Historias de la mili VIII: cartas de amor.


Corrían los días, y yo cada vez estaba más asentado en el cuartel, iba ocupando mi lugar. Una mañana vino a hablar conmigo el antequerano, y apartándome algo del resto, me dijo,
- Cuchi, ¿ estás estudiando?
- Sí, estoy en Derecho.
- ¿Eso es pa abogao?
Asentí con la cabeza, ya algo intrigado por tanto secretismo. Estaba deseando que soltara de una vez lo que quería pedirme.
- Entonces…
- Suéltalo de una vez cojones, ¿qué quieres?.
- ¿Podrías hacerme un favor? Es que tengo una novia en Antequera, empezamos a salir en el último fin de semana que pasé allí antes de venirme pa la mili.
- Pues muy bien, pero…¿ eso tiene algo que ver con que yo esté estudiando Derecho?
- Es que he pensao, que si estudias, pues… igual se te da bien escribir. ¿Podrías escribirme una carta pa mi novia?, pa que no se olvide de mí y sepa que la recuerdo.
- Vale, no hay problema. ¿Cómo se llama?
- María
- ¿Tienes por ahí una foto?
- No
- Pues dime algo de ella, ¿cómo es?, ¿qué le gusta?
Pasó un buen rato hablándome de ella, lo vi muy enamorado, cuando hablaba de ella casi alzaba la vista, como si quisiera verla reflejada en una nube o algo similar.
Al día siguiente le entregué la carta, confieso que me salió muy bien. Si no hubiera caído en desuso la buena costumbre de mandarse cartas, seguramente mi éxito entre las mujeres habría sido mucho más que aceptable.
Cuando regresó del pueblo al fin de semana siguiente, volvió a apartarme del resto para contarme algo de forma más confidencial.
- Cuchi, ¿pero qué coño le has contado a mi novia en la carta?
Me quedé sorprendido
- Pues… cosas de amor, ¿es que no le ha gustado?
- ¡Le ha gustado demasiado!, ahora dice que está enamorada. Nada más verme se me tiró encima, pero en vez de querer algún revolcón, me llevó a que conociera a su padre. Y su padre es de los más brutos del pueblo. A ver como hago yo ahora para no salir formal con ella y que el padre no me mate.
- Lo siento, yo pensaba que era lo que tú querías.
- ¡Qué va!, pa que voy a querer yo con 18 años, casarme con una a la que he conocido sólo de un fin de semana. Si además tiene fama la niña.
Siempre he sido muy inocente, y a esa edad lo era aun más. Si a eso unimos mi vena romántica, pues se comprende que escribiera una carta hablando de amor eterno, de entrega total, de no poder vivir sin ella. Y ella, que se ve que nadie le había hablado con esas palabras, no en vano la llamaban la calipos, cayó rendida a los pies de su novio. Le presentó a su padre, que por fin se veía levantando la cabeza, orgulloso de que su hija demostraba ser muy formal. Ahora el antequerano me pedía que escribiera otra carta para resolver el equívoco.
Al día siguiente llegué al cuartel con la segunda carta. Se la di con el sobre cerrado, pues me daba fatiga que leyera lo que yo había escrito a su novia.
Cuando volvió al siguiente fin de semana de Antequera estaba deseando que me contara cómo le había ido. Estaba rodeado de bastantes soldados, incluido el cabo Fernández, así que me acerqué y escuché como les contaba a los otros las cosas que le había hecho su novia. Al parecer, María distaba muchísimo de ser virgen, y el sobrenombre de la calipos se lo había ganado con mucho merecimiento. Cuando terminó de contar su hazaña, dirigió la vista hacia mí y les dijo a todos que yo era el responsable. Les contó lo de la primera carta, y lo de la segunda. Los demás, que también querían resultados y disfrutar a tope cuando vieran a sus novias, empezaron a pedirme que les escribiera cartas. Así fue como empezó el negocio de las cartas, y cómo me gané el único dinero que he ganado mediante la escritura. Establecí algunas reglas. Tenían que especificarme qué pretendían con la carta, es decir, amor o sexo. Tenían que dejarme una foto de la novia, o en su defecto, una buena descripción. Establecí un precio, reconozco que algo alto, pero ellos estaban dispuestos. Siempre he sido muy liberal, y ya se sabe, a mayor demanda…
Sólo un chavalillo de Loja, Enrique creo que se llamaba, me pidió una carta de amor. Estaba dirigida a una chica con la que jamás había hablado, no se atrevía ni a mirarla a los ojos. Al parecer la chica era cliente asidua de la carnicería del padre de Enrique. Su descripción fue buenísima. Escribí una carta preciosa, no se la cobré, porque su sentimiento era tan puro que habría sido ruin por mi parte cobrarle. Al jurar la bandera, mientras preparábamos las cosas para marcharnos cada uno a nuestro destino, le pregunté cómo le había ido. No llegó a dársela. Me contó que cada noche, al apagar las luces, la sacaba de debajo de su almohada y la leía, para así soñar con ella.

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