Historias de la mili XIII: beau geste.



La pequeña bola corría y yo estaba concentrado en darle fuerte para que entrara en la portería contraria. Tampoco dejaba de lado el tema de Frasquito, curioso nombre para un perro. Distraído en mis pensamientos y en el juego, no me di cuenta de que llevaba ya unas cuantas partidas de futbolín. Para quien no haya jugado, o no lo haya hecho de modo competitivo, pues no supondrá nada especial, pero el caso es que jugando al futbolín, si se hace de un modo rápido e intenso, se queman muchas calorías. Eso tiene una clarísima consecuencia, se produce sudor. Si da la casualidad de que un rato antes un cachorrito te ha meado encima, pues empiezas a desprender un olor bastante desagradable, nauseabundo diría yo. El olor penetrante invadió mi nariz, no solo la mía. Por el juego pude notar como los otros tres jugadores intentaban terminar lo antes posible esa partida. De pronto el sargento, que ya estaba calentito, dijo
- ¿Manolo se puede saber que cojones estás cocinando hoy?
Manolo era el encargado de la cantina,
- No sé a qué se refiere mi sargento.
- ¡Aquí huele a podrido!
A todo esto, no paramos de jugar. Yo intentaba que saliera menos olor del que salía, así que adopte una postura un poco encogida, que no me permitía mover bien los brazos. El cabo Fernández, a quien tenía justo en frente, no dejaba de observarme. Yo estaba cada vez más avergonzado, y empecé a ponerme rojo.
- ¡Ehh!, ¿es que te estás cagando?- me dijo el cabo Fernández.
- No mi cabo, es que hace algo de calor, ¿no lo notan?.
- Lo único que se nota es que los encargados de limpiar en la cantina se tocan los cojones a manos llenas.
- Pues yo creo que debe ser cosa de los darros.- dijo el cabo primero.
Decidí intervenir, porque al final me pillarían, ni yo soportaba el olor.
- Vamos tres a tres, quien marque gana.
Aceptaron terminar cuando finalizara esa partida, al final ganamos, y tiene mérito, ya que el sargento, que debía tener el olfato de un sabueso, casi jugaba con una mano sobre su nariz.
Me disculpé diciendo que tenía que ordenar mi taquilla y me despedí de ellos. Fui directo a mi taquilla, pero no para ordenarla. Me quite la ropa, y tras lavarme a conciencia, me puse desodorante y una camiseta y un jersey limpios. Que sensación de alivio sentirme por fin limpio.
El sitio perfecto para encontrar al resto y a Frasquito, dada la hora, era la cola para entrar al comedor. Allí estaban todos. Les conté lo que había pensado sobre la esposa del subteniente. Les pareció buena idea, pero coincidían conmigo en que lo más complicado, sería hacer que el subteniente diera con el perrito y cayera en la cuenta de regalárselo a su señora. Mientras hablábamos Tomé dio un saltito mientras decía,
- Frasquito.
- ¿Qué pasa con Frasquito?, de eso estamos hablando, ¿se te ocurre alguna idea? – dije yo.
- ¿Ese de allí no es Frasquito? – dijo Tomé señalando a unos cinco metros de donde estábamos nosotros.
- ¿Quién lo tenía? –gritó nervioso el largo de Marbella.
- Yo… yo lo tenía. – dijo Tíjola medio tartamudeando.
Nos quedamos helados cuando el sargento primero, aquél a quien Tíjola había pinchado en el culo con el tenedor, señaló a Frasquito con cara de asco. Alzó la pierna para darle una patada, y cuando la estaba bajando llegaron unas manos salvadoras para Frasquito. No dejamos de sorprendernos cuando vimos que se trataba del gordo de Loja.
- ¿Es suyo este chucho?- preguntó el sargento primero.
- Sí mi sargento primero.
Estaba abriendo la boca para arrestarlo cuando se oyó la voz del largo de Marbella,
- Es mío mi sargento primero.
El resto del comando botiquín fuimos haciendo lo mismo, sacando pecho, sabiendo que eso significaba un arresto seguro. Pero sabiéndonos orgullosos de pertenecer a un grupo en el que nos protegíamos los unos a los otros, siendo el más despegado y menos solidario de todos nosotros, el que más rápida y valientemente se había dirigido para salvar al nuevo miembro de nuestro grupo, a Frasquito.
Por supuesto, el bello gesto no supuso quitarnos de un arresto. El sargento primero nos envió a la oficina del subteniente para que nos asignara alguna tarea sucia, a buen seguro se trataría de las letrinas.
Llegamos a la oficina del subteniente, allí estaba Torres, que nos miró algo sorprendido al vernos llegar con Frasquito.
- ¿Se puede saber en qué lío os habéis metido? – preguntó Torres.
Se lo contamos todo, también le conté mi idea sobre el regalo que podría hacerle el subteniente a su señora. A él no le pareció mal, al fin y al cabo, aunque del arresto no nos libraríamos, tal vez sí que podríamos salvar a Frasquito de un futuro muy negro.
Torres nos llevó hasta el subteniente, a quien volvimos a contarle todo. Mientras se lo contábamos, pude percatarme de dos cosas; una era que no dejaba de mirar las carantoñas que hacía Frasquito al largo de Marbella, la segunda es que el subteniente tenía un busto en bronce de Franco en miniatura.
Al terminar de contarlo todo, el subteniente disimuló su enfado con el sargento primero.
- Me siento orgulloso de ustedes por defender así a una criatura de Dios. Comprenderán que han infringido las normas, así que no se librarán de un día de letrinas. Por cierto – Dijo señalando a Frasquito - ¿cómo se llama el chachorrito?
- Frasquito – dijo orgulloso el largo de Marbella.
El subteniente, que de ser por su oído habría ascendido hacía tiempo, ya que estaba bastante teniente. Miró al busto de Franco, y emocionado dijo,
- ¡Franquito!. Ya sabía yo que ustedes tenían que ser gente de bien.
El largo de Marbella ya se disponía a decirle que había sido por su abuelo, pero yo adelanté,
- Sí mi subteniente. Que mejor nombre para un perrito que ha demostrado tanto coraje, que el de nuestro Generalísimo. – dije mientras me cuadraba en posición de firmes.
El subteniente hizo lo mismo, y el resto, por imitación también se pusieron firmes. El soldado Torres me incitó con la mirada a que aprovechara la situación.
- Con su permiso mi subteniente.
- Dígame.
- Se nos había ocurrido… que tal vez su señora, que es tan buena, podría hacerse cargo de Franquito. No se nos ha ocurrido nadie mejor.
El subteniente abrió mucho los ojos, sin duda alguna la idea le había encantado.
- Buena idea soldado. Aseadlo, pónganle un lacito con los colores de la bandera y me lo traen antes de marchar para el paseo. Brígida habría preferido una Carmencita, pero se tendrá que conformar con un Franquito.
A doña Brígida, la esposa del subteniente, se le suavizó algo el mal carácter con la llegada a su vida de Frasquito. Por lo que nos fue contando el soldado Torres, Frasquito/Franquito, se convirtió en un perro faldero, muy mimado y muy feliz.

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