Historias de la mili XII: Frasquito.






Una mañana más en el botiquín, en espera de que pasara el tiempo como en un día cualquiera. El largo de Marbella se encontraba algo inquieto, por alguna extraña razón se movía de modo extraño, como si estuviese contraído. En un tipo de más de dos metros, llama especialmente la atención, máxime cuando su caminar habitual era altivo, orgulloso de su altura y sin complejo alguno.
Como ya he explicado, en el botiquín nos limitábamos a estar sentados en el porche. Cuando llevábamos más de una hora, empezaban a hacernos pasar uno a uno. A los gordos los iba pesando, animándolos para que no desistieran en su intento de librarse de la mili, a fuerza de comer bocatas de panceta, doritos y pipas. Al resto ni nos miraba, solo apuntaba nuestro nombre y nos hacían salir de nuevo.
Al llegarle el turno al largo de Marbella, éste se puso muy inquieto, no dejaba de mirarnos a cada uno de nosotros a la cara. Cuando ya no podía aguantar más nos dijo
- Me tenéis que ayudar, tengo un problema grave. Me he metido en un lío y no sé cómo voy a salir de él.
- ¿De qué se trata?
Dijimos casi todos. El largo de Marbella era un chico muy noble, nunca se metía en problemas. Si estaba en un lío tenía que ser por una buena razón.
- Ayer, en el paseo, me fui a andar como hago normalmente. Estaba cerca de una gasolinera que hace esquina entre la calle Recogidas y Camino de Ronda, viendo las revistas de un quiosco. De pronto escuché un frenazo, un golpe y me acerqué a ver si alguien necesitaba ayuda. Se formó mucho revuelo de gente, gracias a Dios al conductor no le había pasado nada. Había atropellado a una perrita. Cuando ya me apartaba del gentío casi tropecé con un cachorrito. Intentaba acercarse a su madre, pero lo cogí porque aquello se había llenado de municipales, si lo hubieran visto puede que lo llevaran a la perrera, y allí en una semana lo duermen si no llega nadie a reclamarlo.
Tíjola, siempre inquieto, saltó,
- ¿Pero entonces donde está el perrito?
- Lo tengo aquí, bajo la guerrera. Os digo todo esto porque si he de entrar ahora, me pillarán con él. Me caerá un arresto y lo que es peor, el cachorrillo será enviado a la perrera.
- Dámelo, yo ya he entrado y no me lo pillarán.- dije yo.
Sacó a un cachorrito guapísimo. Fue inmediato, tan sólo hizo falta que sacara su cabecita de la guerrera del largo de Marbella, para que a los formábamos el comando botiquín se nos pusiera cara de embobados, se nos caía la baba.
Metí al perrito bajo mi guerrera, era de agradecer, se hizo una bola y nos dimos calor mutuamente. Tan relajado se quedó que empecé a sentir cierta humedad, y es que el refranero español es sabio, y ya se sabe, quien se acuesta con niños, termina mojado. Menos mal que era muy pequeñito, y soltó muy poca cantidad.
Al terminar en el botiquín nos reunimos. Tomamos asiento en una de las mesas de la cantina. Yo tomé la palabra.
- Creo que deberíamos votar a ver quienes estamos dispuestos a ayudar al cachorrito. Que levante la mano quien esté dispuesto.
La levantamos todos, excepto el gordo de Loja. No es que el chaval fuese malo, pero su extremo respeto por las reglas, hacía que a veces pudiera parecer algo inhumano.
Intervino Tomé, siempre práctico,
- Yo ayudo, pero ¿qué cojones hacemos nosotros con un cachorro dentro del cuartel?, nos pillaran seguro.
- Tomé tiene razón, deberíamos buscarle un amo.- dije yo.
- Vamos a ponerle un nombre - dijo Tíjola.


Era como un niño pequeño.
- Que se llame Crivi, como Alex Crivillé.(Piloto de motociclismo)
- El caso, es que ya le he puesto un nombre.-dijo el largo de Marbella.
- ¿Cómo se llama?
- Le he puesto Frasquito, como mi abuelo.
Tíjola hizo un intento de discusión, pero todos estuvimos de acuerdo, el largo de Marbella nos contó que su abuelo había muerto hacía menos de un año. Estaba muy sensibilizado con el tema. Al fin y al cabo, él había encontrado al cachorrito.
Aprovechando que estábamos en la cantina, los gordos fueron dándole algo de comer dando pellizcos a sus bocadillos.
Recuerdo que me puse a jugar al futbolín, como todos los días. El sargento estaba algo irritado, por alguna razón que desconozco estaba con ganas de discusión, y en el ejército, las discusiones siempre las gana el de rango superior, así que yo calladito y a intentar ganar las partidas, para así hacer que no se fijara en mí.
Mientras jugaba, y para abstraerme del mal humor del sargento, llegué a la conclusión de quién podría ser el mejor amo para Frasquito. Vino a mi memoria algo que nos había comentado Torres, el soldado que estaba en la oficina del subteniente. Entre risa y risa, ocasionas por el porro que se acababa de fumar, nos contó que la señora del subteniente hacía unos meses había perdido a su perrita. Ella pensaba que se la habían robado. Lo cierto es que desde entonces, el pobre subteniente tenía que soportar sus peores gestos y muchos desaires por parte de su esposa. Según contó Torres, todo lo que tenía de mala con las personas, lo tenía de buena y cariñosa con su perrita.
Ahora la cuestión era la siguiente, ¿cómo nos las arreglaríamos para hacer que el subteniente le regalara Frasquito a su señora?...

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