Historias de la mili X: ¡Belén campanas de Belén!


Una fría mañana, tras pasar la más de media hora de rigor en posición de firmes, bajó el subteniente hasta donde estábamos formados. Se acercó al sargento, con quien estuvo comentando algo, el sargento se acercó al cabo primero, el cabo primero hizo lo propio con el cabo Fernández, a todo esto, nosotros ya empezábamos a acordarnos de la santa madre del subteniente, ya que ese día, debido a su aparición, estábamos pasando más tiempo al fresco de lo que era habitual.
Cuando nuestro vaho formaba una espesa capa de niebla en el patio, y empezaba a oler sospechosamente a jamón curado, se dirigió a nosotros el cabo Fernández. Procedió como de costumbre, mandando a unos y a otros a sus diferentes tareas. Cuando quedaba el pelotón de botiquín se nos acercó y dijo.
- Señores, hoy tendrán otra ocupación. Por órdenes directas del subteniente, ustedes tendrán una tarea de gran responsabilidad.
Se notaba entre nosotros que estábamos algo intrigados, ¿de qué podría tratarse? Estaba claro que no se trataba de una broma del cabo Fernández, todos habíamos visto al subteniente. Parecía que el cabo Fernández disfrutaba de la incertidumbre que había provocado. Es curioso comprobar en el ejército, que cuanto más bajo es el cargo, más mala leche y más importancia cree tener. Los cabos son temidos, sin embargo, con el oficial médico, que era coronel, o el subteniente, se podía estar sin miedo a recibir voces o palabras destempladas.
Prosiguió el cabo Fernández.
- Serán ustedes los encargados de hacer el Belén del cuartel este año. Diríjanse a la oficina del subteniente y allí recibirán las órdenes precisas. ¡Rompan filas!
Subimos las escaleras que conducían a la oficina del subteniente. Llamamos,
- Pasen. Sí, ustedes serán los encargados de hacer el Belén. El soldado Torres les acompañará hasta el almacén.
- Torres, deje esos papeles y ocúpese personalmente de que todo salga bien, no quiero sorpresitas de última hora. Ya sabe usted a que me refiero.
El soldado Torres, salió de detrás de la enorme máquina de escribir que casi lo mantenía oculto, era bajito, pero sobretodo era delgado en extremo, con los ojos saltones, nariz aguileña y la barbilla prominente. Tenía cara de viejo, no quiero ni pensar hasta dónde llegará su fealdad cuando sea un venerable anciano. Nos miró de soslayo y con voz de pito dijo,
- Síganme y no formen mucho jaleo. Aunque los de fuera no lo crean, en las oficinas también trabajamos.
Bajamos las escaleras y fuimos conducidos hasta el almacén. Torres olvidó la llave, así que mandó al gordo de Loja a por ella, como su padre se había retirado como sargento, se prestó voluntario y fue encantado. Cuando regresó con la llave, Torres abrió la puerta, entramos y la cerró. Aquel lugar tenia capas y capas de polvo, por supuesto, nadie dijo nada, de todos era sabido que el que dijera algo sobre la suciedad del almacén, sería el encargado de su limpieza, seguramente por eso llevaba años sin ver un trapo del polvo o un cepillo.
Torres se sentó en el suelo, y nos dijo
- Empezad a buscar la caja donde está metido el Belén.
Sacó de su bolsillo los utensilios necesarios y se puso a liarse un porro con mucha parsimonia.
- Torres, ¿cómo es la caja?
- Pues una caja grande de madera.
Allí sólo había cajas de madera.
- ¿Tiene alguna inscripción?
- No lo sé, buscaros la vida y dejadme disfrutar un rato.
Encendió su porro, cerró los ojos y aspiró fuerte esa primera calada, cuando soltó el humo ya le había cambiado la expresión, sonreía de forma estúpida.
Por fin, el largo de Marbella encontró la caja. Estaba en lo alto de una estantería. Se lo dijo a Torres, pero Torres ya estaba en su mundo, con su sonrisa de atontao, muy propia de todo el que fuma porros. Entre risas comentó…
- Este año se la juega el subteniente. Ha apostado a que ganará el concurso de los belenes del ejército en Granada. El jurado lo forman las mujeres de los oficiales, y su mujer le ha prometido que si gana puede volver a su cama.
No dejaba de reír mientras nos lo contaba.
Ya con la caja, fuimos hasta la entrada del cuartel. Aquel era el sitio elegido. Además de la caja, habíamos llevado unos tableros y unas patas, para así formar la base del Belén. Una vez estuvo dispuesta la base, Torres nos mandó a buscar musgo y piedrecitas para formar la ribera del río.
Lo cierto es que estábamos poniendo todo nuestro empeño en hacerlo bien, el subteniente caía muy bien entre la tropa, era un buen hombre que nunca abusaba de su cargo. Su esposa ya era otro cantar. Según pudimos saber por Torres, era hija y nieta de militares de alta graduación, y trataba a la tropa como a sus asistentes personales. Esa era la razón por la que todos huían de ella cada vez que ponía los pies en el cuartel., cosa que desgraciadamente pasaba con excesiva frecuencia.
Volviendo a nuestro Belén, y dejándonos de cotilleos, volvimos con las manos llenas de piedras y de musgo. Torres preguntó si alguien había hecho alguna vez un Belén. Allí nadie abrió la boca. Lo volvió a preguntar, esta vez diciendo que no era para gastar una putada, así que el gordo de Loja y yo dijimos que si lo habíamos hecho. Se nos quedó mirando y entre risas dijo
- Pues tú serás el encargado de que cada figurita vaya en su lugar.
Cuando el gordo de Loja iniciaba un ademán de protesta, Torres dijo
- Tú no me caes bien, tienes cara de tonto y además eres un pelotas.
Los otros me pasaban las figuras mientras yo las iba colocando. Era un Belén muy bonito, de figuras grandes, la verdad es que estaba quedando bastante curioso.
- Pasadme al Niño Jesús.
No me lo pasaban, estaban buscando en la caja, solo me dieron una palmera.
- Torres, tenemos un problema, no hay Niño.
- No me jodáis que me mata el subteniente. Hay que buscar un Niño Jesús donde sea.
- Pues ya nos dirás tú. Estás al mando.
Tíjola cogió en brazos al gitanillo, ese que se iba a librar por ser bajito
- ¡Aquí tenemos al Niño Jesús!
Todos reímos a carcajadas, era para ver la cara del gitanillo, y si además lo imaginabas en pañales era aun peor. Fue una risa de estas que hacen que te duela el estómago. Cuando estábamos en las últimas carcajadas, Tomé, que estaba nervioso porque a esas horas ya se habría comido a un bocadillo de panceta, dijo
- Tengo una idea.
Dejamos de reír y Torres le incitó a continuar
- En la cantina han puesto el Belén. Puedo ir allí y pedirle que nos preste al Niño. Esta tarde en la hora de paseo, que Torres compre uno y lo devolvemos al de la cantina.
Torres estuvo de acuerdo, pero no se fió de dejar a Tomé ir a la cantina. Para eso volvió a mandar al gordo de Loja, que volvió a recuperar su autoestima.
Al final pusimos el Niño de la cantina, medio envuelto en un trapo, para que así tuviera un tamaño más acorde con el resto del Belén.
El subteniente terminó durmiendo en su cama.

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