Historias de la mili XIX: el radiador.




Podía percibirse en el ambiente que ya iba quedando muy poco tiempo para dejar el cuartel. Una vez pasado el trámite de la Jura de bandera, cada cual iría a su destino, y seguramente no volveríamos a vernos las caras nunca más. Pero antes de la Jura nos quedaba una visita de gran importancia para los miembros del comando botiquín, se trataba de nuestra cita con el Hospital Militar de Sevilla.
Aquel fue nuestro último día en el botiquín médico del cuartel de los Mondragones. Fuimos pasando uno a uno, el comandante médico me cogió por los hombros a modo de despedida, gesto que en un militar es muy poco habitual, ya que los saludos están perfectamente reglados, y eso de coger los hombros y dar un medio abrazo no está contemplado entre los saludos militares.
- Le deseo mucha suerte soldado.
Me llamó soldado, eso me llenó de orgullo, es como cuando a un torero le llaman torero. Técnicamente se te empieza a llamar soldado una vez jurada la bandera, pero el comandante médico me mostraba su aprecio llamándome soldado.
Cuando terminamos de pasar por el botiquín el comandante médico nos invitó a una cerveza en la cantina. Ese día ya tenía que ir cargadito de Machaquito, ya que se le soltó la lengua con la segunda ronda.
- No seáis capullos. Vosotros no tenéis nada que hacer. – dijo señalándonos a Tíjola y a mí.- Pero ustedes lo tienen en sus manos, mejor dicho, en sus bocas. – dijo riendo mientras miraba a los gordos.
- Pero ya no nos quedan días para comer y engordar más. Mañana tenemos que estar en Sevilla y nos pesarán. Lo que no hayamos engordado, no lo pillaremos en un día. – dijo el gordo de Loja.
- Pues yo por si acaso no pienso dejar de comer. – dijo Tomé mientras daba un buen mordisco a una palmera de chocolate.
- Ahí vale todo, no seáis unos capullos remilgados. Tened algo imaginación.
- ¡Comando botiquín! ¡Fiiiirmes!.
Se trataba del cabo Fernández. Nos quedamos mirándolo sorprendidos, nadie nos llamaba así, eso era una broma entre nosotros.
- No os sorprendáis, aquí se sabe todo. Vamos a la oficina del Subteniente, os tiene que dar los pasaportes militares.
Tomamos el último sorbo de nuestras bebidas, nos pusimos en pie y seguimos los pasos del cabo Fernández. Éste ya ni siquiera hacía que fuésemos en perfecta formación, caminábamos a su lado, como si de un grupo de amigos se tratara.
- ¿Os fían en la cantina? Preguntó el cabo Fernández.
- Pues ahora que lo dice, Manolo me ha dicho que ya hay que pagar por adelantado. – Dijo Tíjola.
- Pues a mí si me fían. – dijo Tomé.
- Y a mí, - dijo el gordo de Loja.
- Es normal – respondió el cabo Fernández – cada vez que entrabais vosotros en la cantina Manolo hacía tocar la campanilla para que en la cocina estuvieran especialmente atentos a todos vuestros pedidos.
Todos nos pusimos a reír, era cierto, debía ser incontable la cantidad de bocadillos y de bollería que se habían comido nuestros gordos. Manolo el de la cantina, ya sabiendo la hora aproximada en que llegábamos todas las mañanas, les tenía preparadas un par de raciones de patatas bravas, que les sacaba mientras les llegaban sus primeros bocatas. Eran insaciables, se habían tomado su labor de engordar al máximo, al pie de la letra, sin consideraciones de salud.
El cabo Fernández llamó a la puerta.
- ¡Adelante!. – Era la voz del soldado Torres, quien nos recibió con una gran sonrisa. – Pasad, pasad, ya os tengo preparados los pasaportes militares. A los gordos y al largo de Marbella os he hecho un par de ellos a cada uno, cuestión de tamaño.
- Torres deja de decir chorradas que aun me debes cinco mil pesetas de la última apuesta.- Dijo Tomé.
- Está bien, no te enfades mi “gran” amigo. Pasad a ver al subteniente, que os quiere entregar los pasaportes personalmente.
Entramos en el despacho del subteniente, quien tenía grandes ojeras. Al vernos pasar sonrió levemente y nos hizo un gesto para que os acercáramos hasta su mesa. Nosotros pasamos con nuestra gorra en la mano izquierda y saludamos correctamente, creo que esa era la primera vez que lo hacíamos todos al mismo tiempo y de modo correcto.
- Por fin van ustedes aprendiendo algo más que hacer y propiciar apuestas, - dijo el subteniente mientras miraba a Tomé con cara de reprimenda. – Llevo un par de noches sin pegar ojo, a mi Brígida le ha dado por cantar por las noches, ni a García me deja oírlo. La pobre pasa todo el día con las molestias, rascándose, mirándose la pierna. Gracias a Dios y a ustedes que adoptó a Franquito, que la alivia lamiendo sus dedos, y así logra mitigar algo sus tremendos picores.
- Pero… ¿le ha ocurrido algo a su señora? – Pregunté intrigado.
- ¿Algo? Ella se pasa el día jugando con Franquito, lo sigue y lo persigue de un lado para otro. Resulta que hace dos días, mientras buscaba a Franquito no alcanzaba a encontrarlo, empezó a preocuparse, y como es así de nerviosa, pues empezó a correr de un lado para otro de la casa gritando ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!, si hasta tuvimos un disgusto con un vecino que es algo rojillo.
- Es que a doña Brígida solo le faltaría llevar el brazo levantado. Dijo Torres.
Todos empezamos a reír, y así estuvimos un buen rato, imaginando la situación y la cara que tendría el vecino del subteniente.
- Les sigo contando, - dijo el subteniente mientras estábamos con los últimos estertores de la risa. – Resulta que oyó al pobre Franquito, se puso a buscar y lo halló escondido bajo uno de los radiadores de la casa. El perrito estaba jugueteando con alguna cosa que había encontrado y se había metido ahí debajo para que no le quitaran su tesoro. Como mi Brígida es tan impaciente, metió la mano dentro, pero Franquito se escabullía, y ella no llegaba a cogerlo. Ya con más ímpetu, metió todo el brazo, con tan mala fortuna que se tambaleó todo el mueblecito cubre radiador. Ese debía andar un poco cojo, al darse cuenta la pobre Brígida intentó levantarse con rapidez, pero no le dio tiempo a esquivar la piedra de mármol que hay sobre el radiador. El golpe le dio de lleno en el pie, llegando a romperle dos dedos.
- Uuuuyy.- Creo que todos hicimos ese mismo gesto de dolor al escuchar lo de la piedra de mármol sobre los dedos de doña Brígida.
- ¿Cómo se encuentra ahora?
- Pues a la pobre la llevaron a urgencias. Le pusieron un yeso que le llega casi hasta la rodilla. Y ahora tiene muchos picores y muchas molestias. Como es así, pues se empeñó en frotarse la pierna con una estampita de Fray Leopoldo de Alpandeire, y la estampita se le quedó dentro. Después se dio con una estampita de la Virgen de la Estrella, y le pasó lo mismo. La última vez que la vi andaba maniobrando con una aguja de hacer punto, intentando rascarse. Los picores le causan una gran angustia.
- Pues no sabe cuánto lo siento mi subteniente. Si podemos hacer algo por usted… - dije yo.
- Nada muchacho, nada. Ustedes ya han hecho bastante. Mi único consuelo es que Franquito le da mucho consuelo a mi santa esposa, hasta en la cama se lo mete. Y no crean que es muy agradable, que eso de tener a Franco metido en la cama impone más de lo que puedan imaginar. Pero bueno, vayamos a nuestras obligaciones. Torres, vaya repartiendo los pasaportes militares. Ustedes no olviden que representan a nuestra unidad, que mi buen nombre está en sus manos. Sé que se comportaran como buenos soldados, mucho mejor que esos sevillanos de …
Nos dio un abrazo a cada uno de nosotros. Mientras me lo daba, me dijo al oído,
- Usted cuide de sus compañeros.
- Sí mi subteniente, no se preocupe, así lo haré.
Cuando nos despedimos pude ver de nuevo al subteniente, sus ojeras, su cara cansada por el paso de los años, y unas lágrimas queriendo aflorar.

Entradas populares de este blog

Age quod agis

En memoria de Antonio Espinosa, un amigo

Escribir es una historia de superación