Historias de la mili XI: ensayo general.



Como todos los días, empezábamos en la formación matutina. Aunque ese día era diferente, no nos separaron por grupos, todos seguimos en la misma formación. Con nosotros estaban el sargento, el cabo primero y el cabo Fernández.
El cabo primero era el encargado de ir dándonos las órdenes, ya saben,
- ¡Variacioooón derecha!
- ¡Variacioooooón izquierda!
Con los consiguientes errores de los del pelotón de botiquín, que estábamos poco acostumbrados a esas cosas.
Mediante las órdenes, vimos que fue encaminándonos hacia la salida del cuartel, aquello era inaudito. Una vez estuvimos frente a uno de los portones de salida, se dirigió a nosotros el sargento,
- Señores, ahora vamos a salir al mundo exterior.
Hizo una pequeña pausa
- Se comportarán como soldados españoles. En cuanto salgamos por esa puerta, caminaran en fila de a dos, sin desfilar. Pero eso no quiere decir que no caminen derechos y erguidos. Queda terminantemente prohibido dirigirse a los civiles. Si hay algún problema, avisen al cabo Fernández. ¿Alguien tiene alguna duda?
Alguien levantó la mano.
- Pregunte.
- Mi sargento, ¿al decir lo de civiles, se refiere también a los municipales o esos no cuentan?
Todos empezamos a reír. El sargento, reprimiendo su risa contestó,
- Pero mira que pueden ustedes llegar a ser burros, no dejan de sorprenderme llamamiento tras llamamiento. Cuando les digo civiles, me refiero a las personas que van por la calle, a los que no son militares. Cabo, dígales a que me refiero.
El cabo primero sacó pecho, llenó sus pulmones y gritó,
- Al que se le ocurra soltarle un piropo a una mujer, hombre o animal, se le caerá el pelo corriendo en el cuartel. ¡Entendido!
- ¡Sí mi primero!
Respondimos todos al unísono. No sé cómo se habrá ido desarrollando la carrera de este cabo primero, pero metería la mano en el fuego porque seguro que está siendo bastante exitosa. Era un soldado de vocación, recuerdo que nos hablaba de ejercicios que había hecho, casi añorando no haber podido entrar en combate.
Por fin salimos a la calle, íbamos dispuestos de dos en dos, sólo faltaba que fuésemos cogidos de la mano para que pareciera una excursión de parvulitos, llevábamos hasta los bocatas para el descanso. Fuimos hasta el Cervantes, un cuartel grande situado en la Avenida de Pulianas. Nos metieron en una enorme explanada, donde ya había formados muchos más soldados.
De entre todos, destacaba un regimiento o destacamento o como se diga, de paracas. Eran mucho más altivos, más disciplinados.
Nos habían llevado al Cervantes para ensayar el acto de Jura de Bandera, en el mismo sitio donde lo íbamos a realizar.
El sargento nos separó a los de botiquín. Nos organizó por tamaños, a mí me tocó ponerme en primera fila, a la derecha del largo de Marbella. Tomé y el gitanillo iban en la última, y no dejaban de insultarnos por ir tan rápido, cada zancada nuestra les suponía a ellos dos o tres de las suyas, con lo cual cada 10 pasos, podía verse a Tomé y al gitanillo dando carreritas, cosa que con Tomé era bastante cómica debido a su gordura.
El ensayo empezó con las canciones, impresionante oír a tantas voces cantar al unísono el himno de infantería, el sonido retumbaba en las paredes del cuartel, y aquella explanada de pronto pareció convertirse en un auditorio. A ello había que sumar el sonido de las botas al chocar con el suelo mientras desfilábamos. El momento más emocionante se producía con el homenaje a los caídos, esa canción, si realmente entras en ella, es para emocionarse como poco.
Todo parecía ir muy bien, hasta que se nos acercó el sargento.
- Ustedes, en el momento de la Jura, irán caminando, no desfilando. Pasan junto la bandera, la besan agachando la cabeza y santas pascuas.
Perfecto, más fácil no podía ser. Los de botiquín seguíamos sin ensayar ni unos pasos.
Entretanto, el sargento que conducía a los paracas, no dejaba de gritar. Mandaba de un modo diferente a como lo hacían nuestros mandos. Los nuestros parecían abuelitas a su lado.
Se produjo un momento de tensión, tras gritar firmes, todos nos pusimos en posición de firmes. Pero de repente se oyó un guantazo y una voz que gritó
- ¡Mirando al cielo soldado!
Se trataba del sargento de los paracas con su tropa, mientras los demás simplemente manteníamos erguida la cabeza, ellos estaban obligados a mirar al cielo.
Tras la finalización del ensayo, tomamos la merendica, y volvimos al cuartel tal y como habíamos ido.
Durante los dos o tres días siguientes, todos fuimos mucho más obedientes y respetuosos en cuanto a las órdenes que recibíamos estando en formación. Ninguno de nosotros podía olvidar como retumbó ese bofetón en la gran explanada del Cervantes.

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