Historias de la mili XVI: vacunas.





Ha venido a mi memoria esta mañana un chaval bastante curioso, Ramón de Adra. Bajito y muy corpulento, de cuello corto y grueso, de constitución muy fuerte. Con un cuerpo que parecía especialmente diseñado para realizar las labores del campo. No muy bien parecido y de rasgos duros. Se trataba de un chaval amante de El Cabrero y del flamenco en general, muy noble y de sentimientos muy profundos.
No se trataba de uno de los miembros del comando botiquín, lo conocí el día que fuimos a vacunarnos. Aquel día los del comando botiquín fuimos muy bien acompañados, pues fuimos con todos los reclutas de nuestro llamamamiento. Si no me falla la memoria, creo que ese fue el único día en que no nos sentimos apartados del resto.
El cabo Fernández tampoco lo olvidará, pues le costó una buena reprimenda del sargento. Imaginaos, unos trescientos o cuatrocientos reclutas, bien formados en unas cinco o seis filas. Ocupábamos una buena extensión en cuanto a la anchura. Fuimos siguiendo escrupulosamente las órdenes del cabo Fernández, que ese día andaba algo más enfadado que de costumbre. Nos ordenó marchar, después nos dirigió hacia la puerta que daba paso al cuartel de los Mondragones, que era estrecha. Dado el poco cariño que le teníamos, y sin planificarlo, creo que salió de dentro de todos y cada uno de nosotros, cuando ordenó seguir de frente, obedecimos al pie de la letra, es decir, sólo pasaron la puerta quienes estaban perfectamente alineados con ella, los demás fuimos marcando el paso, sin movernos, pues dimos con el muro de frente. El cabo Fernández comenzó a dar voces destempladas, insultando a unos y a otros, nosotros disimulábamos la risa. Llegó el sargento, y al ver aquello, en un tono muy suave dijo,
- Cabo, está usted arrestado.
- Pero mi sargento yo…
- No replique, es usted un inútil total. Tiene una buena cabeza, pero seguro que ni con ella sería usted capaz de atravesar ese muro. ¿Qué le hace suponer que las cabezas de los reclutas a su mando pueden lograrlo?
Hay que reconocer que tuvo un momento muy bueno el sargento. Alguno acompañó al cabo Fernández en el arresto, pues se hizo imposible contener las risas.
Entramos en el cuartel de los Mondragones y allí fuimos al botiquín, que era como nuestra casa. Estábamos mezclados, nos dispusieron en una fila de a dos, junto a mí estaba Ramón, el chico de Adra de quien os he hablado al principio. Delante tenía a un medio gigante de Motril, se llamaba Paco, aunque allí era conocido como el Gran Pálido, debido a su tamaño y al ron que se hace en su tierra. El Gran Pálido era lo que se denomina un hombre duro, cazador, bastante machista, de derechas, buena persona y bastante bruto. Tenía una gracia natural que hacía que cayese bien a casi todo el mundo, y que no pasara desapercibido nunca. Ramón era todo lo contrario en ese sentido, muy callado, siempre intentando pasar desapercibido, de hecho esa fue la primera vez que hablé con él.
- ¿De dónde eres?- dije,
- De Adra.
- Nunca he estado allí.
- Está bien, somos algo brutos, pero está bien. Allí tiene mi padre unos bancales con invernaderos, y estamos sacando dinero bueno.
- Supongo que tenéis aquello lleno de moritos y negros para que trabajen en los invernaderos.
- No, allí no queremos que venga nadie de fuera. Eso es en El Ejido, nosotros nos ayudamos los unos a los otros y así no necesitamos mano de obra de fuera. No queremos que se nos llene el pueblo de gente de fuera.
Me fijé y vi que tenía las manos, de quien ha trabajado en el campo desde que era niño, duras, ásperas y callosas.
La fila iba avanzando. Los encargados de ir vacunándonos eran el comandante médico, su ayudante y el imbécil de Celso. El Gran Pálido se dio la vuelta y me dijo,
- Pinos, tú no te separes de mi ¿vale?
- Vale, vale – dije yo sin darle mucha importancia. Volví a hablar con Ramón el de Adra.
- Supongo que te dedicas a trabajar en el campo con tu padre.
- No, yo estudio. Este año empiezo Derecho.
- Pues ya somos dos en Derecho.
Nos dimos las manos y pude comprobar lo duras que las tenía. Me miró riendo y me dijo,
- Las mías no están duras, yo aun tengo que meármelas mientras trabajo en el bancal. El que las tiene realmente duras es mi padre. ¡Es más bruto! Mi padre se crió en un cortijo de las Alpujarras, siempre lo ha hecho todo a lo bestia. Recuerdo que en una ocasión, fuimos a pasar un fin de semana con mis tíos, en una casita que alquiló en las Alpujarras. En la casa, que era de esas rurales, había pollos y gallinas. Pues no teníamos carne para hacer el arroz el domingo, así que le dijo a mi madre que él se ocupaba. Cogió un pollo, mi tío le decía que le diera un corte en el cuello, pero como es tan bruto, le arranco la cabeza, se le escapó y el pollo empezó a dar vueltas soltando sangre por el cuello. Mis hermanos y yo, acostumbrados a lo que son capaces de hacer sus finas y delicadas manos, nos pusimos a reír intentando pillar al pollo. Mi prima no dejó de llorar en todo el día. Hasta de psicólogos estuvo, es que la pobre estaba criada en la capital.
Sin quererlo, Ramón había logrado que a su alrededor, todos estuviéramos riendo de sus historias. La cola seguía avanzando y el Gran Pálido volvió a decirme.
- Pinos, estate pendiente de mí. Dime, ¿quién es el más bueno de los tres?
- Pues…supongo que el ayudante del comandante médico, pero seguro que hace el mismo daño con quien te toque.
A esas alturas de la cola ya teníamos la guerrera y le jersey quitados y la camiseta de manga corta remangada por encima de los hombros. Nos pusieron dos o tres vacunas, por eso llevábamos descubiertos los dos brazos. Yo volví a hablar con Ramón, era divertido.
- ¿Cómo es que no tienes mote?
- Pues como hablo poco, ni se han fijado en mí para ponerme un mote. Y menos mal, a los de Adra nos llaman legañosos.
- ¿Por qué?
- Pues al parecer hubo una enfermedad que hacía que todos estuvieran con los ojos pegados, al parecer por no lavarse mucho. Y allí nos lo tomamos muy mal. En una ocasión vino al pueblo el Cabrero, mi padre estaba en la peña flamenca y pidió que lo trajeran, porque aunque ahora no aguanta al Felipe, siempre ha sido de izquierdas. Pues el tío cara dura, cantó un par de fandangos, de esos suyos sobre la naturaleza y el campo. Se puso en pie y dijo que terminaba, que ya era bastante. La gente le pidió que cantara más y no quiso. Empezaron a gritarle y a decirle que era un sinvergüenza. Se acercó al público y les gritó “¡Callaros legañosos de mierda! No sois capaces ni de lavaros la cara”. Tuvo que salir escoltado del pueblo porque lo mataban a palos.
Otra vez todos estuvimos atentos a la historia de Ramón, que se ve que era de los que no hablan, pero que cuando se sueltan lo hacen a lo grande.
Ya iba tocándonos ser vacunados, el Gran Pálido no dejaba de volverse para comprobar que estaba detrás de él. Cuando se las prometía felices, porque parecía que le tocaría con el ayudante, terminó el comandante médico y tuvo que irse a que lo vacunara. El Gran Pálido se puso a temblar, parecía que le flaqueaban las piernas. El comandante médico le aplicó un algodón con alcohol en los hombros, sacó la aguja, y conforme la veía el Gran Pálido se puso a llorar mientras decía,
- Usted no me pinche, que tiene cara de mala leche. Que yo no he hecho nada malo, no me pinche, que seré bueno.
- Usted tranquilo, que intentaré no atravesarle el brazo.- dijo el comandante médico con mucha sorna.
Mientras clavaba la aguja le iba diciendo,
- ¿Ve usted como ni se entera de que se la clavo?
El Gran Pálido miró a su hombro y vio como la aguja le había atravesado la piel, y justo en ese instante cayó redondo al suelo. Pude cogerlo lo suficiente como para que no se golpeara la cabeza. El comandante médico no dejaba de reír, nadie dejaba de reír. Tanto reíamos que no teníamos ni fuerzas para levantarlo del suelo. Lo apartamos a un lado, y nos mandaron a Ramón y a mí cuidarlo. Le dimos aire y se fue recuperando, su cara volvió a coger algo de color, por unos momentos realmente se había quedado pálido.
Cuando hubieron terminado de vacunar a todos, nos tocó el turno a Ramón y a mí. A Ramón lo vacunó el ayudante, a mí me vacunó en enano de Celso. El muy cabrón me clavó las agujas como si estuviera poniendo banderillas en una corrida de toros. No le di la satisfacción de gritar ni de desmayarme. Por fortuna el comandante médico pudo verlo y le dijo,
- Banderillero, puede usted darse por arrestado.
Sonreí mientras iba a la cantina en compañía de Ramón de Adra y el Gran Pálido, dos nuevos amigos.

Entradas populares de este blog

Age quod agis

En memoria de Antonio Espinosa, un amigo

Escribir es una historia de superación