Historias de la mili VII: viaje a Sevilla







Durante la visita diaria, me comunicó el oficial médico que tenía que ir a Sevilla. Me dio órdenes de pasar por el despacho del subteniente para recoger la documentación necesaria. Así lo hice, dicha documentación era un pasaporte militar. Se trata de un documento de lo más curioso, en que el que se dice que estás de servicio y se da orden a todas las autoridades civiles de facilitar tu traslado.
Con mi pasaporte militar, me dirigí al día siguiente a la estación de autobuses, donde saqué mi billete para ir a Sevilla. Fue un buen viaje, en el que tan solo pensaba en el tipo de pruebas que me podrían hacer.
Al llegar a la capital hispalense, y tras preguntar en la ventanilla de información de la estación, monté en uno de los autobuses amarillos, no recuerdo el número. Me llamó la atención que en la misma estación un señor, acompañando a su hijo de unos 25 años, me comentó que había escuchado mientras me daban la información para ir al hospital militar, y me pidió que los acompañara. No dejó de llamarme la atención que teniendo yo 17 o 18 años recién cumplidos, vinieran a pedirme que los guiara.
Una vez en el hospital, asistí a una despedida dramática del padre y el hijo, de haber mandado al hijo a Bosnia no se habrían despedido con más emoción. Muchas veces los padres ponen en evidencia a los hijos, sin darse cuenta y con la mejor intención del mundo. Los llevan tan arropados que aun teniendo 25 años, estos tienden a sentirse como niños.
Siguiendo órdenes, me dirigí a las consultas relacionadas con el aparato digestivo. Cuando llegué a ellas me atendió un joven.
- Qué desea.
- Vengo a pasar revisión por una operación…
- Ya ha pasado la hora consulta. ¿Eres de fuera?
- De Granada.
- ¡Coño!, que buenas juergas me he corrió yo en Graná, pero ya con la novia, no puedo. Ven conmigo.
Lo fui siguiendo por pasillos, escaleras, ascensores y puertas que se abrían y se cerraban a nuestro paso. Al fin llegamos a una habitación.
- Ahí pasaras la noche, ándate con ojo que hay mucho grillao por aquí.
Tomó nota de mis datos personales para hacer el ingreso. Al marcharse me quedé completamente solo en aquel pasillo, o al menos eso pensé.
Tal y como me enseñó mi abuela antes de marcharme a mi primer viaje de estudios, el dinero lo llevaba guardado en una bolsa de tela que llevaba atada al cuello. De hecho estoy seguro de que es la misma bolsa que me hizo para ese viaje. Me cambié de ropa, me puse el pijama del uniforme, dejé mi cama hecha y me dirigí a una sala de televisión. Estaba vacía, la encendí, me senté cómodamente y con el mando en la mano me puse a zapear. Nadie que no se haya criado en una casa con cinco hermanos, puede imaginar el placer que produce poder cambiar de canal sin tener que preguntar antes al resto.
Cuando más relajado estaba oí un grito a mis espaldas. Era desgarrador, no supe bien si el grito era de dolor, de rabia, de alegría o de pena. Mi incertidumbre me llevó a concluir que un grito como ese sólo podía ser emitido por un loco. Volví la cabeza en su dirección, y pude ver como venía hacia mí una silla, pude agacharme lo suficientemente rápido para esquivarla. Me levanté con los puños cerrados esperando el ataque del loco. En ese instante llegaron otras tres personas que empezaron a reír a su lado, a carcajadas, lo extraño es que el loco empezó a calmarse y a dar carcajadas. Yo no sabía qué hacer ni que decir, así que estuve quieto y callado, esperando el desenlace. Por fin terminaron de reír, y uno de mis salvadores se dirigió a mí.
- ¿Tú eres el que ha llegao hoy de Graná?
- Sí, José Luis López.
Le tendí la mano y él me la dio.
- Yo soy Antonio, del Saidín , llevo aquí tres semanas esperando a que me vean.
Otro era de Almería y los otros dos de Cádiz. Me explicaron que el que me había tirado la silla a la cabeza llevaba allí dos meses encerrado, y que se estaba haciendo el loco. Al parecer había empezado cagandose en su cama en el cuartel, meando, dando voces, llorando por las noches… Cuando en su cuartel estaban que no sabían qué hacer con él, lo mandaron al hospital militar de Sevilla, donde estaba en observación. Me explicaron que cuando oía risas se calmaba.
Por supuesto solté el mando a distancia y me olvidé de ver la tele, no quería yo líos para un día que iba a estar allí. Mis nuevos compañeros casi se rieron al decirles que yo pensaba estar de vuelta al día siguiente. Esa noche la pasé alerta, no dormí nada pensando en el loco.
Al despertar me afeité, me duché y me dirigí lo antes posible a las consultas de digestivo. Me recibió una enfermera guapísima, supongo que acababa de terminar la carrera. No sabía muy bien cómo dirigirme a ella, en el ejército son muy estrictos con esas formalidades, y no le veía distintivo alguno que me diera pistas sobre su rango.
- ¿No dices ni buenos días? Que no muerdo.
Se acercó sonriendo y me plantó un par de besos.
- Buenos días, yo soy José Luis, de Granada.
- ¡Mi arma! , cualquiera diría que estamos ligando en un pub.
Yo no dije nada, no podía decir lo que estaba pensando mientras la miraba, pues seguramente me habría costado un buen arresto.
Me pesó y midió, me indicó que me sentara en una sillita. Ella se sentó en otra frente a mí, para sacarme algo de sangre. Me puso una goma rodeando mi brazo, intentando así ver la vena por la que sacar la sangre. Creo que erró el pinchazo unas cuatro veces, me dejó bastante marcado, pero casi no me importó. Resulta que la enfermera tenía un pecho más que generoso, y en esa postura mi mano lo rozaba. Cuando falló el primer intento, se puso algo nerviosa pensando en que yo me quejaría. Me indicó que abriera y cerrara la mano, para así bombear sangre y que la vena se hinchara. Con ese movimiento no dejaba de acariciar el pecho de la enfermera una y otra vez, y casi llegaba a cogerlo, pues ella se inclinaba sobre mí para ver mejor las venas. Aun recuerdo el calorcito que desprendía, y su suavidad. De pronto empecé a notar como un calor subía por mi cara, notaba como iba poniéndome rojo por momentos. Lo peor es que le enfermera lo notó. Ella también empezó a ponerse colorada. Cuando por fin logró sacar algo de sangre, sin mirarme dijo adiós, esperando a que me levantara para irme. Qué momento más complicado, qué situación. La miré de medio lado, y más colorado si cabe, le dije,
- Si no le importa, creo que será conveniente que espere un rato.
Se quedó pensativa, sonrió y dijo,
- Está bien, pues cuando puedas, recoge tus cosas y puedes volver a Granada. Ya volveremos a vernos cuando regreses para la revisión con tus compañeros.
- Gracias…, no, a sus órdenes.
Nos enseñaron que no se dice gracias, y ella me producía un gran desconcierto. Volvió a sonreírme y se marcho haciendo un gesto con su cabeza a modo de despedida. Le devolví el gesto y la vi marchar.
Cuando pasó el tiempo suficiente para poder levantarme sin que se notase nada, realicé los trámites oportunos para volver a Granada ese mismo día. No me seducía nada la idea de pasar otra noche en vela pensando en el loco.
Cogí el autobús amarillo saqué mi billete para granada y me encontré con Antonio, el chaval del Zaidín. Subimos al autobús y recuerdo que empezó a contarme su vida. Qué manera de hablar, sufría de diarrea verbal, insoportable. Conforme salimos de Sevilla, por esos campos llanos y amarillos, el sol fue entrando en mis ojos, era un sol de mediodía, que unido a mi falta de sueño hizo que el milagro sucediera, caí dormido y así pude evitar tener que seguir escuchando las historias de Antonio el zaidinero.

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