Historias de la mili IX: reglas.


El periodo de la mili que me resultó más duro, fue ese tiempo en que estuve haciendo guardias como aspirante en el puesto de la Cruz Roja. Por diversas razones, me costó muchísimo hacerme respetar.
Los nacidos en el año 1975 recibimos una carta de la Asamblea Local de Cruz Roja de Pinos Puente, invitándonos a participar en la prueba de selección de aspirantes a hacer el servicio militar en la Cruz Roja.
En mi casa me aconsejaron acudir a la realización de dichas pruebas, así que llamé a unos amigos y junto a ellos, acudí un sábado por la tarde al Restaurante La Cruz de Granada. Había mucha gente de mi edad, prácticamente los conocía a todos, al fin y al cabo, es lo que tiene ser de pueblo. Se nos presentó el Presidente Local, un hombre simpático a quien yo conocía sólo de vista, agradeciendo nuestra asistencia y participación. Paso seguido nos sentaron de modo que no pudiéramos copiarnos. Mis sensaciones en ese momento eran de nerviosismo, éramos pocos los que aun estábamos estudiando, y temía el ridículo de quedar por detrás de tanta gente. Aquello era digno de verse, yo llevaba un lápiz y una goma de borrar, tal y como se especificaba en la carta. Pero los había mucho más preparados, mi amigo Miguel Ángel llevaba cinco lápices, dos gomas, y tres bolígrafos (negro, azul y rojo), por si había algún imprevisto.
Llegó el momento, yo esperaba algo parecido a algún test de inteligencia que había pasado en el instituto. Pero no, como en todo la Cruz Roja resultó ser muy original. Nos presentaron un examen con 50 preguntas tipo test, y vaya con las preguntitas, ahí os dejo un ejemplo:
1. Marque con una X el elemento que sea diferente:
a. Plátano
b. Manzana
c. Pera
d. Huevo
Realmente inquietante ver esa pregunta, uno se queda con la duda de que sea una pregunta con algún tipo de trampa, y las primeras las respondes poniendo mucha atención. Pero de pronto te das cuenta de que lo que sigue es más de lo mismo. Me puse a responder a gran velocidad, esperando que la siguiente prueba fuese más selectiva, ya que al ser tan fácil, la ventaja que yo podía tener respecto a otros por el hecho de estar estudiando se vería totalmente diluida. De todos es sabido que no es necesario terminar el bachillerato para saber distinguir entre una fruta y un huevo.
Cuando terminé de responder a todas las preguntas, me dispuse a entregar el examen y marcharme, pero levanté la cabeza, y mi sorpresa fue enorme, al ver como había algunos intentando copiar el examen de otros, el mío mismo lo estaban copiando, no podía creerlo. Entregué el examen y me retiré fuera de la sala. El siguiente en salir tardó más de un cuarto de hora, y los demás salieron ya cuando les dijeron que se les había agotado el tiempo. Se podían oír los mismos comentarios que en cualquier otro examen que haya hecho en mi vida, acerca de su dificultad, de la mala leche del “maestro”… No había más pruebas.
Alrededor de las nueve de la noche, estábamos convocados en el puesto de la Cruz Roja para ver las notas de la prueba. Era la primera vez que yo estaba allí. Nos dijeron que la prueba teórica era sólo parte de la nota, al parecer había chavales que llevaban hechas guardias, así que pensé que todo había terminado ahí. Pero no, sacaron los resultados y yo me encontraba en segundo lugar, por detrás del hijo de un destacado miembro de la directiva de la Asamblea Local. Yo había fallado una de las respuestas. Uno de mis amigos, al menos lo era hasta entonces, también había entrado entre los seis seleccionados. Ese mismo día empezaron a querer hacerme la vida imposible. A muchos de los integrantes de la Cruz Roja no les hacía gracia que yo, un facha, como me llamaban, hubiese entrado por delante de los suyos. Ya se sabe, cosas de la tolerancia de la izquierda.
Con el tiempo fui aprendiendo ciertas normas, la principal era intentar pasar desapercibido, no destacar.
Volviendo a los tiempos del cuartel, yo había descuidado esa norma. Empezando por mi especial relación con alguno de los mandos, ocasionada por el futbolín, a mi estado de rebajado de todo, debido a mi operación poco antes de entrar en el cuartel y a mi “negocio” como escritor de cartas de amor. Lo cierto es que me había hecho demasiado popular y ahora lo estaba pagando. El cabo Fernández, a quien le había robado la pareja de futbolín, me puso en el peor turno para hacer guardia de letrinas. Eso es lo más asqueroso que se puede hacer en la mili. Las letrinas, para aquel que lo desconozca son algo así como retretes sin retrete, es decir, una sala alargada con agujeros en el suelo para hacer las necesidades menores y las mayores. Nos puso a Tomé y a mí en la hora en que salen todos de comer. Nuestra función consistía, en llevar una fregona e ir limpiando toda la porquería que iban dejando nuestros queridísimos compañeros. Cada vez que veíamos entrar a alguno interiormente deseábamos que fuera para hacer aguas menores, vamos, para mear.
Hubo uno que se pasó de guarro, y acaso hecho dejó un sólido regalo fuera del agujero, lo peor es que no era demasiado sólido, se trataba de Tíjola, muy bromista él.
Al día siguiente, en la cola para entrar al comedor, se cobraría Tomé la broma. Tíjola tenía la costumbre de tener los cubiertos fuera cuando aún quedaban unos veinte metros de cola para entrar, y era muy impaciente. Aprovechando que pasaba por allí el sargento, que era muy serio y muy temido por todos nosotros, y se oyó la voz de Tomé,
- Tíjola que se te cuela ese.
Tíjola reaccionó rápidamente, le dio con el tenedor en el culo al sargento mientras decía,
- Ponte a la cola bribón.
Ese era un momento complicado, me estaba muriendo de risa, pero por otra parte, el sargento se había vuelto con una cara…, daba miedo. El gordo de Loja rápidamente señaló a Tíjola, y el sargento, muy serio y muy frío sólo dijo,
- Cabo Fernández, una semana de letrinas para el terrorista del tenedor.
Hay determinadas reglas, que hay que respetar. La principal, no destacar, pero hay otra que dice que si das una broma, puedes esperar que te llegue la respuesta.

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