pesetas en el mostrador, y me dejé pelar convencido de que era muy listo y afortunado, al haber hablado antes de entrar con el veterano.
A los dos días bajó el teniente a pasar revista. Fue acercándose a unos y otros, dando instrucciones sobre el uniforme y el modo correcto de llevar cada pieza del mismo. Así mismo repasaba las barbas, y lo que fue peor, el pelo.
- A ver si acierto. Un soldado veterano les dijo que pagaran algo de dinero al barbero. Y ustedes que son muy listos y muy hombres de mundo, ¡cayeron en la trampa como perfectos imbéciles! Mañana quiero que vengan pelados, bien pelados, de forma que cuando se pongan la gorra, no sobresalga nada de pelo.
Esa tarde los barberos de la zona hicieron una buena caja. Pagamos dos veces por un rapado. Todos excepto el gordo de Loja, que expresamente le dijo al barbero del cuartel que él quería un rapado castrense, y al final, a pesar de las risas de algunos, entre quienes me incluyo, cuando lo vimos salir sin pelo, fue el único que obtuvo un rapado, pero ahorrándose el precio de dos pelados.

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