Historias de la mili XIV: Conguita vs Boquerona.


En la mili, como ya he dicho en alguna otra ocasión, se reúne gente de todo tipo. La gran mayoría de esas personas tiene un nivel cultural muy bajo, y además se da el caso de que para su mili pasan ahorrando una buena temporada.
Esos factores hacen que en la mili, se realicen actividades de lo más variado, que suelen tener como elemento común, las apuestas.
En aquellos momentos en que yo andaba ocupado jugando al futbolín, o bien escribiendo apasionadas cartas dirigidas a mujeres que jamás llegaría a conocer, otros de mis compañeros del comando botiquín realizaban otras actividades.
Allí se apostaba por todo. Famosas fueron las carreras entre el gordo de Loja y Tomé, por ver quién de los dos terminaba antes un bocadillo de panceta, huevo frito y rodajas de tomate. En esas carreras solía ganar Tomé, quien se embolsaba un buen dinerito que reinvertía en su exigua alimentación.
Cambiando un poco de tema, permitidme que haga un pequeño paréntesis, para comentaros algo sobre Tomé. Tomé que siempre llevaba consigo un buen fajo de billetes por si algo sucedía. No se fiaba mucho de los bancos. Por si no fuese bastante con eso, aquél año adelantó la matanza. Pocos petates habrán pesado tanto como el de Tomé el día que regresó de su pueblo tras hacer la matanza. Trajo de todo en cantidades industriales; chorizos, morcillas, tocino…
Trajo tantas cosas y en tanta cantidad que se vio forzado a mostrármelo. Resulta que toda esa cantidad de alimento ligero y saludable no cabía en su taquilla. Dado que yo estaba a dieta, no podía comer nada de grasa, pues nadie más fiable para pedir un favor como ese. Me pidió que le dejara parte de mi taquilla para guardar su comida. Por su puesto yo se la dejé. Me sirvió para mantenerme más entretenido, ya que continuamente tenía que ir con él hasta mi taquilla, para que cogiera una morcillita, un choricito o un buen trozo de tocino, que contribuyeran al fin perseguido, librarse de la mili.
Volviendo al tema de las apuestas, he de decir que Tomé era todo un lince. Siempre apostaba sobre seguro, generalmente con algo de trampas. Habría sido un gran mafioso. Sabía, por ejemplo, el modo de invertir mil pesetas en el más rápido haciendo carreras, para así asegurarse de que ese día no llegaría el primero.
Sin duda, la actividad en que más destacó Tomé fue en el entrenamiento y explotación de animales. En concreto de un animal, Conguita. Conguita era negra, más grande lo habitual, debido a su buena alimentación, y tenía dos largas antenas. Se trataba de la cucaracha más cuidada de la historia.
Lo de las carreras de cucarachas ya era tradición antes de que llegáramos nosotros. Tomé vio en ello un modo sencillo de ganar algo de dinero. Un buen día me dijo.
- Tú entras todos los días en la cocina, ¿verdad?
- Sí.
- ¿Te has hecho ya amigo de alguno de los de la cocina?
- Claro, de Atas.
- ¿Atas?, ¿eso es un nombre?,
- Más o menos, viene de su verdadero nombre, Atanasio.
- ¿Le interesaría a tu amigo ganar unos dinerillos?
- Seguro que sí. Pero no seas bribón, ya tienes comida para un año entre tu taquilla y la mía.
- No se trata de eso. Ya te contaré. Preséntamelo hoy.
Cuando llegó la hora de comer, pasé a Tomé conmigo dentro de la cocina. Se le quedaron mirando, ya que están acostumbrados a que muchos se quieran hacer amigos de ellos, para así lograr comida buena y en abundancia.
- ¿Quién es el nuevo?
- Es mi amigo Tomé. Acércate un momento Atas.
Atas era grande, alto y gordo, posiblemente de haberse pesado más tarde habría podido librarse. Estaba ya a falta de poco más de un mes para terminar la mili. Según me habían contado otros, cuando llevaba unos tres meses de mili, su novia lo llamó por teléfono al cuartel, para decirle que se había enamorado de su mejor amiga. Desde entonces, empezó a comer como un animal, hasta ponerse como estaba en aquellos momentos, su gordura no tenía nada que envidiar a la de Tomé, con la diferencia de que Tomé era unos 30 centímetros más bajo.
- Dime – dijo Atas
Tomé
no dejaba de mirar por los suelos,
- Aquí tendréis cucarachas
- Y ratones, y hasta ratas- dijo Atas riendo.
- Puedo dar fe de ello.- dije yo.
- Si me ayudas a pillar una que sea buena, compartimos al 20/80 en lo que saquemos de las apuestas.
- Que sea el 25% para mí y tú te encargas de todo.
- Trato hecho
Se dieron la mano y se pusieron a buscar cucarachas. Fue muy divertido verlos correr detrás de ellas. Corrían algún mueble y de detrás salían cientos de cucarachas. Cogieron unas quince o veinte. Tomé se despidió con ellas en un bote de cristal con la tapa agujereada. Aun tenía que probarlas para ver cuál era la más rápida.
Atas volvió junto a mí, aun sin haber recuperado la respiración.
- Vamos a la cámara, cogemos algo de pechuga y te la hago a la plancha.
El tío marrano ni se había lavado las manos, y después de verlo coger cucarachas a puñados, alguna incluso la había espachurrado sin querer, pretendía que yo comiera algo hecho por él.
- Déjalo, hoy no tengo hambre.
Ese día me quedé en ayunas.
En los días sucesivos Tomé fue haciendo su selección. Al final se quedó con cinco cucarachas. Con ellas empezó a competir. Perdió alguna carrera. Pero una de ellas no perdía nunca, se trataba de Conguita.
A favor de Tomé hay que decir que no dejaba de darle de comer y de tenerla descansada. Para él se trataba de su mejor caballo de carreras, y como tal la mimaba. Todas las migas de sus bocadillos eran para Conguita. Cuando se pedía un café, dejaba caer algo en el plato, para que se lo comiera Conguita. Al final Conguita se convirtió en una súper cucaracha. Nunca perdía.
Yo no solía ver las carreras de cucarachas. Y tampoco me acercaba mucho a Tomé la hora de tomar un cafelito. Siempre he sido algo delicaillo, y esos animales tienen la facultad de cerrarme el estómago.
En las carreras había dos campeonas, Conguita, y también otra con la que no se había enfrentado, Boquerona. Que era de un chaval de Málaga, ya veterano. Hasta entonces había ganado todo, y no estaba dispuesto a consentir que un recluta, como Tomé, le arrebatara el honor de ser el campeón de cucarachas.
Todos en el comando botiquín apostaron por Conguita, exceptuándome a mí, que no apostaba. En realidad esas apuestas fueron enormes. Los reclutas apostaron por Conguita, mientras los veteranos lo hicieron por Boquerona. Por una vez los reclutas veían la posibilidad de mojarle la oreja a aquellos veteranos que siempre intentaban humillarnos.
La carrera dio comienzo. Conguita salió muy rápida, pero Boquerona le dio alcance en cuanto el malagueño le dio en el culo con la punta de un cigarro encendido. Todos utilizaban esa técnica, las quemaban un poco. Tomé no llegaba ni a tocarla, al sentir el calor Conguita solía correr como llevada por el diablo. Pero aquella carrera las cosas no parecían ir como de costumbre, Conguita no reaccionaba, estaba como dormida. Terminó ganando la carrera Boquerona, ante la decepción de todos los reclutas del cuartel.
Al día siguiente, al entrar en la cocina, me encontré a Atas muy contento.
- ¿Por qué estás tan contento?
- Pregunta a tu amigo el cateto.
- ¿Tomé?
- Menudo es tu amigo, - dijo mientras reía.
Le pregunté a Tomé, quien antes de empezar a contarme nada sacó de su bolsillo un billete de cinco mil pesetas y me lo dio.
- Tu amigo Atas me dio un aviso ayer antes de la carrera. Me dijo que si Conguita ganaba iba a estar haciendo letrinas hasta el día del Juicio Final.
- ¿Cómo lograste que perdiera?
- Eso es secreto.
- ¿Entonces Atas apostó por Boquerona?
- Claro, los dineros no entienden de amigos. Yo también aposté por Boquerona y me gané una pasta.
- Pues enhorabuena, os ha salido bien la jugada.
- No tanto, he perdido la gallina de los huevos de oro.
No llegué a saber que le hicieron a la pobre Conguita, lo cierto es que no llegó viva al día siguiente. Tomé no volvió a entrenar cucarachas. Era el hombre más pragmático que había conocido, por eso sacrificó a Conguita, pero estoy seguro de que en el fondo, la causa de no volver a entrenar otra cucaracha, fue la pena que sintió al perder a su Conguita.

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